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En camino como los discípulos de Emaús, (Lc - cap. 24)

"Mientras discurrian y discutian juntos, Jesús en persona se puso a camina con ellos". Pero los discípulos no se acuerdan de que es Él, algo les nubla la vista y los ojos se ciegan, quizás es la desilusión, el miedo, o quizás sea el espectro dejado tras la atroz muerte de Jesús. LLevan en el rostro la rabia de quién están enfadados con la vida. Todo lo negativo de ésta está presente en sus corazones y se sienten muertos por dentro.

Jesús los deja desfogar y que los dos abran sus ánimos tristes al desconocido que camina con ellos. La muerte en cruz es elk fin de sus esperanzas: la muerte de todos sus sueños. "Nosotros esperábamos" y añaden: "Que fuese Él el que liberase a Israel", manifestando así el objeto de su esperanza: la liberación de Israel de la ocupación romana.

Jesús comienza a hablar y, con la luz de su palabra, penetra en la tiniebla de su tristeza y de su engaño. Jesús desvela un nuevo modo de mirar el sufrimiento, a la cruz y a la muerte y lo hace ayudándose de la Biblia: citando al profeta Isaias, precisamente. Ofrece una versión de la muerte como germen de vida para sí y para los demás. "Ciegos y tardíos de corazón" dice Jesús, ignorando al corazón apesadumbrado. Jesús se pone a explicarle la Biblia "Les explicó, desde la Biblia, las escrituras que se referian a Él".

Se dicen uno al otro: "¿no nos ardía el corazón mientras Jesús hablaba con nosotros, en el camino, cuando nos explicaba las escrituras?". En este punto, Emaús sólo es una etapa y no la meta de su viaje. Entonces los dos regresan en la misma noche a Jerusalén. Un viaje distinto del que hicieron durante la jornada: un viaje lleno de entusiasmo, iluminado por Jesús que se les aparece como el Que les explica las Escrituras: como el Que se sienta la mesa y parte el pan.

Los dos discípulos de Emaús experimentan cómo su vida se transforma creyendo en la Resurrección de Jesús tras su muerte. Jesús, en su persona, había superado las barreras de la muerte, de toda esclavitud y estaba allí con ellos, dentro de su casa y, sobretodo, dentro de sus corazones, naciendo en ellos una esperanza nueva. Una nueva fuerza más fuerte que todo y que es la misma fuerza de Dios.

Nuestro presente, quizás como para los dos discípulos de Emaús, está marcado por desafios ante los que nos sentimos impotentes e inútiles: nos resignamos a vivir una vida sin sentido donde muere la esperanza sin futuro. También nosotros podemos descubrir, como los discípulos de Emaús, que Dios está presente en nuestro camino y lo podemos reconocer en nuestros desiertos de muerte, de desesperación y abatimiento. Reconocer la presencia de Dios nos ofrece la seguridad de que el Señor interviene en nuestro desierto: nos salva de nuestra incredulidad.

Cuando se haga de noche y el día se vuelva crepúsculo, también nosotros sentimos el miedo de la oscuridad; cuando las tinieblas nos envuelven nos sentimos abandonados; necesitamos que jesús se quede con nosotros, sentado a la mesa de nuestra intimidad. Sentir que un Amigo camina contigo, come contigo, hace brotar nuestra esperanza hasta el punto de ser capaces de afrontar lo imposible. O sea, podemos nacer a una nueva vida y liberar nuestras fuerzas encadenadas para vencer a las de la muerte.

El camino es crecimiento y tiene por objetivo hacernos similares a Jesús: capaces de amar y de servir sin pedir a cambio lo mismo, con el fin de liberarnos de nosotros mismos. Tal vez hemos perdido el coraje de caminar tras las huellas de Jesús, porque no queremos dejar nada de las cosas del mundo que nos abaten y encadenan en los deseos de los vicios.

Ponerse en camino no significa sólo ser expertos de la palabra, sino transformar sus enseñanzas en acciones concretas y esto sólo será posible aceptando sin un "si" o un "pero" la invitación de Jesús: "Sígueme". Ante tal invitación las dudas no sirven: o se va, o se queda. El imperativo absoluto es proceder sin titubeos, a pesar de las dificultades y obstáculos que se encuentren en el camino. Lo demás son sólo palabras huecas.


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