La fe

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El propósito de la fe no es el de dejarnos en suspenso en la noche de las dudas o en la búsqueda, sino el de enseñarnos que no debemos tener miedo de poner en común nuestros interrogantes, para encender una luz. Hay una diferencia abismal entre el silencio del amor, que expresa confianza, y la duda; la luz nos ofrece una grandiosa luz que disipa toda las dudas. Todos necesitamos ver más allá de nuestro horizonte: tenemos necesidad de entender, de compartir, de creer y pensar. La fe es nuestro alimento: luz e invitación para llegar más allá de la confianza.

El niño pregunta porqué sale el sol, o se interesa por la naturaleza: vive la inocencia en los corazones enamorados y en la paciencia del verdadero sabio. Y qué decir de la pregunta de María: "¿Cómo es posible esto?". Y nosotros, ¿somos capaces aun de asombrarnos, de escuchar?. Pues bien, nada puede detener a un hombre que canta.

El hombre, no pudiendo dominar la muerte, a su antojo, la miseria, la ignorancia...ha decidido ignorarlas en un intento de no deprimirse, e incluso hay quienes buscan respirar los goces de la vida en las distintas y diferentes actividades humanas: sin encontrarlos, obviamente.

El Evangelio se revela al hombre por sí mismo, desde la novedad evangélica se nos promete la plena realización de nuestros deseos, aun los más secretos, de reconciliación con nosotros mismos, con los demás , con la naturaleza y con Dios. La semilla sólo espera algo de lluvia para que el desierto florezca.

La fe es un acto libre, un empeño, una adhesión de todo nuestro ser a Dios, que se manifiesta en nuestro corazón. "Sed siempre prontos a responnder a quienes os pregunte las razones de vuestra esperanza, que habita en vosotros" (1 Pe 3, 15-16). Se siente la fe a través de una experiencia íntima incomunicable; porque la conversión se sitúa en las regiones en las que el pensamiento penetra con dificultad.

La fe cristiana es más cuestión de corazón que de razón. Es algo más que sentir a Dios en el silencio de la naturaleza, en la belleza de un Monasterio o en el encanto de los últimos rayos de sol que desciende. Es más bien un encuentro con Cristo. Existen lejos de nosotros, incontables estrellas que el Señor enciende en la noche de la historia para manifestar Su presencia, siendo necesario que aun acogamos en nuestros corazones la luz de la fe, para poderlo descubrir. A cada uno de nosotros, Jesús deja el mensaje que lanzó al bajito publicano de Jericó, trepado al árbol: "Zaqueo, baja, conviene que hoy me hospede en tu casa" (Lc 19,5).

La fe se vuelve segura certeza, cuando vé lo que posee e intuye que, cuanto ha encontrado, es el Verdadero Bien de la vida. Sólo la fe se torna segura de sí misma y comprende que es Dios mismo el que la ilumina por medio del amor.

La fe es algo que nace de dentro, de los deseos más profundos, de las aspiraciones más secretas, del deseo de dar respuesta a las inevitables preguntas que todos nos hacemos: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?. La fe no es sólo poner nuestra confianza en Dios, no es mera idea o hecho intelectual, sino una adhesión total a las personas de Dios. Fe significa dejar a Dios la iniciativa absoluta que por sí sola no puede colamar: allí Dios manifiesta su Potencia.

La conversión a la que Jesús nos invita no es un acto de arrepentimiento, sino una vuelta al Padre; gracias a su presencia en medio de los hombres. Convertirse significa cambiar de mentalidad, de espíritu así como la fuente del actuar humano a través de un movimiento de toda la persona que se libera a sí misma y de todo lo mundano. La conversión es un acto definitivo que da inicio a la secuela y que no se confunde con la renovación moral.

El discípulo es el que sigue a Jesús un paso por detrás, haciendo de Él su único guía. Esta relación no está fundada en la doctrina, sino en la que que es adhesión a sus personas. La secuela nos lleva a considerar que Jesús haya tomado nuestra condición de esclavo para permitirnos segurle. Es un error pensar que el camino es llano, corto y sin sorpresas. La apelación que Jesús nos hace es de una radicalidad espantosa, humanamente hablando,al menos, a primera vista: aunque posible porque Él no sólo pide fe en Dios, sino la adhesión a Sí.

Desde el punto de vista humano, tener fe es creer firmemente más allá del límite de lo racional que exige siempre pruebas tangibles a hipótesis formuladas por la razón, estimula la voluntad para buscarla con valor renovado; sin esta búsqueda sería imposible experimentar Su existencia.

No se puede entender la fe sin haberla experimentado. La fe no es, como algunos piensan, un creer sin fundamento donde el intelecto se detiene frente a las verdades que trascienden a la razón, sino que es luz iluminadora de la Gracia, que induce a creer en las verdades reveladas. La voluntad, bajo esta luz, vincula a la mente, a algunas certezas, y obliga al intelecto a aceptar las revelaciones. Dado que, "la fe es fundamento de las cosas que se esperan y priueba de las que no se ven" (Heb 11,1), no se puede llegar a ella sin la intervención de la Gracia divina. En efecto, el intelecto puede indagar su verdad histórica, pues de hecho debe entregarse al sensible que quiere ver y tocar, y no pudiendo trascender lo humano, se hunde en esas tinieblas que sólo la luz divina puede disipar.

La fe es un regalo que Dios concede al que la busca. Por eso, está escrito: "Cualquier cosa que pidáis en mi nombre, la haré, para que el Padre sea gloricado en el Hijo. Si pidiérais algo en Mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pidiérais algo en Mi nombre, yo lo haré" (Jn 14, 13-14). Naturalmente, sólo buscando la fe con corazón puro y humilde, la verdad iluminará al intelecto y se desvelará en toda su potencia en un creciemiento progresivo que encenderá nuestro corazón, haciéndolo latir de amor. Y en tal abandono confiado, en Dios, se desarrollará ese amor que es fe y confianza inquebrantable en Quién nos ama: seguridad que hace actuar, alimento para toda esperanza, guía seguro en los momentos turbulentos de la existencia.

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