Catecismo

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La esperanza
1817. La esperanza es virtud teologal por lo que deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en la ayuda de la gracia del Espíritu Santo. "Mantenemos sin vacilar la profesión de nuestra esperanza, porque es fiel Aquel que la ha prometido" (Heb 10,23). El Espíritu Santo ha sido "derramado por Él sobre nosotros, abundantemente, por medio de Jesucristo, Salvador nuestro, para que, justificados por su gracia, seamos herederos, según la esperanza, de la vida eterna" (Tit 3,6-7).

1818. La virtud de la esperanza responde a la aspiración de la felicidad, que Dios ha puesto en el corazón de todo hombre; ella asume las esperanzas que aspiran las actividades humanas; las purifica para orientarlas al reino de los cielos: la salvaguarda del desaliento. Sostiene en todos los momentos de abandono: dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce al gozo de la caridad.

1819. La esperanza cristiana reprende y lleva a plenitud la esperanza del pueblo elegido, que encuentra su origen y modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac por las promesas de Dios y purificado por las promesas del sacrificio. "Él tuvo fe esperando contra toda esperanza y así llegó a ser padre de muchos pueblos" (Rm 4,18).

1820. La esperanza cristiana se desarrolla, desde los inicios de la predicación de Jesús, en el anuncio de las bienaventuranzas. Ellas elevan nuestra esperanza hacia el cielo y hacia una nueva Tierra prometida; trazan el camino a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en la esperanza que "no desilusiona" (Rm 5,5). La esperanza es "todavía nuestra vida, segura y estable, la cual penetra (...)" allá "donde Jesús ha entrado por nosotros como precursor" (Heb 6,19-20). Es también un arma que nos protege en la lucha por la salvación "Debemos ser (..) revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, teniendo como yelmo la esperanza de la salvación" (1 Tes 5,8). Ella nos procura el gozo aun en la prueba: "Alegres en la esperanza, fuertes en la tribulación" (Rm 12,12). Se comprende y se alimenta en la oración, de modo particular en la plegaria del Señor, síntesis de todo lo que la esperanza nos hace desear.

1821. Nosotros podemos, pues, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que lo aman y hacen su voluntad. En toda circunstancia cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, perseverar hasta el fin y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las buenas obras cumplidas con la gracia de Cristo. En la esperanza de la Iglesia ruega que "todos los hombres sean salvados" (1 Tim 2,4). Ella anhela estar con Cristo, su Esposo, en la gloria del cielo: "Espera, alma mía, espera. Tú no conoces el día ni la hora. Vigila con premura, porque todo pasa en un soplo, aunque tu impaciencia pueda tener por incierto lo que es verdad, y por largo tiempo lo que es breve. Piensa que cuanto más luches, más probarás el amor que tienes a Dios y un día gozarás con tu Amado, con una felicidad y éxtasis que jamás tendrán fin".

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