Reina de los Corazones

Reina

Juan Justo Gerecht (1489 - 1539)

Nació en Lansberg, Baviera. Aun joven se trasladó a Colonia para ir a la universidad, donde estudió filosofía. En 1508 entró en la Cartuja entró de esta ciudad y al año siguiente hizo su profesión monástica, seguido del sacerdocio.

Se dedicó a la oración, a la penitencia y al silencio de la celda. Murió tras una vida santa y digna de imitación.

Amor y dolor

Igual que María dio a luz al Hijo sin intervención de hombre, del mismo modo ha concentrado sobre sí el amor que los demás hijos dirigen, de modo distinto a los dos progenitores. Luego, en el Hijo, María ama a su Dios y Creador: amor, éste, cuya intensidad iguala la fe con la que Le reconoce.

La Virgen está junto a la Cruz: en un mar de dolor, el rostro bañado de lágrimas, su ánimo sangra por las heridas del Hijo. Sus ojos no pueden apartarse de aquel cuerpo masacrado y sangrante: "Desde la planta de los pies hasta la cabeza no hay en É,l parte ilesa, sino heridas y arañazos". La violencia homicida que se abatió sobre Cristo, lo ha desfigurado hasta borrar casi la forma humana. Un leproso, un montón de llagas y arañazos está ante Ella: el más despreciable de los hombres. Esta es la escena que atraviesa el corazón de la Madre como una espada: no se escapa del drama, no lo rehuye ni se salva. pero la Virgen está firme bajo la cruz, no sólo con el cuerpo, sino con una fe inquebrantable. Cree María, cree con plenitud total que, para Cristo, todo no acaba con la muerte.

La Virgen ha amado tanto como ha padecido. Amor y dolor se corresponden cuando Una ve sufrir al ser amado. El martirio súbito de María, ante la vista del Hijo torturado, agonizante, nace de la inmensidad de su amor por Él. Jesús vió a su madre firme a los pies de la cruz. No sólo era la madre de un hombre, sino la de Dios. Madre esplendorosa de fulgor por su virginidad, Madre más santa que ninguna otra: y el corazón de Jesús se siente romper. La Virgen dirige al Corazón de su Hijo flechas de amor y compasión, que transfiguran al Señor con ímpetu mortal. Y con las mismísimas flechas de amor y de pasión el Hijo hiere, de arriba a abajo, el ánimo de su Madre. Es un intercambio creciente de tormentos y amor recíproco, pues Jesús ha querido, junto a sí, a la cooperadora de nuestra redención, que es María, para dárnosla luego como Madre misericordiosa. Por eso, la dulce Madre de Cristo debía engendrarnos como hijos de adopción bajo la Cruz: como, según la naturaleza, es Madre de Jesús, así llegaría a ser incluso nuestra Madre adoptiva, Madre espiritual de todos nosotros. Hemos sido incorporados a Cristo y estamos llamados a ser a ser sus miembros místicos; así somos también hijos de María, no según la carne, sino por adopción.

Gracias a los sufrimientos que el Señor ha padecido por nosotros, somos incorporados a Él por la fe y el bautismo, somos sus hermanos, miembros múltiples bajo una única cabeza, formamos un solo Cuerpo. Miembros del cuerpo de Cristo, somos por ello hijos de María. Para sostener los dolores de este parto espiritual, la Virgen, nuestra madre, está al pie de la cruz. Dolores y alumbramientos ambos espirituales: Simeón había predicho que una espada, no material, traspasaría su alma, porque todos los tormentos que Jesús soporta en el cuerpo, Ella los experimenta en el alma. Ver sufrir al Hijo fue para la madre un dolor inconmensurable. No podía apartar los ojos de Él. Allí, de pie, atenta, le llora y sufre mil muertes. Mientras Jesús vé acercarse el final y quiere cumplir hacia María sus deberes filiales. Confía a Juan a su Madre; y aun más, desde otro punto de vista responsabiliza a Juan de María. El Evangelio subraya que la Virgen "estaba a los pies de la cruz", porque los apóstoles habían huido, los demás amigos se habían dispersado. Cuando Jesús dirige la mirada a derecha e izquierda, no encuentra a nadie que lo reconzca. Ella sola, María, permanece fiel, sola con Él entre tantos tormentos.

