He aquí la sierva

Sierva

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"He aquí la sierva" (Lc 1, 38)

El Concilio Vaticano ll se refiere a María de Nazaret como a la "Mujer nueva" animada de "ardiente caridad" (Lumen gentium n. 61).
Sombreada por el Espititu Santo (Lc 1,35), colmada por su Presencia de amor, María es la mujer del amor, el don de sí, de la generosidad, de la total disponibilidad a Dios y a los hombres. El misterio de María se encierra todo en su "fiat" al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en su sentirse "sierva", a disposición completa en el amor al designio salvífico de la Trinidad en las preocupaciones de los hombres: "Aquí estoy, soy la sierva del Señor, que se haga como tú dices" (Lc 1,38).

Por medio del Espíritu Santo, el amor de Dios está reservado plenamente a María (Rm 5,5), para hacernos la obra más bella de la creación, la obra maestra de su gracia. Para María, Dios quiere transmitir su amor a toda la humanidad.
"Dios Padre reunió una masa de todas las aguas, que llamó mar (en latín, María). Asímismo, reunió una masa de todas las gracias que llamó María. Este gran Dios posee un tesoro riquísimo, donde ha reunido todo lo bello, espléndido, raro y precioso, incluso a su propio Hijo; y este tesoro inmenso es María, a la que los santos llaman "Tesoro del Señor", de cuya plenitud están enriquecidos (San Luis Monfort. Tratado de la verdadera devoción a María, n.23)

María es "el lugar de la fecundidad sobreabundante" del amor de Dios (von Balthasar. La percepción de la forma, en Gloria. vol l, pag 311). Quién por impulso del Espíritu Santo vive en este templo de caridad, experimenta el amor que da la vida, su potencia regeneradora.
María realiza en nosotros, sus hijos, el primer y más grande mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente y al prójimo como a tí mismo" (Lc 10,27). Nos recuerda que sólo la caridad "nunca tendrá fin" (1 Cor 13,8); que todo pasará: virtudes, carismas, fe, esperanza..., sólo el amor permanecerá; que el hombre vale tanto, en cuánto ama a Dios y al prójimo, y nada más.
Dar y recibir amor es la ley fundamental de la existencia: venidos a la luz por un acto de amor, estamos marcados por el amor, no podemos menos que amar, para no contradecirnos en nuestra identidad más profunda. El amor es la estructura carrier de nuestro ser personal, en cuanto hechos a medida divina, creados a imagen y semejanza de un Dios que es amor (Jn 4,16).

Nadie puede vivir sin amor: "Dios, que ha creado al hombre por amor, también lo ha llamado al amor, vocación fundamental e innata de cada ser humano" (Catecismo de la Iglesia Católica n.1604).
María ayuda a cada persona a descubrir su dignidad en la llamada al amor y a encontrar la realización de la propia personalidad en el don sincero de sí: "La dignidad de la mujer se une íntimamente con el amor que ella recibe por motivo de su feminidad y también con el amor que, a su vez, dona. Viene así confirmada la verdad sobre la persona y sobre el amor. En cuanto a la verdad de la persona, se debe todavía recurrir al Concilio Vaticano ll: "El hombre, el cual en la tierra, es única criatura que Dios había querido por sí mismo, no puede encontrarse plenamente sino mediante el don sincero de sí". Esto mira de nuevo a cada hombre, como persona creada a imagen de Dios, sea hombre o mujer. La afirmación de la naturaleza ontológica, aquí contenida, indica también la dimensión ética de la vocación de la persona. La mujer no puede encontrarse a sí misma si no es donando amor a los demás" (Juan Pablo ll). Tenemos necesidad de ser amados.

Tenemos necesidad de amar. Solos no podemos. Para ello, se nos ha dado una madre, una amiga íntima de Dios, porque está penetrada de su Sabiduria (Sab 7,27) y una extraordinaria hermana que está cercana a nuestra situación de criaturas. María es un don puesto por Dios sobre nuestro camino, maestra de caridad a nuestra entera disposición, modelo de vida a la que referirnos constantemente. "Por su plena adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo y a cada petición del Espíritu Santo, la Virgen es el modelo... de la caridad para la Iglesia" (Catecismo de la Iglesia Católica).

Ella "Madre del bello amor" (Sir 24,24. Vulgata) nos enseña el difídil arte del amor, nos explica "cómo" realizarlo María es, para nuestra suerte, no un modelo inmóvil, que se retira y basta, como los modelos humanos. Ella misma nos ayuda a imitarla; hace de guia alpina que, superando un obstáculo, nos espera para superarlo a su vez, y si vé que no somos capaces, vuelve atrás a cogernos de la mano para ayudarnos. La Virgen nos socorre, sobre todo, en el paso decisivo de la vida que consiste en salir del amor de sí para entrar en el amor de Dios y al prójimo.
La identidad verdadera de María se encuentra en la total disponibilidad hacia Dios (Lc 1,38) y, al mismo tiempo hacia el hombre (Lc 1,39-56). El ardiente amor por Dios que le urge dentro, la empuja a donarse libremente a los hijos y hermanos que le han sido confiados y a estar presentes en sus vidas, íntima a su condición, cercana a sus luchas y fatigas. Como está presente en toda vicisitud terrena de su Hijo, así está ahora cerca de la Iglesia de Cristo durante su peregrinaje terreno y en cada discípilo que vale la sangre del propio maestro.

