Confianza

María de Nazareth

María

Para entender la importancia fundamental y decisiva de María en la vida de la Iglesia y del cristiano he aquí la respuesta de un gran teólogo contemporáneo, H.U. Von Balthasar considerado el hombre más culto de nuestro tiempo.

Fonte della nostra gioia

A la pregunta ¿Qué es la Iglesia?, Von Balthasar responde: "Es la unión de aquellos que siguen, reunidos y constituidos, el " Sí " pronunciado por María..., están dispuestos a aceptar con prontitud la voluntad salvadora de Dios en las confrontaciones propias y en las confrontaciones de todos los hermanos ".

En el plano de Dios, María de Nazareth tiene una función que se puede llamar "genética" en el sentido de que, por intermedio de ella el Verbo de Dios se hace carne, se convierte para todos los efectos en hombre con un ADN que lo une a la línea de descendencia de David y lo hace heredero y depositario de todas las promesas que Dios ha hecho a Abraham, a sus descendientes, al pueblo elegido para la salvación de toda la humanidad.
(cfr. Génesis 22, 15-18).
La misión de María es pues fundamental, de ella brota la Vida de su Hijo Jesús que dominará la tierra. Sin ella hubiéramos sido entregados al desierto de la muerte debido al pecado de la primera Mujer, Eva, madre de todos los hombres nacidos bajo el signo de la rebelión a Dios.

Se comprende que así cómo el Padre ha querido renovar el grandioso Plan de la creación recomenzando todo de nuevo, con una nueva Eva y con un nuevo Adán: María y Jesús.

Pero este proyecto hubiera sido irrealizable si no fuera por la libre decisión de María, única criatura humana capaz de total docilidad a los designios del Padre que con su "Sí" generoso en la anunciación del ángel aceptó plena y responsablemente la voluntad de Dios.
(crf. Lucas 1, 26-38).

Todos los privilegios de María derivan de su misión única.
Como Madre de Dios es Inmaculada. Como Madre de todos aquellos que serán salvados por el Hijo, es Corredentora. Como única criatura preservada del pecado original y por la muerte redentora del Hijo, es Asunta al cielo en alma y cuerpo. Ella no sufre la corrupción del sepulcro, no tiene que expiar el castigo debido al pecado original.

Por eso en María se cumple, en primicia, toda la plenitud redentora deseada por la Santísima Trinidad para cada criatura. Ella es la imagen en la cual cada hombre y cada mujer de la Iglesia hallan de nuevo su vocación y su perfección.
Siendo la Madre deviene en ayuda insustituible y preciosa para cumplir aquel camino de fe y de amor que su Hijo Jesús quiere para cada uno de nosotros.
Es por eso la Auxiliadora y la Mediadora de todas las gracias, sin quitar nada a la unidad con el hijo y a la necesidad de ser corredentora con El. Es el canal a través del cual Jesús quiere comunicar sus tesoros infinitos de amor y gloria.

Sin Ella, en las bodas de Caná, Jesús no habría cumplido la transformación del agua en vino (cf Juan 2, 1-11) y no hubiera querido subir a la cruz para celebrar la Pascua de liberación, dando el paso definitivo del mundo del pecado al del amor, de la muerte a la vida, del viejo hombre al nuevo y, así, engendrar con Ella la nueva humanidad formando la Iglesia de los redimidos.

"Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dijo al discípulo: Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.".
(Juan 19, 26-27).

María es consagrada, en aquel momento solemne, como Madre de todos los discípulos de Jesús, quienes entienden que sin ella nunca les será posible ser auténticos hijos de Dios y seguidores de Jesús.

De este relato deriva la certeza de que es imprescindible su continua y trascendental presencia en la vida cotidiana de cada cristiano que desea subir el empinado sendero de la santidad y se la propone como ejemplo, pues Ella vivió nuestra misma aventura humana llena de gozos y tribulaciones.

Su ejemplo arrastra y convence porque la sentimos como una de nosotros. Está en condiciones de comprendernos porque ha sido Novia y Madre, no ha tenido la vida fácil, y ha sufrido el "terrible día a día" que llegó al culmen cuando su Hijo inmensamente amado tuvo que sufrir la atroz muerte de cruz.

Por tanto, no hay persona enferma que no se sienta comprendida por María. No hay situación desesperada en la que uno se halle que Ella no sepa resolver, ahora que se encuentra en la posibilidad de ayudarnos.

Sin embargo su función más determinante y eficaz la experimentamos en la asistencia que nos ofrece en el largo camino espiritual, cuando nos hallamos en lucha con los obstáculos, las tentaciones y las trampas de Satanás.

María nos hace comprender, mejor que cualquier otro, los sufrimientos que están escondidos en el misterio de la Cruz. Nadie puede acercarse al amor verdadero sin la purificación de todos los pecados y, sobre todo, del pecado del orgullo y de la soberbia que siempre permanecen como la fuente contaminante de nuestra vida.

El gozo que María nos hace saborear, después de haber vencido con ella a las tentaciones y peligros, es la anticipación de la perfecta felicidad que hallaremos al término del camino, cuando nos alegremos a su lado, en nuestra unión renovadora con Jesús.

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