"Jesús, viendo a su madre..." así se explica el Evangelio. "He ahí a tu hijo", señalando con la mirada a Juan, y a Juan confiándosela: "He ahí a tu madre". Encomendándoles el uno a la otra, Cristo une a aquellas dos almas vírgenes. En la persona de San Juan, todos nosotros, miembros del cuerpo místico, del cual, Él es la cabeza, Jesús confía a su Madre. De verdad María se convierte en Madre de cada uno de nosotros.
(Homiliae in Passione Christi, horn. XLVIII, Opera omnia, t. 3, pp. 101-103).

Totus tuus

Cuantas son las gotas del mar, las estrellas del cielo, las formaciones de los espíritus bienaventurados; cuantas son las hijas de los árboles y las briznas de hierba en los prados, otras tantas veces en la intimidad del corazón te he saludado, oh hermosa, digna y gloriosísima madre de Dios, fulgurante Reina del cielo, amable y dulcísima Señora mía y Virgen María. Te saludo con el Corazón de tu Hijo querido, con su amor y con el de todos los que te aman; me pongo bajo tu protección y confío en tí como hijo, en la confianza de que tú me acogas y me obtengas de Dios ser todo tuyo (totus tuus) y tú toda mía, tú que, después de Dios eres mi Señora, mi alegría, mi corona, mi dulce y fidelísima Madre.
(Pharetra divini ainoris, lib. II, Opera omnia, t. 5, p. 159).

La rosa mística y e lirio

Oh castísima entre las mujeres, oh íntegra entre las vírgenes, oh Engendradora de Dios, tú has dado a luz a la Alegría de los Ángeles, has engendrado para el mundo a la Misericordia, a la Redención de las Almas, al Fin del pecado, al Autor de las virtudes, a la Fuente de la Gracia, al Principio de la Salvación, a la Destrucción de la muerte; tú has traido al mundo a la Restauración de la Vida Eterna. Tú, Vigen Inmaculada, tú Madre intacta, tú, antes, durante y después del parto permaneces Virgen Incorrupta.

Eres encantadora y graciosa por tu belleza sobre todas las mujeres, y Dios te concedió la gracia de no suscitar la concupiscencia de ningún hombre con tu belleza, pero, ante todo, te concedió el más casto de los corazones de entre los que se reflejan en la límpida pureza de tu castidad. Por eso, José, no sólo no te deseó humanamente, sino que, a través de tí, fue aun más casto. Oh matrimonio castísimo de José y María, unión de vírgenes amores de Dios, jardín de lirios esplendorosos de candor y de fragantes rosas de caridad, oh santísima convivencia y perfectísima predilección, oh corazones ardientes de amor divino, corazones colmados de Espíritu Santo, os recuerdo esta dulcísima comunión vuestra y murua predilección con la que toda vuestra vida "habéis compartido en estimaros recíprocamente" y os habéis adherido con inmaculado corazón al Hijo de Dios, jesucristo, Dulce María, Dulce José, honrados con el nombre de Engendradores de Dios y predestinados a este oficio y honor antes de la creación del mundo, con vuestras plegarias y méritos, alcanzadme de Dios, que en mí sea destruido toda raíz de amor no divino, de modo que yo pueda amar, con todo mi corazón, sólo a Dios, en y sobre todas las cosas. Oh verdes y tiernas yemas, oh violetas castísimas, alcanzad a mis sentidos, a todo el cuerpo y alma mia, una integridad perfectísima, una integral castidad y una sencillíma pureza de corazón: para que fuera de mi Dios nada me atraiga ni me deleite. Así sea.
(Theoriae in vitam Jesu Christi, theoria ‘XXIX, Opera omnia, t. 5, pp. 182-183)

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