Te saludo, llena de gracia

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"Te saludo, llena de gracia" (Lc 1,28)

11 Febrero 1858: cerca de Massabielle, un barranco rocoso de la periferia de Lourdes, a lo largo del rio Gave, Bernardette Soubirous, humilde muchacha de 14 años, vislumbra a una "hermosa Señora": "Ví entorno a la gruta que las ramas de un capullo se agitaban fuertemente como un fuerte viento, cuando en todo alrededor reinaba la quietud. A la vez, del interior de la cavidad rocosa, salio una nube de oro luminosa y una blanca Señora, joven y bella como nunca ví igual, vino a colocarse sobre la apertura encima del capullo. Me miró. Me saludó con una ligera inclinación... Me sonreía con mucha gracia y me invitó a acercarme. Yo continuaba asustada de distinto modo al acostumbrado, tanto que me hubiese quedado allí para admirarla. Mientras rezaba, la observé lo mejor que pude. Tenía el aspecto de una jovencita de 16-17 años. El hábito blanco hasta los pies. Un velo blanco le cubría la cabeza dejando aparecer pocos cabellos que recaían tras la espalda, a lo largo de los brazos hasta la extremidad del vestido... La Señora, circundada de luz, acabó el Rosario y me saludó sonriendo.

La encontrará, por ventura, 18 veces en aque año. La acogerá a los 35 años, con la nostalgia de volver a ver su inolvidable rostro. El 25 de Marzo, la Señora "más hermosa que nunca", desvelará en dialecto local, su nombre, a la vidente casi analfabeta: "Yo soy la Inmaculada Concepción".
María es la "mujer vestida de sol" (Ap 12.1) refulgente de belleza, la excelsa hija de Sión, el arca de la alianza penetrada por Dios mismo, la "llena de gracia" (Lc 1,28), carta estupenda escita por el dedo de Dios viviente y remitida a los hombres (2 Cor 3,2-3).
"La carta viviente de Dios, que es María, con una palabra tan vasta que encierra en sí, como una semilla, toda la vida en ella. Es la palabra gracia. Entrando a ella, el ángel le dijo: "Alégrate, llena de gracia", y de nuevo: "No temas, María, porque has hallado gracia" (Lc 1,28-30).

El ángel, al saludarla, no llama a María por su nombre, sino símplemente "llena de gracia" (Kecharitomene); no dice, "Alégrate María", sino que dice "Alégrate llena de gracia".
En la gracia está la identidad más profunda de María. María es la que es "querida" por Dios ("querido", como caridad, derivan de la misma raiz que "charis", que significa gracia)... María es la proclamación viviente, concreta, que, desde el inicio de todo, en los informes entre Dios y la criatura, es la gracia. La gracia es el terreno y el lugar y el lugar en el que la criatura puede encontrar a su Creador" (R.Cantalamessa). La Iglesia llama a la Virgen (tota pulchra) con las palabras del Cantar de los Cantares "Qué bella eres, amiga mia, qué bella eres..
Eres todo belleza,amiga mia,
en tí, ninguna mancha" (Cant 4,1.7.).

María está llena del favor divino, de la presencia de Dios, el Señor está con ella más que en otra criatura (Lc 1,28). Dios no le ha dado sólo su favor sino todo sí mismo en el verdadero Hijo.
Ella resplandece de aquella belleza que llamamos santidad. Por la gracia divina, incontaminada, que la colma, la santa Virgen se pone por encima de todas las creatura angélicas y terrenas. Por la Iglesia latina es invocada con el título de "Inmaculada", desde aquella ortodoxa de "Toda Santa" (Panaghia), por expresar en ella la esencia de todo pecado, también el original, y en positivo subrayar en su persona, la presencia de todas las virtudesen un espléndor extraordinario.
Preservada de toda mancha de pecado,queda en eterno espejo terso de la belleza de Dios. María es "más joven que el pecado, más joven que la raza de la que ha salido" (G.Bernanos. Diario de un cura rural). Por esto, la suya es una belleza perenne, extraordinaria, desconocida del mundo, absolutamente nueva.

