La Esperanza


San Pablo

Monasterio "Pablo se defiende y recuerda a los hermanos y padres de su gente que él, verdadero judio, estaba "Lleno de celo por Dios, como lo estáis vosotros».
(Hec, 22, 3)

Celo equivocado, que lo llevaba a perseguir a muerte a esta nueva doctrina, deteniendo y llevando a prisión a ombre y mujeres.

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Esperanza en San Pablo

Dice, en su defensa, ante el rey Agripa: "En cuanto a mí, actué contra el nombre de Jesús de Nazaret" (Hec 26,9). Estas dos defensas han ofrecido a Pablo dos buenas ocasiones para responder y dar razones de la esperanza que estaban en él, según el consejo que Pedro escribe en su primera carta "listos siempre para dar una respuesta al que os la pida del motivo de vuestra esperanza" (1Pe 3,15). Al rey Agripa, pablo responde textualmente: "Ahora me encuentro procesado por mi esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres, aquella de la que nuestras doce tribus, sirviendo incesantemente a Dios, día y noche, esperan su cumplimiento. Es por esta esperanza por la que soy acusado por los judios. ¿Porqué consideran inconcebible, entre vosotros, que Dios resucite a los muertos?".
(Hec 26,6-8).

La pregunta trampa de los saduceos, hecha a jesús, demuestra que no entendían bien en qué consistía la resurrección. Tras haber contado la historia de los siete hermanos que despota a la misma mujer, al final los saduceos preguntan: "En la resurrección, cuando ellos resuciten ¿de quién será esposa?, pues los siete la tomaron por mujer"
(Mt 12,23).

"Cuando Jesús ordenó a los discípulos contar la transfiguración sólo tras la resurrección, del Hijo del hombre, ellos se preguntaban qué quería decir resucitar de entre los muertos"
(Mc 9,9).

Pero la resurrección anunciada por Jesús es otra cosa distinta. "Lo que ningún ojo vió, ni oido oyó, ni entra en el corazón del hombre, Dios lo ha preparado para los que le aman" (1Cor 2,9) y este es el objeto de nuestra esperanza.

¿Qué ha provocado en Pablo una esperanza tan grande para hacerle cambiar de ruta?. Pablo cuenta: "Caí en tierra y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿porqué me persigues?"
(Hec 22,7).

Las tres narraciones de Hechos afirman que Pablo vió una luz y oyó una voz, una voz que lo llamaba por su nombre. Sólo tras el retorno a Jerusalén, mientras oraba en el templo, Pablo cayó en éxtasis "y Le vió"
(Hec 22,17-18).

Como Saulo mismo, cuenta, estaba "lleno de celo por Dios" (Hec 22,3), ¿qué pudo generar en él un cambio tan radical en tan poco tiempo?. Saulo había comprendido que la esperanza que cultivaba en su corazón rompía todos los límites para abrazar a Aquel que es eterno. Ha visto que el suyo no sólo es un amor posible, sino también real y tangible, aunque ardúo.

Pablo ha visto que Dios cumple sus promesas, y lo ha hecho en Cristo Jesús. Por eso, ante el rey Agripa, dijo: "Ningún otro afirma lo que los profetas y Moisés declararon que acontecería, que Cristo hubo de sufrir y despúes, tras la resurrección de los muertos, anunció la luz al pueblo y a los paganos"
(Hec 26,22-23).

La pregunta de Pablo: "¿Qué debo hacer?", nos hace pensar que la esperanza no es pasiva, no es un simple esperar. Dice pablo, en efecto, a los Filipenses "pero me esfuerzo en correr para conquistarla, porque yo también he sido conquistado por Jesucristo. Sólo sé esto: olvidando lo que está atrás, miro hacia adelante y corro hacia la meta; al premio que Dios nos llama a recibir allá arriba, en Jesucristo"
(Fil 3,12-14).

Las tres narraciones de la conversión se vé en Hechos en vista a una misión. Al principio el Señor dice a Ananías: "Vé, porque él es el instrumento que he elegido para que lleve mi nombre ante todas las naciones, a los reyes y a los hijos de israel" (Hec 9,5). Después, Ananías dice a pablo: "el Dios de nuestros padres te ha predestinado a conocer su voluntad, a ver al Justo y a escuchar una palabra de su misma boca, para que des testimonio, ante todos los hombres, de las cosas que has visto y oido" (Hec 22,14-15). En tercer lugar, es Jesús el que dice a Pablo: "Y ahora levántate y ponte en pie: yo te hago ministro y testigo de que me has visto y de todo aquello cuanto te indicaré"
(Hec 26,16).

La gran esperanza nos ha sido dada no como regalo, sino fundada en la fe y alimentada por el amor, la esperanza será la fuerza motriz para hablar de la persona amada "insiste a tiempo y a destiempo" (2 Tim 4,2), y a estar siempre "listos para responder al que os pida razón de la esperanza que está en vosotros"
(1Pe 3,15).

Si en "esperanza nosotros hemos sido salvados" (Rm 8,24), no podemos caer en el miedo porque hemos "recibido el Espíritu que nos hace hijos adoptivos, por medio del cual gritamos: Abba, Padre". Vendrán tentaciones en las que Dios nos enseña como afrontarlas, por eso no tendremos miedo, porque "si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?" (Rm 8,31). "Ahora sólo me espera la corona de justicia que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; No sólo a mí, sino a todos los que han esperado con amor su manifestación"
(2Tim 4,8).

Entonces "sabemos, en efecto, que toda la creación gime y sufre hasta hoy dolores de parto. Nosotros también, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente esperando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo" (Rm 22-24). Nuestra esperanza se basa en Él, al que hemos visto y oido por medio de la fe;la fe es la base de nuestra rsperanza.

"Gozad en la esperanza, sed constantes en la adversidad, asíduos en la oración" (Rm 12,12). "Dios, tras la esperanza, os colme de todo gozo y paz al creer, de modo que abunde en vostro la esperanza" (Rm 15,13). E ilumine "los ojos de vuestra mente para que comprendáis cual es la esperanza de su llamada, cual la riqueza de su herencia gloriosa entre los santos, y cual la extraordinaria grandeza de su potencia en la que nosotros creemos" (Ef 1,18) y nos dé sabiduría para "vivir en el presente siglo con justicia y piedad, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, en espera de la santa esperanza y de la manifestación de la gloria del gran Dios y salvador nuestro Jesucristo".
(Tt 2,12-13)