Esperanza

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¿Cuándo las cosas van bien que hacemos con la esperanza? El éxito, la plena salud y el dinero embriagan la mente y dan la sensación de omnipotencia. Nuestra energía nos es suficiente, el futuro nos pertenece y el bienestar del hoy pareciera dilatarse hacia el mañana como si fuera un eterno presente. La satisfacción como el gozo efímero de la posesión nos impulsan hacia la convicción de poder llegar hacia nuestro destino, hacia nuestros deseos, convencidos de poder avanzar poco a poco con la ayuda del prójimo y de Dios.

Sin embargo, la realidad, hará sentir antes o después sus efectos en los impredecibles acontecimientos de la vida, revolcándonos con sus oleadas y llevándonos allí donde no queríamos ir. Sofocará nuestros deseos, apagará nuestras aspiraciones, cortará de raíz tanto las esperanzas, como los proyectos y los impulsará hacia la angustia de la lenta caída.

Una caída de la cual nada escapa, ni el cansancio, ni el rápido ascenso que nos lleva a conseguir cualquier cosa. La gloria que no dura, los recuerdos sin un mañana, los falsos valores que no saben enfrentar los malos momentos, en los que su mordida veloz todo empalidece, lo borra, disuelve y desvanece.

No obstante los pensamientos, la vida continúa y nuestras posibilidades están destinadas a restringirse y el balance de una vida puede presentarse por debajo de las expectativas. La ilusión que habíamos cultivado de podernos afirmar también a través del abuso se disuelve. El orgullo que habíamos cultivado con cuidado, nos presenta la cuenta de un vacío interior y de una posesión limitada. Si ahora pudiéramos volver a nacer, observando nuestra fragilidad humana, el coraje de observar el abismo de nuestra nada, ante la inmensa potencia de la creación y del tiempo, que inexorablemente, pondrá fin a cada cosa.

El sufrimiento, por efecto del tiempo que transcurre, puede ocasionar desesperación por un destino sofocado y destruído por el dolor. No obstante esto en las tinieblas del sufrimiento puede nacer aquella insaciable necesidad de esperar, para abrir horizontes de bien, y reavivar aquella chispa que quedaba entre las cenizas, que es creer en el Amor de Dios. En su Amor, de hecho, podemos encontrar aquella firmeza indispensable para hacer surgir un nuevo mañana.

La esperanza podrá proveernos de la fuerza necesaria para afrontar los obstáculos que no podemos superar sólo con nuestros medios y pequeñas fuerzas. Con la esperanza podremos volar hacia el amor de dios y al mismo tiempo librarnos de las angustias, para caminar rápidamente sobre el camino que el destino nos ha preparado.

Sí, cuando el mal muerde nuestra carne, el fracaso aplasta, los amigos se encierran en su egoísmo y te sientes sólo, abandonado y traicionado, entonces no existe otra alternativa: se necesita esperar para poder vivir todavía. La esperanza entonces revelará todo su poder al darnos un mañana de gozo, nos hará resurgir de la nada, de la oscuridad en la que nos había envuelto el sufrimiento.

La esperanza nos hará caminar sobre la frontera entre lo finito y lo infinito, a lo largo de los límites del tiempo y de la eternidad, al borde de la orilla de lo relativo y lo absoluto, entre la muerte y la inmortalidad, entre el abismo de la nulidad y el Todo, entre lo humano y lo divino, superar el aquí y el ahora.

Se necesita con urgencia escoger entre la propia destrucción o abandonarse con confianza a las promesas de Dios. Mientras haya vida, podremos sacar a manos llenas este recurso, de hecho, donde hay amor hay esperanza.


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