Esperanza Escatológica

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La eternidad además de llamar al sentido de la muerte pone en seria crisis el significado de la misma existencia humana. La muerte inculca miedo al moribundo y transmite a los demás miedos humanos. La muerte, bajo todos los puntos de vista, es un peón para el hombre ya que desde el razonamiento humano, el hombre nace para morir. Es un destino trágico, evidenciado por un filosofo el cual dice: "No es la muerte que me asusta, sino la idea de la muerte". La idea de no existir nunca más y de ser tragados por la nada aterroriza el intelecto. Ante ésta verdad una esperanza no muy bien anclada se apaga y hace nacer la desesperación.

La muerte, entonces, induce a reflexionar sobre el porqué de la existencia, es decir si el hombre está ligado a la materia que nace, se desarrolla y al tiempo establecido se corrompe para estar allí eternamente o si no, existe una respuesta luminosa que calma nuestro saber y se encuentra en la trascendencia. Aquella trascendencia revelada por Dios donde se muere para renacer a nueva vida y que es un saber que supera cualquier conocimiento humano.

Como hemos examinado la muerte, es el natural epílogo de la existencia humana, pero este infausto destino es contrario al hálito de vida que posee toda criatura, puesto que es trágico perder el sentido de la existencia para profundizar en la nada. ¿Cómo podemos conciliar el tiempo, con el sin-tiempo, lo finito con lo infinito?. La inteligencia humana sólo puede intuir vagamente la dimensión, donde no existe el tiempo, que pasa sin comprenderlo del todo.Pensamientos, palabras, expresiones humanas limitadas, finitas y abstractas, ¿podrán explicar esta situación?. Sólo por la gracia divina se puede llegar a comprender tal realidad. He aquí la necesidad de un sentido a nuestra vida a pesar de la muerte, un significado que permita renacer a la esperanza.

La primera condición para dar un valor a la vida es esperar, la segunda es dejarse iluminar por Cristo, muerto y resucitado. El, Hijo Unigénito de Dios, se encarnó entregándose a la historia para después ascender al Cielo. Ahí, la vida eterna no va concebida en sentido temporal, sino como una dimensión que no tendrá nunca final. El hombre será presentado a la presencia de Dios y participará en su vida con un gozo totalmente inefable que no puede ser concebido por la limitada mente humana.

El destino escatológico del hombre se ejecuta y se extrae, por lo tanto, en el dirigir su mirada hacia el horizonte de Dios, donde está esperándolo la verdadera vida. "El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios está cerca. ¡Arrepentíos y creed en el evangelio!" (Marcos 1,15). Es sabio poner nuestra esperanza en Cristo para encontrar el motivo de la existencia y del sentido de la esperanza humana.

Dice Siracides: "Cuando al principio creó al hombre, lo dejó en manos de su propia conciencia" (Sir 15,14). Prosigue el Deuteronomio: "Llamo hoy por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de vosotros la vida y la muerte, la Bendición y la Maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, Tú y tus descendientes, amando a Jehovah tú Dios, escuchando su voz y siéndole fiel. (Dt 30,19). Solo escogiendo el bien y rechazando el mal se puede obtener la salvación y vivir en relación con Dios.

El Evangelio nos habla en manera todavía más explícita: "Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda la propia vida por causa mía y del Evangelio, la salvara" (Mc 8,35). Esta es una promesa que alimenta nuestra esperanza.
Después de la muerte de Jesús, siguió el silencio, pero después de tres días resurge con cuerpo glorioso y destruye la muerte. Si, la resurrección de Jesus abrió también para nosotros un verdadero futuro, un horizonte real de vida y resurrección y no un simple porvenir.

Esta realidad no está solo en el mañana, sino se encuentra ya en el presente, se puede decir que es siempre actual y en cada momento, ya que de mi comportamiento, por el modo de vivir, es decir, por mis decisiones y por mi libertad depende mi futuro de gloria o no con Dios.

Si el hombre está hecho para amar y ser amado, no les queda más que esperar el amor. Pero el hombre sabe que el Amor es Dios y que nada podrá separarlo de su Amor. "Esta vida, que vivo yo en mi cuerpo, la vivo en la Fe del Hijo de Dios, que me ha amado y ha consignado a si mismo por mi" (Gal 2,20).

Es el amor de Dios infinito que nos salva. Esta es la esperanza que el hombre ardientemente desea: "Unirse íntimamente a Cristo adherirnos al verdadero amor y la felicidad, para apagarnos en Él eternamente".

En los latidos de todo corazón humano existe el deseo de existir eternamente, de ser amado totalmente y para siempre. La muerte no puede ser la tumba que pone fin a estas sublimes aspiraciones.

Con la venida de Cristo la historia ha sido transformada, para su más íntima verdad: "El hombre tiene un futuro de gloria". El futuro está aquí, en el hoy, y ahora. El hombre puede mirar la realidad de modo más verdadero y profundo, puesto que la eternidad se inicia por la vida cotidiana. En otras palabras, se afronta de modo distinto, más constructivo, la vida, el sufrimiento y la muerte.

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