Con su presencia de gracia, se pone como imagen de novedad, punto de referencia y, a la vez, signo de contradicción para estos tiempos confusos, locamente asediados de belleza y tan extrañamente contrasignados por las vueltas negativas del pecado. Nuestra época quiere belleza, la persigue desatinadamente de todas las formas y... con razón. El hombre está hecho por Dios para la belleza; se trata de una exigencia radicada en su naturaleza. ¿Pero cuál belleza? ¿Belleza superficial, aparente, o belleza profunda? "En nuestros dias el cuidado del cuerpo no existe en vista a una fruicción estética, como en la antigua Grecia, o de un placer reservado a unos pocos, como en la antigua Roma.E stá llamado a ser un fenómeno de masas.

Qué no se hace hoy por el bienestar corporal. Se puede hablar hasta de una obsesión por el culto al cuerpo. Camino por las calles y me siento observado por grandes manifiestos de publicidad que me prometen "bienestar"; en las farmacias, productos para mejorar el tono, el rendimiento, para devolver la juventud; en las editoriales, revistas especialidas en salud, buena forma, linea deportiva. En continuo aumento salen a la palestra, centros de belleza, "oasis" para el relax y la meditación profunda; en los negocios deportivos, accesorios para estar en forma, todos últimisimos modelos, costosos complementos para los más diversos ejercicios gimnásticos. Porque todo te conviene"(Cardenal Martini).

Y, como paradoja, nunca como en nuestra época se ha exaltado hasta el paroxismo, la corporeidad, hasta una degradación tan humillante para el propio cuerpo.
"Cuánta multitud de contemporáneos se preocupan obsesivamente por su salud,acabando por despreciar la dignidad y el valor del cuerpo;consumiendo calmantes y drogas,en cantidades industriales. La alternativa es sólo una:o se somete al cuerpo al colapso de la glotonería, o se le considera enemigo al momento del dolor.La relación del hombre con su cuerpo, camina hacia la deshumanización, y el afán planificador de nuestra época parece dar la razón a Paul Valery:"Se diría que la inteligencia sea la facultad del alma menos capaz de comprender al cuerpo" (G.Torello.En los muros de Jericó).

Si miramos in poco alrededor, descubrimos como la salud y la búsqueda de la bella figura, tienen, ciertamente, las proporciones de un culto con sus típicas devociones, ascetismos y sacrificios. Se hace lo que sea por tener un cuerpo sano y envidiable. Por aparentar se gastan el sueldo, se pierde el tiempo, se hace enorme derroche de fantasía. Por un fragmento de belleza, se corren todo tipo de riesgosy, a veces, se devalúan valores "en televisión, diarios, cine... las personas son siempre jóvenes, 20-30 años, esbeltos y bellos. Nadie es viejo, como si hubiesen desaparecido de la circulación. El mensaje, en suma, es que todos deben ser estéticamente perfectos, sin interesarse por los demás. Todos bellos, todos felices... y, en su lugar, se encuentran gran infelicidad, porque nadie puede permitírselo. Los jóvenes están obsesinados por modelos impuestos, y quedan siempres insatisfechos porque no logran alcanzarlo, incluso renunciando al alimento.
La verdad es que la actual cultura del cuerpo se preocupa de persuadirnos de que nuestro físico es inaceptable. El cuerpo, para estar presentable, debe estar limpio. Perfumado, colorido, vestido a la moda sin excepción alguna. El objetivo, naturalmente, es crear demanda para ciertos productos, un fin que viene perseguido no sólo por la publicidad, sino también por el cine, la tv y otros medios. El problema está en que esta estrategia, empuja a todos a odiarse a sí mismos, a refutar la propia realidad, y seguir modelos inexistentes e irrazonables porque quién los propone continuará para cambiarlos a ritmo constante, de modo que continue alimentando la frustación y la demanda de nuevos productos.

Todo esto lleva al empobrecibiento general. El alma está totalmente ignorada, borrada por la tiranía de la imagen. La cosa más singular es que este teórico triunfo del cuerpo no es el de la realidad, porque las imágenes en que nos inspiramos son artificiales. La ilusión de estos cuerpos creados en los estudios fotográficos y sus ordenadores, y la ilusión de aparentar son más importantes que el ser.
La imagen y la enfermedad de este siglo, ha permitido la afirmación de una cultura superficial basada en las apariencias, en el que el cuerpo, desnudo de valores artísticos pero virtualizado, es una componente esencial. Para salir debemos esperar la llegada de una nueva época" (C. Fiore, Ética para jóvenes).

