Dottrina spirituale

María de Nazareth

De Louis Lallemant

Cuando un alma se abandona al Espíritu Santo, crece gradualmente y El Espíritu la dirige. Al principio no lo sabe, pero poco a poco la luz interior se enciende y le hace ver todas sus acciones y la orientación hacia Dios en ellas, por lo que no queda casi nada por hacer más que dejarse guiarse.

ARTÍCULO 2

La santa Virgen es única en cada una de sus relaciones con las tres personas de la Santísima Trinidad.

"Única es la paloma mía" (Ct 6,8)

  1. Ella es única en su cualidad de Madre del Hijo, ya que es verdadera y propiamente Madre, y es la única Madre de Dios.

  2. Es única en su cualidad de Hija del Padre, ya que su adopción es del todo singular, y ella sola, entre los Hijos de Dios, ha estado simultáneamente concebida y adoptada.

  3. Es única en su cualidad de esposa del Espíritu Santo, ya que solamente ella ha contraído con Él, en el nombre de toda la naturaleza humana, un sagrado casamiento para ser Madre del Hombre-Dios sin dejar de ser Virgen.

La celebración de éstos sagrados esponsales fue en un lugar público. El Templo, cuando la Santa Virgen fue presentada.
Cuán grande es esta prerrogativa y cuántas ventajas lleva consigo! ¡Qué participación de los bienes de éste divino Esposo! ¡Qué plenitud de sus regalos! ¡Qué santidad! Nunca esta santa Novia opuso la mínima resistencia a las inspiraciones del Espíritu Santo. Nunca cumplió una sola acción cuyo principio no fuera el Espíritu Santo. ¡Que alejados estamos nosotros de esta fidelidad! Oponemos continuas resistencias al Espíritu de Dios. Nos vamos detrás de nuestras inclinaciones. Rechazamos cada día de millares de gracias y tenemos encarcelados los regalos del Espíritu Santo en una vergonzosa inactividad.

ARTÍCULO 3

la gloria de la santa Virgen en la Encarnación.

  1. Es en el casto regazo de Maria donde se han realizado las más grandes maravillas en el tiempo y en la eternidad: un Dios Hombre, un Dios que adora Dios, un Dios que sirve a Dios, un Dios niño, un Dios revestido de un cuerpo mortal y de todas las debilidades humanas, un Dios en estado de víctima, un hombre Hijo de Dios vivo, un Niño fruto de una Madre Virgen.

  2. El verbo encarnado ha conservado siempre la sustancia del cuerpo que el Espíritu Santo le formó de la sangre pura de la santa Virgen en el momento de la encarnación. Los alimentos también lo nutrían a él como a todos los demás hombres y se consumían, como en el resto de los hombres. Suarez es de este parecer: y la santa Virgen, apareciendo un día a San Ignacio mientras se hallaba en el altar, le dijo que el Santo Sacramento es una porción de su sustancia.

  3. ¡Cuán gloriosa es la santa Madre de la Encarnación del Hijo de Dios y qué fecunda la hizo de gracias la unión con Él durante los nueve meses que lo tuvo en su vientre!

¿Pero qué comunicaciones le hacía a cambio? ¿Cuáles eran las recíprocas relaciones del alma del Hijo con el alma de la Madre? Él la bendijo con una profusión de gracias al ser la Madre de su Cuerpo místico igual que Madre de su cuerpo de físico. Quiso, en efecto, que nosotros recibamos de ella la vida del espíritu como Él recibió la vida del cuerpo; y que dependamos de Ella para la conservación y el crecimiento de nuestra vida espiritual, como Él dependió de Ella para la conservación y el crecimiento de su vida corporal.

Entramos en los sentimientos de Nuestro Señor respecto a su Madre que es también nuestra Madre. Acogemos con gozo la dependencia que Él quiere que tengamos de ella y, a través de esta humilde y amorosa dependencia, honramos a aquella de la que Él mismo quiso nacer.

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