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Obstáculo a la fe

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Parece que la gente de hoy no tiene necesidad de Dios para explicar el mundo, como nuestros antepasados. No se necesita a Dios para explicar la existencia de tormentas o terremotos, como se hacía tiempo atrás, cuando se ignoraban las causas de las catástrofes naturales. Y hasta cierto punto, se tiene la convicción de que la ciencia, algún día, llegará a explicarlo todo, mientras que Dios quedará reducido a mera hipótesis.
Un tiempo de oración era el remedio contra las adversidades, enfermedades o epidemias. Hoy las vacunas inmunizan contra la llamada divina con la que se invocaba a Dios para evitar las catástrofes.
Cuando los hombres vivían en precarias condiciones de todo tipo, tendían a pensar en la felicidad eterna tras la muerte. Sin embargo, ahora, las comodidades de la vida hacen a la gente arrastrarse por el suelo impidiéndoles elevar el corazón hacia el Cielo.
La urbanización creciente suprime el contacto del hombre con la naturaleza: encuentro indispensable para llegar a Dios. Ahora la gente vive de modo artificial, pues carece de ocasiones para admirar la obra de su Creador: no le interesan las estrellas, pero sí las naves espaciales.
Chocante: cada vez es más difícil concentrarse en el silencio y en la soledad, como decía San Francisco de Sales: "el bien no hace ruído y el ruído no hace bien".
Los rápidos medios de comunicación de los que nos servimos nos hacen vivir con el pie en el acelerador. Y en cierto modo es verdad, pues no tenemos tiempo para deternos y hacer oración. El nomadismo del hombre actual en el trabajo, vacaciones y demás, lo apartan de las costumbres religiosas de su infancia: aun así, el hombre sigue teniendo la necesidad de "raíz" para vivir y cultivar su fe. Seguimos convencidos de que, el progreso que gozamos, nos ayudará a vivir una fe más profunda.

Hoy somos menos intentados a atribuir todos los acontecimientos insólitos del planeta a la intervención de la mano de Dios, sin embargo el hombre él porrà siempre el problema fundamental de la vida y la muerte. Más bien, è fácil imaginar que, più los hombres tendrán medios para vivir bien y a largo, più se pondrán el problema de las razones del vivir.

El progreso de la fe en el corazón no es el resultado automático de la evolución cultural, sino que depende de que, cada cual, se beneficie, o no, de las ventajas obtenidas por privilegios de nacimiento o condiciones psicológicas. Como afirmaba Pascal, el hombre deberá esforzarse para no ceder y lo que él llama "divertimento", es la tentación de pensar tanto en el trabajo, afanes y demás, que no tiene tiempo para pensar en su condición de caña pensante: "Los hombres, no habiendo podido superar la muerte, la miseria, la ignorancia, han decididi evitar pensar para ser felices".

Ciencia y Ateismo
Los positivistas, marxistas, neopositivistas presentan a la ciencia como incompatible con la fe, incluso, con la afirmación de Dios, de manara que la ciencia sería el instrumento moderno para luchar contra Dios: no se podrá ser, a la vez, científico y creyente, científico y teista, creer en la ciencia y en Dios. El progreso de la ciencia señala el progreso de la fe: el límite, la ciencia elimina la fe, sustituyéndola. ¿De verdad la ciencia mata a la fe?, ¿la ciencia demuestra el ateismo?. La respuesta a estos interrogantes es bastante sencilla para el que tenga presente lo que es la ciencia, la fe, la religión, la filosofia. Afirmaciones fundamentales de la fe, como Dios y el alma, son afirmaciones alcanzables con procedimiento puramente natural o racional: tal procedimiento se llama filosofia.

Ateismo
Lo que hoy es un ateismo valiente, se manifiesta tenaz, orgulloso de sí y, lo que más cuenta, se profesa como un "ateismo positivo", es decir, una doctrina fecunda, constructiva del hombre y de la convivencia humana. Se profesa como el auténtico humanismo. El hombre, por este ateismo, no puede ser libre de verdad, de verdad él mismo, si no exorcitando el fantasma de laaa divinidad. Sólo con las ruínas teológicas, podrá comenzar la era antrópica: la edad del hombre. Teorizado por Nietsche como superhombre, ello se realiza en el ateismo contemporáneo, es el hombre nuevo, el verdadero hombre, el hombre por antonomasia, el hombre sin Dios. el ateismo es el verdadero humanismo. No por nada, Marx escribe: "este ateismo siendo un naturalismo completo coincide con el humanismo". La religión es el cáncer de la humanidad. El hombre es un órgano sano, pero dentro de sí lleva un cáncer que lo amenaza y lo atormenta. Necesita una drástica operación; hagámosla, extirpemos este cáncer, que se llama Dios, que se llama religión,y el hombre quedará sano.

Para Einstein el sentidi deml misterio, que es la raíz de la religión, también es la raíz de la ciencia: "En la ámbito de la religión- afima él- pertenece la fe que la regula, válidas para el mundo de la existencia sena racionales y accesibles a la razón", es decir, la racionalidad, la real- que es la premisa de la ciencia- no es un dato científico, sino el presunto postulado en fuerza de una actitud del espíritu similares a la religión y al fe. "No concibo un científico auténtico- prosigue Einstein-que no tenga esta fe profunda". Y concluye: "la situación se puede expresar con una imagen: la ciencia sin la religión es coja; la religión sin la fe, es ciega". Einstein tiene una clara consciencia de la limitación de la ciencia. Frente al universo, él, Prometeo de nuestro tiempo, como se dijo, tiene una actitud de modesta consciencia: "Mi religión- dice él- consiste en la humilde admiración de un ilimitado espíritu superior, el cual se desvela en los más mínimos detalles por nosotros percibidos, por medio de nuestras débiles y frágiles mentes. La profunda y emocionante convicción de la presencia de una mente infinitamente superior, se revela en el universo, para nosotros, tan misteriosa, constituye mi idea de Dios".

No menos perentorio es Max Planck: Ciencia y religión- escribe él en un libro científico, en la introducción a la física teórica- no sólo no son hostiles entre ellos, sino que se necesitan la una a la otra para completarse en el espíritu del hombre que piensa con seriedad. La ciencia conduce a un punto más allá del que ella no puede ser guía; y el hombre justo, en este punto, está en la necesidad de buscar otra guía y no puede encontrarla en otro lugar que el conociemiento ciéntifico, la fe religiosa.

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