Grito de Espernza

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Un camino eficaz
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La oración nos permite acceder a la esperanza, al entrar en relación con Dios, que es eterno y está más allá del tiempo. La oración es comparable a la respiración que parte hasta el cielo en más de mil modalidades. La plegaria permite al hombre comprender su esperanza y cuanto más ardiente es ésta, más posibilidades tendremos de ser escuchados. Cuando se está seguro de ser escuchados por Dios, arranca el motor de la esperanza y, viceversa, cuando este impulso se apaga, muere la esperanza y con ella la respiración necesaria para vivir. Por eso, quien ora, espera; cuando le falta la esperanza la consecuencia es que la oración se extingue.

Orar es esperar, porque se percibe, sin haberlo visto, una realidad más profunda que entra en confidencia con Él. La oración, pues, de acuerdo al modo y en intensidad en que la hagamos, refleja, inevitablemente, el grado de nuestra esperanza.

La plegaria es un camino de acceso, dicho de otro modo, es otra forma de ponerse en presencia de Dios para sentirle en nuestro corazón. Y ante las llamas que salen del corazón divino que incendian el nuestro, es posible presentar al Omnipotente nuestras necesidades, sufrimientos y gozos, seguros, como niños, de ser escuchados.

Ponerse en presencia de Dios significa despojarse de toda falsedad. En efecto, ¿cómo es posible pedir ayuda cuando nuestro corazón está saturado de envidia, egoísmo y soberbia?. Es imposible engañar a Aquel que lee nuestros corazones: en Cristo se revela cómo somos en verdad.

Orar no es recitar una serie de fórmulas, sino usar las palabras como vehículo, como expresión de amor a Dios. Bajo este aspecto la oración une a Dios, lo afirma San Pablo: "En Él vivimos, nos movemos y existimos". Pero también es un ejercicio de amor; elocuente es el himno a la caridad de este apóstol: "si yo hablase la lengua de los hombres y la de los Ángeles, pero no tengo amor, soy como metal que suena o como ocímbalo que se mueve". (1 Cor. 13,1).

Con la plegaria del corazón pedimos al corazón de Jesús, le ofrecemos nuestro homenaje de un amor más grande. Así podemos repetir con Pedro: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero". Sumergidos en la plegaria pedimos una profunda conversión, rogamos, para nosotros pecadores, un amor más intenso, sublime, tal que arda nuestra humanidad. Sí, la plegaria es una cita con Dios que no se puede perder. Dice el Señor: "si alguno me ama... el Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él" (Jn 14,23), entonces: "¿no sabéis que sois templo de Espíritu Santo que habita en nosotros?" (1 Cor 3,16).

En la oración se realiza un encuentro verdadero y profundo con Dios en su realidad. Con la oración Dios está vivo, cercano y presente. El corazón y la mente son los instrumentos para comunicarnos con Él. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos siquiera qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con insistencia". (Rm 8,26).

La plegaria orientada hacia Dios, llama a la persona a la propia responsabilidad. Se ruega para que venga Su Reino, que es la meta de la esperanza cristiana. La continua presencia de este Amor acompaña nuestras actividades, socorre y nos sostiene cuando hemos agotado todas las posibilidades humanas.

Aprender a orar es aprender a esperar, significa seguir las enseñanzas de Jesús que hace hombres de esperanza, que observan las vicisitudes de la vida con los ojos de la fe.

El que no ora, se desespera. El hombre que no reza se confía sólo a sí mismo. A quién espera en la bondad y en la infinita Misericordia sus ansias se convierten en esperanza.

El hombre moderno tiene necesidad de Dios y lo puede encontrar en la estupenda oración enseñada por el Hijo unigénito: "Padre nuestro..."

La oración es Cristo en nosotros, es el Espíritu que grita: "Padre". Es la respiración que hace vibrar al Eterno. Es gustar la obra de Dios. Es valor para poner en juego la propia vida. Es probar maravillas ante aquel Hombre que muriendo y resucitando, nos ha dado vida eterna. Es sentir en la intimidad una gran esperanza por trabajar en el amor por un mundo más verdadero y justo.

La oración no es una técnica de meditación o relax, sino caminar hacia Dios con corazón de niño, con sencillez y confianza. La oración es más que pedir, agradecer o suplicar perdón; debe ser silencio para escuchar con ánimo sereno la palabra de Dios.

Con la plegaria se puede conseguir niveles espirituales tan elevados que transmitan un sentimiento abrumador de amor. Son canales que fluyen hacia la indagación intelectual, pero que permiten al corazón responder a los rayos de fuego que salen del Corazón divino. La plegaria que se desarrolla en sus distintos estados, puede llegar a su culminación fundiéndose con el Amor en un completo abandono en Dios. Bajo el Amor de Dios, la esperanza es seguridad que borra todos los miedos.

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