San Agustín

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Hablemos brevemente de nuestra esperanza. Ciertamente las palabras de nuestro discurso concluyen teniendo en cuenta el tiempo; pero la esperanza en sí, que es el argumento del discurso, debe perdurar y no tener fin, según nuestro modo de entender. Podemos hablar, y dejar de hacerlo, pero la esperanza siempre grita a Dios. Aunque también nuestra esperanza no durará hasta la eternidad. En efecto, con la llegada de la realidad, la esperanza no existirá; naturalmente se habla de la esperanza hasta que no se posea en la realidad, según lo dicho por el apóstol "pero la esperanza de aquello que se vé no es sobrenatural" en efecto, lo que uno ya vé, ¿cómo se puede esperar?. Y es esta esperanza la que esperamos porque no la vemos: la esperamos con perseverancia.
Si, por lo tanto, la esperanza de lo que se ve no es esperanza, justo lo que ya se vé, ¿cómo se espera? Y es tal esperanza porque esperamos lo que no vemos; cuando se haga realidad lo que es visión, la esperanza no existirá porque se hará realidad. Ni siquiera, entonces, será maldición estar sin esperanza; sólo en el presente es maldición y vergüenza. Ay de los que ahora no tienen esperanza; no tenerla es malo, porque no llegará a hacerse realidad, entonces: cuando sea poseida la realidad, cesará la esperanza.

NO HAY HOMBRE SIN ESPERANZA. CÓMO ENGAÑA ESTA ESPERANZA.
Pero, ¿en qué consiste la verdadera espera de lo que se tendrá en posesión? ¿qué es lo que sustituirá a la esperanza?. Notamos que la humanidad espera sólo cosas relativas en este mundo y, en el ámbito de la vida según este mundo, a la existencia humana no le falta esperanza hasta la muerte, nadie está privado de ella. Esperanza en los bebés: crecer, instruirse, aprender algo... Esperanza en los adolescentes; casarse, tener hijos... Esperanza en los padres: socorrerles, aliviarles...; me refiero tanto a la esperanza innata en el hombre como a la sobrenatural: comprensible y frecuente.
Muchos, en efecto, tienen esperanzas vulgares, lamentablemente, pero atengámonos a lo que es honesto y natural. Cada uno nace para esto: para el crecimiento, para el matrimonio, los hijos, la instrución de estos... ¿qué se puede pedir más?. Pero la esperanza no tiene límites. Desea cónyuges para los hijos y aun más. Y después desea nietos y más... Quiera el cielo que el pequeño me llame abuelo y lo oiga de su boca antes de morir. El niño crece lo llama abuelo, se hace más viejo,pero no reconoce ahí el límite. Le faltan aun los biznietos y esto y aquello una vez que recibió cuanto esperaba.
Pero, aun recibiéndolo aun no le basta, sino que desea más cosas ¿Qué explica el rendimento de cuanto esperaba. Llega el tiempo de terminar su camino; pero no ve el fin. Qué engañosa es esta esperanza, esperanza que es siempre renovada. Se continúa reemprendiendo porque jamás se ve satisfecha. Los que buscaron casarse no lo consiguieron. Los que desearon un feliz matrimonio, se encontraron atribulados y angustiados por los males propios sacados de sí. Así es con todo. Unos esperan riquezas y no las obtienen,atormentados por su propia ambición y torturados por el temor. Y no hay nadie que espere menos y no se sienta desilusionado: son muchos los engañados, en cuanto a la esperanza terrenal.

