Razones para creer

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El Dios de la fe cristiana es El que guía las almas "en el desierto" para hablarles "al corazón" (Os 2,16) y lo mismo que se ha revelado a través de Abraham, y de forma privilegiada bajo Poncio Pilato, se sigue haciendo especial en su Iglesia. El cristiano debe buscar en la historia las huellas evidentes de este paso, pues Dios las ha dejado. Dios mismo ha suscitado exigencias críticas en la mente humana, porque nos ha inculcado la necesidad de afirmar nada sin motivo y de verificar las propias intuiciones.

Cuando Jesús dice a Tomás: "Dichosos los que creen sin haber visto" (Jn 20,29), no reprocha a Tomás haber pretendido tener razones para creer, pues Él mismo, durante su ministerio, multiplicó las curaciones para acreditar su misión, pero reprocha a Tomás la petición de una mahifestación concreta. querer meter personalmente la mano en sus llagas, antes de aceptar, con confianza, el testimonio de los que le habían visto resucitado.

¿Cómo podremos estar seguros de nuestra fe, si no estuviésemos convencidos de que, bajo Poncio Pilato, nada ha sucedido y que desde hace veinte siglos, Cristo no ha manifestado su presencia a sus discípulos? Existen señales evidentes del paso de Dios por la historia de los hombres: la supervivencia del pueblo hebreo a través de la historia, la sorprendente personalidad de Jesús de Nazaret, el testimonio dado por los apóstoles tras la resurrección de su Maestro. Y aun más. la maravillosa vida de San Francisco de Asís y de los demás santos, además de las incuestionables curaciones verificadas en Lourdes y en otros lugares marianos.

La fe cristiana es, indisolublemente, una cuestión de corazón y de razón. Es algo más que una mera experiencia religiosa que nos haga sentir a Dios, por ejemplo, en el silencio de la naturaleza. Puesto que la fe es un encuentro con Cristo resucitado, no se puede sino recurrir a la historia. De Aquel que experimentamos Su presencia en la intimidad de una oración, es El mismo que nació en Belén, que murió en Jerusalén y que se ha manifestado, en repetidas ocasiones, a sus discípulosd tras su resurrección de entre los muertos.

Jesús hizo añicos la tradición farisea, porque nadie se atrevia en primera persona, y, en sus enseñanzas, no se refería a tal o cual talmudista, sino que las hacía suyas y las proponía como su pensamiento personal. Fue un escándalo para los fariseos de su tiempo, pues jesús demostraba una independencia que, ni siquiera Moisés, había sostenido tener. Él hablaba en nombre de Dios, en nombre de una alianza personal con el Eterno. Alianza personal, para un hebreo, es necesariamente contradictoria, pues la búsqueda religiosa, hasta entonces colectiva, confiada a toda la gente del pueblo hebreo, ahora desembocaba en un esfuerzo personal individual, que se identificaba en un Predicador que tomaba una iniciativa, que ningún profeta jamás había tenido.

Él hablaba en el nombre de Dios, en el nombre de una alianza personal con lo Eterno. Alianza personal, para un hebreo, eran dos palabras necesariamente contradictorias; la búsqueda religiosa, hasta entonces colectiva, confiada al conjunto del pueblo hebreo, hora desembocaba en un esfuerzo individual, se identificaba en un predicador, que tomaba una iniciativa que ningún profeta nunca había habido.

Jesús nos ha dejado una doctrina extremadamente profunda, que se comprende en imágenes y parábolas. algo completamente inaudito hasta entonces. En la historia religiosa de la humanidad, todos los fundadores de una gran corriente espiritual, han admitido que, en cierto punto de su vida, debieron convertirse: Moisés, David, Pablo, Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Ávila... Jesús constituye la única excepción. Incluso se atreve a decir: "¿Quién puede acusarme de pecado?" (Jn 8,46).

Jesús coloca el listón de la perfección muy alto y nos invita a alcanzarla, pero al mismo tiepo, repite con frecuencia, que no ha venido para los sanos y los justos, sino para los enfermos y pecadores. Demuestra una extrema independencia frente a la opinión de los demás, que jamás degenera en el desprecio o en la indiferencia, además de un vivísimo deseo de ver acogido su mensaje, con una absoluta falta de propaganda a su favor: Él rechaza, de forma categórica, que haya hecho propaganda acerca de sus milagros.

El Señor continua actuando y manifestando su presencia en su Iglesia, que ha fundado y a la que dirige de forma invisible. las curaciones milagrosas jamás han cesado, comprobándose en las comunidads cristianas y que hoy podemos asegurar según todas las exigencias de la crítica. La admirable difusión de la Iglesia a través del mundo entero, no impide su unidad. Y tras el mensaje cristiano, acogido por civilizaciones extremadamente opuestas, permanece en lo sustancial, aunque a lo largo de los siglos, los cristianos hemos ido descubriendo toda su riqueza. En todo esto hay luz suficiente para los que buscan la Verdad, y mucha mpas oscuridad para los empecinados que no quieren creer.

El pecado contra el Espíritu denunciado por Jesús, consiste exactamente, en cerrarse a la luz interior que Él nos ofrece, hata el punto de incapacitarnos para descubrir Su presencia transformante en sus obras. "Pero si Yo echo los demonios por virtud del Espíritu de Dios, es porque el reino de Dios está entre vosotros...Por eso os digo, la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada jamás". (Mt 12, 28-31).

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