Lectio Divina

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«La fe viene de la escucha y la escucha viene de la Palabra de Cristo» (Rm 10,17). Si Dios es invisible, el hombre puede oir la palabra, y la revelación de Dios viene viene mediante eventos y palabras íntimamente conexos. La fe nace de la escucha, en cuanto la escucha es el inicio de un camino cotidiano, en el cual se interioriza la Palabra. La Palabra tiene su carga intrínseca, es salvadora y salva y es capaz de volver a sanar al hombre. La Palabra es como la semilla; produce frutos diferentes según la calidad del terreno en el que cae. Pues, la escucha, llega a ser importante por acogerla, asimilarla, interiorizarla, de modo que llegue a ser la regla inspiradora y es éste el modo a través del cual Jesús crece dentro de nosotros.

El punto de partida es la lectura y la Biblia es palabra inspirada, no sólo porque fué escrita en el pasado, bajo la acción del Espiritu Santo, sino también porque en el presente se revela como el libro que es capaz de comunicar, revelar la verdad escondida; encendiéndola se enciende la vida.

La lectio divina consiste en la lectura reflexiva, culta y personal de la Sagrada Escritura con un espiritu de oración y de fe, con la cual se quiere asimilar la Palabra de Dios. Es una lectura hecha en primera persona, que arrastra al corazón al encuentro con el Señor y no puede ser una lectura distraida, sino atenta; hecha al interpretar fielmente el contenido y no con una interpretación cómodamente adaptada a nuestros gustos. El intento de la interpretación verdadera es descubrir el contenido único espiritual, por acoger el alimento de la vida del alma.

La lectio divina es vista también como un itinerario de formación cristiana y existencial, en cuanto se entra en la profundidad del Señor, que inevitablemente lleva a la implicación existencial de parte de los que se acercan a la Palabra viva. En la lectio divina se trata, en síntesis, de establecer una relación personal con la Palabra de Dios, a través de la oración, con el Espiritu del Señor; se abre al verdadero significado de la Escritura.
La Sagrada Escritura debe ser receptiva,como una carta de Dios al hombre, en la cual se realiza el diálogo entre creador y criatura, para discernir el recorrido.
La lectio divina constituye un camino hacia una fuerte experiencia de fe, de escucha y de conversión, en el costante dinamismo hacía la contemplación para poder darse cuenta de las iluminaciones de la Palabra que te transtorna a ti mismo, a tu vida, a la sociedad y a tu salvación.

La Palabra fuente de vida

La Palabra, de hecho, contiene en sí un tesoro y porque no debe leer, como se lee un periódico, sino con el corazón. La Palabra de Dios es el amor y la única pista es el amor, porque sólo el amor es capaz de arrancar el velo, y ofrece la comprensión de las Escrituras. La Sagradas Escrituras tienen una profundidad que supera infinitamente la inteligencia humana, su esencia es Dios que habla desde el fondo de nosotros y nos enseña a descubrir los maravillosos regalos que nos dió.
Si en la escucha, o lectura de la Palabra de Dios, nos toca como flujo de agua, se escurre sin germinar, significa que hay mucha ignorancia en nosotros para ser llenados. Por lo tanto, deben ser educados para escuchar, crear un silencio interior para escuchar la voz de Dios, mediante la voz de la conciencia y la inteligencia. Su voz puede ser tan poderosa como el rugido del trueno, pero no puede conseguir nada a toda prisa, en la superficie, distraido, y es fructifera en los pobres y está disponible para la iluminación y comprender cada pequeño movimiento del corazón. Sí, en el silencio de la luz llega a entender un fragmento, disipar las dudas, despertar la mente, estimular el sentido crítico que nos permite examinar, a la luz de Dios, guiar nuestros pasos para entrar en comunión con Él a través de la fe y el amor.
El hecho es que tenemos que liberarnos de la falsa humildad para hacer frente a los talentos y a las cosas que Dios nos ha dado, para activar la gratitud que pasa por el don de sí, el amor de Dios y de inflamar la inteligencia que se convierte en una tortura cuando no está iluminada por el amor, porque sigue siendo un fin en sí mismo y no puede ofrecer nada al alma; ni siquiera puede encontrar una ruta segura para la corriente de la existencia humana.
Esta es la razón por la cual necesita las dos manos la Palabra de Dios; es la fuente de la sabiduría y de la vida eterna,es una fuente eterna y ningún hombre puede agotarla.
Entre otras cosas, es esencial reconocer hasta el fondo nuestra indignidad ante Dios para recibir su perdón a través de su palabra. Ésta es capaz de purificar todas las miserias y, si es reflexivo, se puede plasmar, porque el evangelio madura a las personas.
Si la pabra no deja nada en mi corazón significa que todavía tiene que madurar y necesito seriamente el arrepentimiento. Por lo tanto, debo confiar en el Espiritu Snto para derramar su fuego ardiente en mi voluntad y la dirija a encontrar el amor. El amor de Dios no tiene patrones y se cierne sobre la racionalidad y eso es lo que deseamos en nuestro corazón. Él desea gritar a Dios para pedirle con fuerza, con humildad, la verdadera capacidad de amar. Esta es su meta, pero es un objetivo tan alto como para causar vértigo, más allá de los cielos, hasta presentarse al corazón ardiente de Dios, desde donde fluye toda fuente de vida.
Tomado del libro - En el Rayo de Dios -

Cuando oras eres tú el que hablas con Dios,pero cuando lees es Dios el que te habla. Pregunta con insistencia a Dios para iluminar los ojos de tu inteligencia, tu alma, para ser capaz de sentir Su fuerza interior, oculta en las palabras del Señor. Luego, pedir el don de escuchar con renovado oido interno y cantas Su gloria en el idioma del Espiritu Santo, puede ser que la palabra leída germine en tí a través de la fe y, a continuación la palabra fluya como fuente de agua viva y sale como un canto de oración. Esta palabra, al fin, nutre la oración misma y comunica su fuerza activa y se mete en la riqueza de la dinámica de Cristo resucitado y al final ya no es la voz o una imagen, sino un latido del corazón ardiente y un secuestro del alma.

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