Desesperadamente se busca la "imagen", y cuando se descubre la incapacidad de conseguirla se cae en la desilusión; la frustración que se genera dentro lacera el alma, echándola a la fosa de la insatisfacción. Como si todo empezara y acabara con el cuerpo, como si no fuésemos más que cuerpo. Sirácida puntualiza justamente: "Salud y vigor valen más que el oro, un cuerpo robusto más que una inmensa fortuna. No hay mayor riqueza que la salud del cuerpo y no hay nada mejor que la alegría del corazón"(Sir 30,15-16).

La salud es importante, como el cuidado del cuerpo y la belleza física; pero sin descuidar las exigencias profundas del corazón.
Como nunca, ¿el hombre está tan ávido de aparentar belleza estética, que se siente feo en su interior, sucio, lejano se sí mismo, incapaz de aceptarse, privado de alegría?.

Hemos perdido de vista lo esencial;hemos descuidado la dimensión más profunda de la belleza, nos hemos descubierto arcilla entre las manos.
Con los ciegos de Jericó, gritamos:
"Señor, que nuestros ojos se abran"(Mt 20,33).
Basta de malentendidos, contrasentidos e ilusiones
Se puede descubrir la dimensión de la belleza más allá de la vista de los ojos, que no podemos encontrar con los instrumentos de visión de máxima sofisticación, sino que podemos sentir palpitar en nuestro corazón; una belleza interior, allá donde Dios está presente en nosotros, de la que María de Nazaret es encarnación perfecta; una belleza que no desilusiona porque proviene de otra dimensión, no es "sólo carne", es "más que carne".

Los Padres de la Iglesia han aplicado a María, y con ella a la Iglesia, desde los orígenes, el versículo del Salmo que, en su texto decía; "Toda la belleza de la hija del rey viene del interior (ab intus) (Sal 45,14).

Belleza verdadera, incomparable, profunda aquella de la gracia, que proviene del exterior y se irradia sobre el mundo para elevarlo, purificarlo y renovarlo.
B. Pascal ha formulado el principio de las tres órdenes o grandezas que existen en la creación; la de los cuerpos, como son riqueza, belleza y vigor físico y la grandeza superior de la inteligencia, hay una diferencia infinita. Pero una diferencia "infinitamente más infinita" existe entre el orden de la inteligencia y el de la gracia (Pensamientos).
La grandeza de la gracia se eleva se eleva sobre cualquier otra, como el cielo dista de la tierra. Despreciar la gracia o infravalorarla, significa condenarse a la incompetencia, quedar a menor nivel de la humanidad, sin sospechar siquiera, que exista otro infinitamente superior.

Por esta grandeza incomparable, después de Jesucristo, la Virgen sobresale por encima de todas las criaturas y está para todos los creyentes que la acogen en su intimidad (Jn 19,27) "Prenda de segura esperanza", María es la mujer de la belleza, porque es la llena de gracia, la criatura que se ha dejado transformar por la gracia, hasta brillar completamente, hasta el punto de visibilizar completamente el don recibido.
La Virgen de Nazaret, introducida más que otra criatura en el misterio de Cristo, pertenece a esta dimensión de la belleza, la dimensión de la gracia, de la vida de Dios revelada en nuestros corazones.

Ella, llena de Dios, inmaculada, colmada de belleza e inocencia, educa la conciencia de sus hijos en la finura, la delicadeza y verdadera pureza ya que el cielo no se refleja en aguas turbias ni en pantanos; y todos somos, desgraciadamente, expertos en la sordera y la obtusidad que dominan despiadadamente con los que bajan, frecuentemente, voluntarios a pactos con el pecado más o menos venial.
Para nosotros María es deseo, espera, nostalgia de la belleza de Dios. Ella, "más cándida que la nieve", ciertamente creará, en los que aman, un vivísimo sentido de Dios y un sincero horror hacia cualquier forma de pecado,
"Señor, yo vendré a tí y tú vendrás a mí en tu belleza,,
en ella yo veré en tí y tú vendrás a mí.
Harás que yo me parezca a tí y tú, en tu belleza, parecerás yo, que mi belleza sea la tuya y la tuya mia.
Y yo seré tú y tú serás yo, en tu belleza.
Porque tu misma belleza será la mia
y, entonces, nos veremos, uno al otro, en tu belleza"
(San Juan de la Cruz. Cántico Espiritual).

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