Prodigios de San Pio

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La señora Cleonice hija espiritual de Padre Pio, contaba: "Durante la última guerra mi sobrino fue hecho prisionero. Durante un año no tuvimos noticias. Todos lo creíamos muertes. Los padres enloquecían de dolor. Un día, la madre es echó a los pies de Padre Pio, que estaba en el confesionario: "Dígame si mi hijo está vivo". No me descuelgo de sus pies si no me lo dice". Padre Pio se conmovió y con lágrimas que le resvalaban por el rostro, dijo: "Levántate y vete tranquila". Algunos dias después, mi corazón, no pudiendo soportar el llanto, decidí ir a padir a Padre Pio un milagro; llena de fe, le dije: "Padre, le escribo una carta a mi sobrino Giovannino, con sólo el nombre, no sabiendo a dónde dirigitla, Vd. y su Santo Ángel Custodio, llevénsela a donde él se encuentre. Padre Pio no respondió; escribí la carta y la dejé, la noche antes, de ir a dormir, sobre la cómoda. La mañana siguiente, con gran sorpresa para mí, estupor y casi con miedo, ví que la carta no estaba. Fui conmovida y emocionada a agradecérselo al Padre, que me dijo: "Agradéceselo a la Virgen". Tras una quincena de dias en familia, se lloraba de alegría; se lo agradecimos a Dios y a Padre Pio. Habia llegado la respuesta a la misiva del familiar que creíamos muerto.

Una mujer de San Giovanni Totondo "una de aquellas almas". decía Padre Pio, "que hacen sonrojar a los confesores, pues no tienen nada que se deba confesar", o mejor dicho, "un alma digna del Paraiso", tuvo esta experiencia: "Hacia el final de la Cuaresma, Paolina, así se llamaba la señora, enferma gravemente. Los médicos dicen que ya no hay esperanzas. El marido, con cinco hijos, se llega al convento. Suplican a Padre Pio: los niños más pequeños se aferran a su hábito, sollozando. A los que le suplican su intercesión por la curación de Paolina, el Padre afirma: "Resucitará el día de Pascua". El Viernes Santo pierde el conocimiento, al amanecer del sábado entra en coma. Tras una hora, la agonizante se paraliza. Está muerta. Algunos familiares cogen el vestido de boda, según la tradición del pueblo, otros, desesperados, corren al convento. Padre Pio repite: "Resucitará...". Y se arregla el altar para celebrar la Santa Misa. Al entonar el Gloria, la voz de Padre Pio se rompen por un hipido mientras sus ojos se bañan en lágrimas. En el mismo instante, Paolina "resucita". Sin ayuda alguna baja de la cama, se arrodilla y reza el Credo tres veces. luego se pone en pie y sonrie. Está curada... mejor, es resucitada. Padre Pio le habia dicho: "resucitará", no habia dicho, "curará". Cuando poco a poco le preguntan qué le ha ocurrido mientras estaba muerta, Paolina, enrojeciendo, con pudor, responde: "Salí, salí, contenta... Cuando estaba entrando en una gran luz, he vuelto atrás". No añadió más..

Los campesinos de San Giovanni Rotondo, recuerdan gratamente este acontecimiento. Era primavera. Los almendros floridos prometian una buena cosecha, pero imprevistamente sobrevinieron las orugas. Millares de voracísimas orugas avanzaban compactas devorando hojas y flores. No respetó ni squiera la corteza. Tras dos dias, de intentar inútilmente detener la plaga, los propietarias, cuyo único recurso económico era las almendras, hablaron con el Padre Pio. Éste, desde la ventana del convento vio la plantación y observó a los almendros semi enterrados en aquel enjambre zumbante, decide bendecirlos. Revestido de sobrepelliz y estola, comenzó a orar. Terminadas las plegarias tomó el hisopo de agua bendita y trazó en el aire el gran signo de la cruz. Al día siguiente, las orugas habian desaparecido, pero los almendros desnudos como palos atestiguaban la magnitud del desastre: la cosecha completamente perdida.Y sin embargo... sin embargo...increible: se obtuvo un a cosecha abundantísima como nunca se obtuvo. ¿Cómo pudieron árboles sin flores dar fruto? ¿Cómo podían dar almendras los almendros reducidos a meros pedazos de leña insertados en tierra?. Los expertos y estudiosos en botánica no supieron responder.

Maria es la madre de un niño enfermizo desde su nacimiento. De una visita médica se entera que la criatura está afectada por un mal muy complejo. Cuando ya toda esperanza de salvarlo está totalmente perdida, María decide partir en tren hacia San Giovanni Rotondo. Vive en un pueblo frente al Cabo de Puglia, pero ha oído hablar tanto de este Frayle que lleva impresas en su cuerpo cinco heridas sangrantes, iguales a las de Jesús en la Cruz, que hace grandes milagros, cura a los enfermos y devuelve la esperanza a los infelices. Parte de inmediato, pero durante el largo viaje, el niño muere. Lo envuelve entre las ropas personales y, tras haberlo velado durante toda la noche en el tren, lo introduce en la maleta y no cierra las correas. Así llega al día siguiente a San Giovanni Rotondo. Está desesperada, ha perdido el afecto que más tenía en el mundo, pero no ha perdido la fe. La misma tarde en presencia del fraile de Gargano; está en fila para confesarse y entre las manos aprieta la maleta que contiene el pequeño cadáver de su niño, fallecido más de 24h. antes. LLega frente a Padre Pio. Está inclinado para orar, cuando la mujer se arrodilla sollozando, con el llanto roto por la desesperación e implora su ayuda; él la mira fijamente. La madre abre la maleta y le muestra el pequeño cuerpecito. El pobre fraile está profundamente afectado y roto de dolor como la madre inconsolable. Coge al niño y lo apoya con la mano estigmatizada en la cabeza, luego vuelve los ojos al cielo y recita una oración. No pasa más de un segundo hasta que la criatura se reanima: un gesto le mueve primero las piernecitas y luego los bracitos: parece despertarse de un largo sueño. Vuelto a la madre le dice: "Madre, porqué gritas, ¿no ves que tu hijo duerme?". Los gritos de la mujer y de la gente que estaba en la pequeña iglesia, estallan en una ovación general. El milagro corre de boca en boca. Es Mayo de 1925 cuando la noticia de este humilde fraile que cura a los cojos y resucita a los muertos, corre veloz por los hilos telegráficos de todo el mundo.

En 1954, cuenta una señora, mi padre, hasta entonces ferroviario, a la edad de 47 años, contrajo una extraña enfermedad que le inmovilizó las extremidades inferiores. Vana resultó toda cura y el puesto de trabajo, tras casi dos años, estaba por cubrirse en breve. Puesto que la situación empeoraba, un tio aconsejó a mi padre ir a San Giovanni Rotondo, donde vivía un Frayle capuchino al que el Señor le había otorgado carismas especiales. Con muchas dificultades, mi padre llegó a la pequeña ciudad de Gargano, acompañado y apoyado por este tio. En la iglesia encontró a Padre Pio, el cual, viendo en que modo se arrastraba entre la gente, dijo en voz alta: "Haced sitio a aquel ferroviario". Ni siquiera conocía a mi padre ni sabía que él era ferroviario. Pocas horas después, Padre Pio se entretiene en fraterna conversación con papá. Le apoyó una mano sobre la espalda. Lo consoló con una sonrisa y le devuelve palabras de ánimo. Cuando mi padre se alejó de él, no se acuerda de que está repentinamente curado. Mi tio lo seguía sorprendido, llevando en sus manos los dos bastones que ya no necesitaba.

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