El Espíritu de fe

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Cuántas veces hemos leído u oído que es necesario, hoy más que nunca, vivir de fe, de una fe luminosa, inteligente y activa: no de una fe ordinaria. El primer paso para el camino de la fe es precisamente el espíritu de fe.
El espíritu de fe nos conduce directamente a Dios y nos convence de la necesidad de vivir una vida en unión con Él. Jesús ha dicho, precisamente, que es necesario conocer a Dios por medio de este espíritu de fe: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo lo quiera revelar".

Es necesaria esta gran fe para entrar en el Corazón de Jesús, en la intimidad de este corazón para encontrar, no a un jesús empequeñecido, sino a Jesús en plenitud de amor, en la magnificencia de su amor. Se necesita interiorizar aun más adentro de lo que lo hizo la lanza de Longinos, para comprender esta luz desconocida.

Lo acepte el mundo, o no: Dios es el maestro y el jefe. Nuestra obligación es seguirle. servir a Dios es reinar... Pero servir a Dios es más que reinar.

¿Qué quiere decir reinar?: Gobernar a las criaturas quiere decir hacer obras que nos dejan con todas nuestras miserias. Sin embargo, servir al Señor es ser dueños de su Corazón, es poseerlo con la fe. Se recibe esta graciaen la medida en que se progresa en el espíritu de fe, en el deseo de ver a Dios y no sólo de verle. Quien está iluminado por esta luz no tiene necesidad de nada más, pues llega un momento en que descansa en Dios, casi viéndolo. y entonces lo demás, sufrimientos, inmolaciones o persecuciones no son sino minucias. Pero, ¿cómo y dónde Jesús nos enseña a conocer a Dios?. En la vida íntima con Él. En la oración: he aquí porqué almas poco instruidas, según el mundo, saben más de este tema que los sabios.
(P. Mateo Crawlej en su libro "Incontro al Re di amore).

La cita es algo larga, pero la he escrito adrede, por la competencia del piadoso autor y la cristalina transparencia de sus afirmaciones. Vivir de espíritu de fe es vivir viendo a Dios en todo, tanto en lo agradable como en lo que no lo es tanto.

Ver a Dios en todo, es vivir guiados por Dios, iluminados por su luz, consolados por su amor, atraidos por su fuerza, sostenidos y revigorizados por los sufrimientos que Él padeció por nosotros, deseosos sólo de ver, reconocer, amar y estar siempre unidos a Jesús amor.

Tener espíritu de fe, significa:
  1. Meditar con frecuencia las verdades de fe y volver, a menudo, con gusto,a la meditación de tales verdades.

  2. Juzgar todos los acontecimientos conforme a la fe, y, en lugar de detenerse en las causas segundas, ver en ellas la causa primera que es Dios, el cual, las dirige todas para su gloria, para nuestra salud, haciéndolas que sirvan para purificar a unos y santificar a otros.

  3. No desear mas que lo que la fe enseña, ser buenos para que puedan conducirnos a nuestro fin, que es la vida eterna

  4. No temer mas que lo que la fe nos haga tener como peligrosos, pues tales cosas pueden alejarnos de nuestro último fin. Ejemplo: todo cuanto nos exponga a lta tentación.

  5. Hablar conforme el lenguaje de Jesús en el santo Evangelio, reprochando lo que Él censura y aprobando lo que Él aprueba.

  6. obrar y actuar conforme a las enseñanzas de la fe, por motivos que ella nos aprovecha y santificar las acciones que sean en sí mismas indiferentes y materiales, como el alimento y la recreación: ofreciéndolas a Dios.
Todo esto en el intento de quitar de nuestra vida todas las superficialidades y ligerezas.

En breve la fe nos guía a no vivir para nosotros las vanas apariencias. Sólo Jesús siempre, que es la única realidad. Hay muchas dificultades incluso, ¿y qué?. Existen tres clases de verdades de fe. Algunas verdades son gratas a nuestro espíritu, no sólo porque Dios nos lo ha revelado a la Santa Iglesia para creerlas, sino también para que encuentren nuestros gustos y los podamos fácilmente penetrar, entender sencillamente y para que estén conformes a nuestras inclinaciones. En general, son verdades consoladoras y de un modo especial la seguridad de la misericordia divina y el premio del Paraíso.

Sin embargo, no todas son consoladoras. Algunas incluso son terroríficas. El ejemplo es un infierno eterno para castigo de los pecvadores obstinados y es una verdad amarga y dolorosa en la que no queremos creer, pero que la creemos sólo por la fuerza de la palabra de Dios. El Espíritu de fe nos debe persuadir a creer siempre en las verdades reveladas independientemente de nuestros gustos. Creemos en las verdades amables y en las terribles por la autoridad de la palabra de Dios: esta es la fe verdadera, Yo espíritu de la fe.

Otras verdades de fe son fácilmente comprensibles y apreciables, por nuestra imaginación e inteligencia; y hay otras totalmente opuestas y de ningún modo aferrables. Entre las primeras nosotros entendemos perfectamente que Jesús nació en Belén, que se vió obligado a huir a Egipto y que fue crucificado. Entre las segundas, no entendemos la verdad de la Santísima Trinidad ni la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Estas últimas verdades son tan reales como las primeras, pero nuestro entendimiento no las puede concebir, porque no podemos imaginar de modo alguno que tales verdades existan; pero nuestra mente las cree firme y sencillamente, en la única seguridad que les otorga la palabra de Dios: éste es el espíritu de fe que los santos han vivido y enseñado aun entre la esterilidad espiritual y la aridez del alma.

Y finalmente, se puede tener y conservar el espíritu de fe viviendo la verdad en la verdad (no la mentira en la mentira). Se vive la verdad y en la verdad viviendo la gracia, y en la gracia divina seguir los impulsos.

Vive en la mentira quien vive en la naturaleza según las obras de la naturaleza. Nuestra imaginación, nuestros sentidos, nuestro sentimiento, nuestro gusto, nuestros consuelos, nuestros discursos pueden ser engañados y engañadores. Vivir según estas cosas es vivir de mentira o, al menos, en un peligro continuo de mentira: pero vivir en la verdad es vivir en el espíritu de fe.

Preguntémonos: ¿Porqué la fe es poca, débil y/o insuficiente?. Porque se ora poco o mal. Alimento de la fe es la plegaria humilde, confiada y perseverante.

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