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"Una generación narra a otra tus obras, anuncia tus maravillas. Proclaman el esplendor de tu gozo y cuenta tus prodigios [..].Tu reino es el reino de todos los siglos, tu camino se extiende en cada generación. El Señor sostiene a los que vacilan y levanta a los que han caido. Todos los ojos se vuelven hacia tí a la espera y tú les provees de alimento a su tiempo. Tú abres la mano y sacias el hambre de todo viviente". (Sal 144 (145),4,13-15).
La historia del pueblo de Dios, desde sus orígenes, es la historia de un pueblo que espera, la historia de una espera que se manifiesta creciendo cada día, cada año, siglo tras siglo. Es la historia de los que han vivido, y viven, en la esperanza.
El Señor dijo a Noé: "Entra en tu arca, tú, con toda tu familia, porque te he visto justo ante mí en esta generación. De cada animal coge siete parejas, el macho con su hembra (...) porque en siete dias haré llover en la tierra sobre cuarenta jornadas con sus noches, exterminando de la tierra cuanto ser he creado. Noé hizo cuánto le mandó el Señor" (Gén 1,5-7). Sin
excitación, tras haber construido el arca, según las disposiciones que Dios mismo le había dado, Noé embarca a sus familiares, eligió y dispuso en la estiba a los animales de dos en dos, y esperó el inicio de las lluvias. El diluvio duró cuarenta dias, como le había dicho el Señor. Las lluvias cayeron de modo preocupante;primero cubrieron el arca y después a las demás cosas: plantas, animales... hasta superar los 15 codos de altura.
Cada objeto, cada ser viviente fue definitivamente sumergido y exterminado en aquella gran
masa de agua, "quedando sólo Noé con los que estaban en el arca. Las aguas quedaron sobre la tierra 150 dias" (Gén 7,23-24). Pensándolo fríamente, esta es una historia que eriza el vello; pues pide a Noé todo el valor, cosa que no lo empuja al abismo por el miedo y la desesperación, ¿le convence que la vida volvería a recomenzar, justamente con y por Él? ¿Porqué continuar a la espera, de que serían salvados, él y su familia, de las infinitas aguas que los envolvían?
"Entonces el Señor dijo a Abraham,después de que Lot se separara de él: "Levanta los ojos en el lugar en el que estás situado y vuelve tu mirada hacia el Norte y el Sur, hacia el Este y el Oeste. Todo el país que tú ves, lo daré a tu descendencia para siempre (..). Levántate recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque yo te lo daré". Después Abraham se movió con sus tiendas (..)" (Gén 13,14-17). Abraham se dispuso a responder inmediata y concretamente a la
voluntad del Señor; tiene fe y está siempre dispuesto para obedecer y partir en cuanto el Señor se lo mande. Pablo, en la carta a los Romanos, recuerda como Abrahan "tuvo fe esperando contra toda esperanza y así llegó a ser padre de muchos pueblos, tal como se le había dicho" (Rm 4,18).
Abraham de inmediato se puso en marcha, "como le había dicho el Señor" y se llevó consigo a su sobrino Lot, hijo de su hermano Aran. Con él recorrió todo el Negueb y llegó hasta Egipto, antes de volver a la tierra de Canán. Pero las riquezas de tiendas y rebaños de Abraham y Lot no les permitieron una pacífica convivencia: Abraham se volvió al Señor para pedirle consejo sobre qué hacer: Lot, sin embargo, deslumbrado por la belleza que desde siempre distinguía
al valle del Jordán, antes de la destrucción de Sodoma y Gomorra, decidió apoderarse de aquel maravilloso "jardín", transportando sus tiendas hacia oriente en el país de Canán. Lot se separó, entonces, de Abraham, estableciéndose cerca de Sodoma.
En viaje con Abraham, en busca de realización como él, deseoso de ver realizada la promesa del Señor hacia Abraham, Lot no se sintió satisfecho con lo que se le había dado, sintiendo necesidad de más, de tenerlo todo y rápido; a la vista del valle del Jordán se ilusiona por haber encontrado ya "su" tierra prometida y allí se establece; es una ilusión justificable (el viaje es agotador y poco gratificante), pero le delata le elección de la comodidad, al quererlo "todo y ya". En efecto, esta comodidad le genera de inmediato otra insatisfacción. Abraham, sin embargo, recuerda las palabras del Señor y de sus obras anteriores: sabe que aquella "promesa" en cuanto pesada de realizar, es la elegida para su bien y el de su pueblo: no se desanima por las dificultades, afrontando esperanzado y confiado todas las dificultades de su peregrinar; en los momentos de mayor dificultad, se detiene a preparar un altar para orar y pedir consejo.
