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Estar junto a Jesús no es ningún juego ni un pasatiempo; ni siquiera una experiencia de una jornada, pues exige fidelidad, constancia y empeño. Jesús pide a sus seguidores total disponibilidad a su persona, para su proyecto de salvación. Pide la fe, total confianza y para siempre. Él posee un horizonte de eternidad que promete a sus confiados amigos.

Cuando se hacen tales elecciones, se necesita poder mantenerla y no anula la propia fe ni los propios principios morales, para así emprender otro modelo de vida, de religiosidad. La palabra dada a Dios debe ser mantenida, pues de lo contrarios seremos como plumas a merced del viento.

La primera exigencia es la pronta obediencia; con la venida del Señor ninguna dilación nos está permitida. A quién se tiene para saludar a sus padres, Jesús les responde: "Nadie que haya puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios" Lc 9,62. No se nos ha dirigido para poner condiciones ni fijar los tiempos para la realización de la llamada, porque no se puede responder a la llamada fijando premisas, haciendo cálculos o llevando en el corazón ambiciones humanas.

A las palabras "Sígueme" se responde dejándolo todo de inmediato, hasta los afectos más queridos: y se obedece. Frente a la llamada todos tenemos un padre por enterrar o una persona querida a quién saludar: algo por terminar. La elección propuesta por Jesús no es fácil, pues cada cual tiene sus propias ideas, un presupuesto del propio valor, antes de decidirnos a dar un paso de tal género. Jesús es muy exigente: ni siquiera quiere que el acto sagrado del enterramiento se interponga entre É y el discípulo, poniéndose a que, el que lo siga, espere para enterrar al padre (Lc 9,59). La llamada a seguir a Jesús se impone a cualquier otra realidad y exige respuesta inmediata, pues su aceptacón no puede estar subordinada a condición alguna.

La invitación exige lucha contra las potencias del mundo, combate capaz de comprometer, pues se necesitan de todas las energias, de todo el crecimiento personal, de toda la fe, para pertenecer a Dios. Se deberá hacer voto de obediencia, o no habrá fidelidad a Dios: entonces el camino se convertiría en falsa excitación.

De la escucha de Cristo surge el actuar
"Mientras iban de camino, entraron en un pueblo": un pueblo sin identificar, Pero aquél "mientras iban de camino" sirve para entrar en contacto con el episodio del buen samaritano. En ésa parábola es subrayado el "hacer", pues se evidencia la posibilidad de que hacer depende de escuchar.

Los dos episodios testimonian que hacer y escuchar son un binomio indispensable. Antes de hacer es necesario escuchar, aprender de Él, ponernos a sus pies y escuchar, como María, mientras Marta se afana en el servicio. Por tanto, ésta último se puso delante y dijo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con el servicio?, pues díle que me ayude". Marta está ordenando a Jesús, creyendo serle grata, pues lo está haciendo todo por Él.

"Marta, Marta", le dice el Señor. Es una intervención para enmendarla, con dulzura y energía. "Marta, Marta, te preocupas y te apuras por muchas cosas": le reprocha no el servicio en sí, sino en el estar preocupada. Jesús enmienda la aprensión; no os preocupéis de lo que comeréis, de lo que beberéis ni de lo que vestiréis. Ésta es la raíz negativa: angustia, miedo, tensión, todos éstos son signos de desconfianza. Marta se apura por muchas cosas. El verdadero problema no está en el servicio, sino en el modo en el que se presta este servicio.

María ha elegido la mejor parte, que nadie le quitará. La relación con la persona de Jesús no las cosas, sino la persona. Si lo anteponemos al dar en las cosas, vanalizaremos nuestra vida, pues ésta se realiza en la relación personal. En esta valorización está nuestra riqueza.

No podemos vivir sin la oración
"Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará", ha prometido Jesús. La oración no es sólo el medio para obtener mercedes o la intervención divina. En realidad, ésto es sólo algo marginal, una consecuencia de la oración es, sin embargo: "un íntimo encuentro de amistad en el que se está a solas con Dios, del que nos sentimos amados". Así decía Santa Teresa del Niño Jesús: "para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de gratitud y de amor: tanto en la prueba como en el gozo".

Ciertamente, no es fácil orar, pues hay momentos en el que el cansancio, la desilusión o, simplemente, las distracciones del mundo, constituyen un obstáculo. Dada nuestra condición, no está en nuestro poder tener el pensamiento fijo en Dios, aunque nos esforzamos para ponernos en su presencia. Referimoa a Él todas nuestras acciones: elevémos nuestra alma a Dios con más frecuencia.

Estas exhortaciones podrán constituir un buen antídoto contra la impertérrita tentación: renunciar a la oración si no encontramos un clima óptimo de recogimiento, interno o externo, que pueda llevarnos a contínuos retrasos. Una tentación que nos llevaría, sin atajos, al suicidio espiritual si es verdad, como lo es, lo que decía San Gregorio Nacianceno: "Es necesario acordarse de Dios con más frecuencia que de respirar".

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