La Santa Virgen dió a la luz, el Cristo "en el punto donde seseparan todos los caminos entre el Viejo y el Nuevo pacto" (von Balthasar), lo introdujo en la familia humana (Lc 1,28-38), lo donó al mundo (Lc 2,7.16/Mt 2,11), lo acompañó durante su vida hasta los 30 años (lc 2,39-40.51-52), lo trajo al ministerio sugiriéndole el gesto de Canaán (Jn 2,1-11).

Durante los 3 años de separación, su comunión espiritual con el Hijo se ahondó ulteriormente. Lo encontró en la hora de la cruz, de la pasión y muerte en el Calvario "donde está, no sin un designio divino, amorosamente consciente a la inmolación de la víctima por ella engendrada" (Concilio Vaticano ll. Lumen gentium n.58). El amor que la animaba, le permite estar al lado de su Hijo en la hora suprema y la sostiene en el inmenso dolor que laceraba su corazón.
No hay amor sin dolor. El amor verdadero se prueba en la criba del sufrimiento. María es grande, en el amor, porque ha sabido ofrecerse en el dolor.

"Habiendo sabido que Jesús estaba muerto, Pilato permite que se lleve su cuerpo, José de Arimatea, autorizado miembro del Sanedrín, "que esperaba, también él, ver el reino de Dios" (Mc 15,43). José, "comprando un sudario, bajó a Jesús de la cruz y lo envolvió en el sudario" (Mc 15,46). Estaba presente, también, María, la madre de Jesús.
Muchos años antes, el viejo Simeón, cogiendo en brazos a su hijo, le había dicho: "Una espada atravesará tu alma" (Lc 2,35). Y ahora, recibiendo entre sus brazos, el cuerpo exánime de Jesús, María constataba que la profecia era cierta.

Con ella, llevaba abrazado, con su amor, al Hijo de Dios, abrazaba ahora con su dolor a toda la humanidad. Con ella, cuyo corazón habá estado puro, digna morada del Salvador del mundo, estaba llamada a llevar, en su corazón, todos los sufrimientos humanos y ser así nuestra madre.
La unión íntima entre el amor y el dolor, que se formó mientras ella tenía entre los brazos a su divino hijo, continúa todavía hoy, en todos aquellos que eligen vivir cerca del corazón de Dios. Amar verdaderamente, significa estar dispuestos a abrazar el dolor. Amar a Dios con todo el corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, significa exponer al propio corazón al dolor más grande que un ser humano pueda conocer.

"Cada vez que evitamos el dolor, somos incapaces de amar. Cada vez que escogemos el amor, debemos verter muchas lágrimas. Cuando se hizo silencio en torno a la cruz y todo fué cumplido, el dolor de María se extendió hasta los confines de la tierra. Pero todos aquellos que prueban el mismo dolor, en su corazón, saben que es inseparable del amor de Dios y lo valoran caro, como el misterio nacido de la vida" (H. Nouwen).
Después del momento de la prueba, María preparó y acompañó, con la oración, el nacimiento de la Iglesia( Hech 1,14); finalmente encontró a su Hijo en la gloria de la Ansunción.
Su "presencia" de amor en el misterio de Cristo, se hace ahora concreta cercanía en los discípulos del Hijo para todas las generaciones cristianas (Jn 19,26-27). No es cierto asimilable a la omnipresencia divina; sino una presencia de gracia atenta, vigilante y premurosa en nuestros cuidados, que manan de la conciencia de su vínculo con nosotros en Cristo, y en la Comunión de los santos. Se trata de una presencia permanente, universal, femenina, materna, llena de caridad, íntegralmente referida a Dios y, por esto, universalmente humana, según la vocación que Cristo le confirió desde la cruz, diciéndole: "Mujer, aquí está tu hijo" (Jn 19,26).

María de Nazaret, presencia que transmite amor; presencia que forma al amor, educa en la divina caridad, en la alegría divinamente del perdón, el juego de Dios. "El más bello juego es imitar a Dios, su Providencia, su Amor: imitando a María Santísima, aquel estilo que se siente crecer y agigantar. ¿Nunca habéis probado a gustar la suavidad virginal de un acto de caridad, sin advertir a nadie, enterrado en el silencio? ¿Y no habíamos sentido extremecerse nuestro interior después de un gesto de bondad un regalo, un favor, un servicio perdonando a quién nos había pisado los pies o pegado en la cara?
¿Quién no ha rezado por sus enemigos - un compañero de trabajo, de oficina, una cuñada, suegra o nuera, hijo... o cónyuge - sintiendo fuerte la presencia fuerte de Dios, hecho experto de un estilo trascendente y divino?

¿Y el dar con generosidad, otra de sus exigencias convenientes? ¿Y el prestar sin esperar respuesta, sufrir las ofensas, el agradecer a quién te ha puesto buena cara por nuestra caridad o nos ha dejado hacerla? Y caridad divertida;es el juego habitual de Dios. Te deja una caricia en el corazón.

***

"Saca este astro al sol que ilunina al mundo: ¿dónde va el dia? Saca María, esta estrella del mar (stella maris), sí, del mar más grande e inmenso; ¿qué queda sino una vasta calina, la sombra de muerte y espesas tinieblas?" (San Bernardo) María de Nazaret es la luz porque lleva la Luz, la verdadera (Jn 1,9).
Dejémonos iluminar por Él, arriesgar, guiar. María es la belleza incontaminada que lleva la Gracia (Jn 1,16.17).
Permitámosle plasmarnos en criaturas nuevas. María es el amor que nos dona plenitud y alegría de vida. Es el "mejor camino de todos" (1 Cor 12,31) para ir a Cristo, para ser auténticamente suyos. No nos queda sino llamarla con profunda gratitud a Dios.
"Éste es el camino, recórrelo" (Is 30,21), nos susurra el Espíritu.

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