Y la recompensa a la fidelidad demostrada es grande: la herencia que tanto esperaba y que no se atrevía siquiera a esperar, llegacomo don a agrdecer: "Sara, tu mujer, te parirá un hijo y lo llamará Isaac. Lo estabilizaré con mi alianza, para ser su Dios y el de su descendencia tras él" (Gén 17,19). Pero, ¿cuales serán los pensamientos de Abrham ante esta enésima promesa? ¿Puede fiarse todavía de la palabra del Señor? ¿Es posible que algún día tenga su propio heredero, sangre de su sangre, engendrado por su carne?. Abraham sabe que no puede tener hijos: Sara y él son ya ancianos y las leyes de la naturaleza, que Abraham conoce perfectamente, le recuerdan que ningún ser puede generar tras haber pasado la edad fértil:la razón le podía haber inducido a no ilusionarse, a no dejarse engañar, aunque éstas fueran las palabras de su Señor. Estando así las cosas, Abraham podía pensar que la del Señor no era una promesa real, sino de la enésima prueba a la que el Señor le estaba sometiendo, para ver hasta qué punto su deseo de tener heredero, le habá obcecado y llevado a creer en lo que se le había dicho, para su satisfacción, y no la divina, si sería realizada.
¿Quién de nosotros, hoy, frente a una promesa similar, haría creido ciegamente en las palabras dichas? ¿Quién no se habría apoyado en la ciencia o en la biología para certificar su irrealización. Abraham, sin embargo,no se siente engañado por el Señor, cree de inmediato que es promesa divina y que por ello sería realizada: se pone en marcha para responder a lo que el Señor le pide, para que sus palabras puedan concretarse en los tiempos establecidos.
Los eventos de Abraham y Noé, como llos de muchos otros patriarcas, por cuanto se desarrollan en tiempos y lugares distintos, tienen un punto en común:ellos creyeron ciegamente viviendo en profundidad la voluntad de Dios, permitiéndoles las promesas respectivas realizadas. Éste fue su secreto:creer ciegamente. Y este podría ser también el nuestro, nuestra fuerza; la fe en el Señor y en sus palabras hacen vencer cualquier temor, "la fe es fundamento de las cosas que se esperan y prueba de las que no se ven (..).
Por la fe, Noé divinamente advertido de lo que aun no había ocurrido, poseido de un pio temor, preparó un arca para salvar a su familia:y por esta fe condenó al mundo, siendo heredero de la justicia según la fe. Por la fe Abraham, llamado por Dios, obedeció partiendo hacia un lugar que iba a recibir en herencia y partió sin saber donde iba(..). Por la fe, también Sara, fuera de edad, recibió la posibilidad de ser madre, puesto que tuvo fe en El que se lo había prometido".
(Heb 11,1-2; 7-11).
El mundo en el que vivimos nos pone continuamente en duda, crisis y miedo, la más peligrosa de las cuales es el riesgo concreto de perder el sentido de la vida. Muchos de nosotros ya lo ha perdido y no son conscientes de ello, porque han encontrado, o se ilusionan con hacerlo,
una salida a su desesperación en el consumismo exagerado: drogas, alcohol, elecciones
desinhibidas, de una vida sin límites ni moral. Creen haber conquistado la libertad y con ella la felicidad, pero el resultado es el de una profunda tristeza, un vacio en el corazón que no, rara vez, lleva a una gran desesperación. Para construir la vida sobre fundamentos sólidos, capaces de resistir las pruebas, que nunca faltarán, que nos hagan caer en el abismo de la no-esperanza queda agarrarse a la "roca", tener fe en el Señor y en sus enseñanzas, abrir el corazón a su palabra: "En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre (...) (Jn 1,51). "Haced lo que Él os diga"(Jn 2,5).
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