Tristeza religiosa

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Quizás es, justo aquí en la relación y en el destino con Dio, la razón de la "Tristeza religiosa", que está tan íntimamente conectada con el hombre, que le hace sentir, a veces, que está en el exilio en la tierra: como en un país extranjero. Ella es el precio de lo divino para el hombre, un precio tanto más sufrico cuanto más se es consciente. Los Santos que han tenido el sentido de Dios más que los demás, la nostalgia de la patria lejana les ha sido atormentador. De ella se podría decir que es desdicha suprema no haberla experimentado. Los médicos y psiquiatras podrán decir muchas cosas, tambien verdaderas, sobre la naturaleza de la melancolía y de la inquietud del alma humana; pero su experiencia es demasiado profunda y dolorosa para dejarla exclusivamente en sus manos.

Es cierto, algunas veces puede ser la expresión o la manifestación interior de un determinado temperamento, pero cuando se manifiesta a través de toda la existencia de una persona sana y comprometida, que vive a la luz de la fe y en esta luz realizan las tareas propias de la tierra, entonces necesita decir que la melancolía y la inquietud pertenecen a otro orden, es decir: tienen su raíz en el espíritu.

La tristeza, cuando es religiosa, tiene origen en la limitación, en la precariedad y la temporalidad de las cosas; es la tristeza de quien busca incesantemente algo, empujado siempre hacia algo más, e invariablemente regresa siempre con las manos vacias.

A veces, por cansancio o desconfianza, nos permitimos desilusionarnos dejando que nuestro espíritu se acomode o se agarre a las cosas en una esperanza titubeante, de encontrar cuanto en el padsado no nos ha sido posible obtener...quien sabe si esta vez podamos ser más afortunados, nos decimos. Pero tambien esta vez la desilusión no tarda. No hay nada de infinito en la tierra, nada y todo: y lo que tiene un límite es defectuoso.

Estamos en camino hacia una meta muy concrteta: podemos intentar alargar el camino y retrasar la llegada a la última estación, permitiéndonos detenernos en las cosas, pero por cuantas detenciones nos permitamos hacer, sabemos que la última será inexorable con la nada: un encuentro, por lo demás, que ya habíamos previsto y presentido en cuanto que ya teníamos buena experiencia en tal preocupación. capaz, por eso, de hacernos radicalmente incapaces de ser felices.

La tristeza entonces se extiende, propaga; es como un sentimiento de gran vacio, como si no fuese nada, nada en la tierra por lo que valiese la pena existir. Este gran mundo es todavía más pequeño para el corazón del hombre.

Y entonces es verdad que la tristeza puede desembocar en una estéril amargura contra la vida, en actitudes que saben de renuncia a las obligaciones que ella impone: pero puede tambien abrir el ánimo a un ahondamiento del problema del destino y una toma de conciencia del propio destino eterno; la tristeza no siempre es señal de cansancio o de temor de deberse todavía enfrentar con la realidad que hasta ahora nos ha crucificado: pero el descubrimiento de estar hechos para lo que, sencillamente, es perfecto e infinito.

Los Santos sobretodo han experimentado esta nostalgia que ennoblece y consuma esta vida, frontera entre el tiempo y la eternidad, entre el cielo y la tierra: la tienen tomada en sí y la tienen experimentada en todo su sufrimiento. Están viviendo en la fontera justo entre dos patrias: fieles a la tierra pero orientados hacia Dios, radicados en la realidad del mundo, aunque libres de sus seducciones. han amdo la vida porque es sagrada como todo lo que es don y deber, y al mismo tiempo han suspirado la muerte como cumplimiento de su existencia espiritual y encuentro con el Altísimo: "Muero porque no muero" Santa Teresa de Jesús.

Como ya sus Padres: "Ellos ven y saludan desde lejos la Promesa, reconociendo ser extranjeros y peregrinos en esta tierra, y en busca de una patria". "Ellos tienen algo del mundo, pero del modo que ninguna les ate al mundo: poseen las realidades terrestres, pero no son poseidos: dominan como soberanos los bienes que tienen, pero su espíritu no es vencido por el amor a ellos".

A ellos no les ha bastado reconocer a Dios en la fe, ni siquiera asumirlo como norma suprema de perfección; toman en serio las realidades en las cuales creían, se reunieron con Dios, han sido fascinados y hechos de Él su verdadera y suprema realidad, su bien sumo e ilimitado, hasta ser indiferentes a las riquezas de la tierra y a creer una ganancia el morir. "Para mí vivir es Cristo y morir una ganancia" (Pablo).

El hombre redimido, incorporado a Jesús , se ha convertido en Jesús, en hijo de Dios, y sabe que tal filiación se cumple en el encuentro con el Padre; la muerte forma parte de la vida. Tambien para él la agonía y la muerte son dramáticas, pero la promesa de la vida eternales reviste de una esperanza que eleva al alma por encima del miedo. Si en los santos la voz de la tierra tiene tonalidades distintas que en nosostros hasta debilitarse y callar, es porque caminan a otra llamada. "El alma que ama considera como amiga y esposa a la muerte... y desea el día, la hora en que deberá llegar la muerte más que cuantos reyes de la tierra desean sys reinos y principados" (San Juan de la Cruz).


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