DIOS: TU ESPERANZA YA, TU BIEN DESPUÉS.
Que, al menos, por una vez, nuestra esperanza no sea vana, sino que esté saciada de cuanto bueno pueda serlo más. ¿Cual es, entonces, el objeto de nuestra esperanza, por la cual, una vez presente como realidad, haga cesar la esperanza? ¿Cual es? ¿Es la tierra? No ¿Algo que deriva de ella como oro, plata, cosechas, agua...?. Nada de eso.
¿Algo que vuela en el espacio?. El alma lo rechaza. ¿Quizás el hermoso cielo adornado por astros luminosos? Entre estas cosas visibles, ¿hay algo más bello?. Pues no es nada de esto. ¿Qué es?. Estas cosas gustan, son buenas y hermosas: busca a Quién las ha creado: Él es tu esperanza. Él será, pues, tu bien: Él es la esperanza del creyente y del que vé. Dile: Tú eres mi esperanza. Dile ahora: Tú eres mi esperanza, crees, aunque todavía no ves; se te promete, no es todavía tuyo. Mientras habites en el cuerpo, estás exiliado lejos del Señor; estás en camino hacia la patria. El que gobierna y crea la patria, se ha hecho Camino para conducirte, por ello, dile: Tú eres mi esperanza ¿y después?. Mi suerte en la tierra de los vivos. Aquella que, ya es tu esperanza sobre la tierra de quién muere y será tu suerte en la tierra de quién vive.
Vuélvete al Señor. ¿Qué se puede esperar sin creer?. De otro modo, se puede creer en algo, pero no se espera; qué cristiano no cree en las penas de los impíos y siente una reacción instintiva de miedo, es más correcto hablar de temor que de esperanza. Algunos piensan: A quién vive en el temor se le concede la esperanza. Un poeta deijop, sin embargo. "¿He podido esperar en un dolor más grande?". Algunos dramáticos se sirven de esta cita como ejemplo inapropiado, diciendo: "He esperado hasta temer". Hay fe en las cosas buenas y en las malas, puesto que se cree al mal como al bien, y con buena fe. Entonces, la fe mira al pasado, al presente y al futuro. Nosotros creemos que Cristo ha muerto, esto es el pasado; creemos que está a la diestra del Padre, esto es el presente; creemos que vendrá a juzgar, esto es el futuro.
Del mismo modo la fe nos mira a todos: cada uno cree haber empezado a vivir en cierto momento y no haber existido eternamente y así con todos los hombre y objetos. Y creemos muchas más cosas fuera de la esfera religiosa, no sólo entorno a los hombres, también para los ángeles. La esperanza, sin embargo, se supone sólo en las cosas buenas, en las futuras y en las que, como resultado de ellas, se nutre la esperanza. Siendo así las cosas, se distinguirá entre la fe en la esperanza en base a una diferencia racionalmente justificable, más que terminológica. Lo que no se vé son aquellas cosas en las que se cree y se espera, son comunes a la fe y a la esperanza.

En la Carta a los Hebreos, cuyos testimonios han sido utilizados por insignes creyentes desde el principio, por la fe católica, la fe es definida como prueba de las cosas que no se ven. Por otro lado, si alguién dice haber creido o prestado fe, no a palabras ni a testimonios con argumentaciones, sino a la evidencia de cosas presentes, lo suyo es absurdo y podemos decirle: "Tú has visto pero no has creido"; no se puede concluir por ello, podemos suponer, que todo aquello que se cree no se pueda ver.
Todavía es mejor llamar fe a lo que nos ha enseñado la palabra divina, creer en las cosas que no se pueden ver. Sobre la esperanza, el apóstol también ha dicho: "Lo que se espera, si visto, no es spbrenatural"; en efecto, lo que uno ve, ¿cómo se puede esperar?. Si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con paciencia. Por ello creer en los bienes no es otra cosa que esperarlos.
¿Qué decir del amor, sin en el que la fe es inútil?. La esperanza, pues, no puede susistir sin amor. Como dice Santiago, también los demonios creen y temen pero no esperan ni aman: creyendo en lo que esperamos y amamos, todo puede realizarse. Por eso también Pablo aprueba y recomienda la fe que opera a través de la caridad, que no puede ciertamente subsitir sin esperanza. El amor no subsiste sin esperanza, ni la esperanza sin amor, ni amor ni esperanza subsisten sin fe.

Y, sobre todo, en vista al juicio futuro viene la remisión de los pecados en esta vida, hasta el punto de escribirse: un yugo pesado grava a los hijos de Adán, desde el nacimiento en el seno materno hasta el día de la sepultura en la madre común que nos sirve para hacernos ver que también los pequeños, tras el lavado de regeneración, están afligidos y atormentados por distintos males, y a hacernos entender que toda la eficacia salvífica de los sacramentos sirve a la esperanza de los bienes futuros, más que para la adquisición de los presentes. Parece que en esta vida muchos pecados sean perdonados sin castigo; en realidad sus penas son aplazadas hasta el futuro - del resto, no en vano, se habla justamente del día del juicio para indicar la venida del juicio a vivos y muertos -.

Al contrario, son castigados algunos pecados que, aun perdonados en el futuro, no plantearan ningún mal. A propósito de tales penas temporales, impuestas en esta vida a los pecadores, el apóstol, volviéndose a cuantos ven destruidos los pecados propios, para que no sean conservados hasta el fin, ha dicho: Si nos juzgamos a nosotros mismos, no seríamos juzgados por el Señor, para no ser condenados junto con este mundo.
La buena esperanza de los creyentes nace por la fe.

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