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ALEXIS CARREL científico, premio Nóbel de filosofía y medicina

En 1903, cuando Alexis Carrell tenía treinta años era ya un científico afamado. Se le presentó la oportunidad de ir a Lourdes con un tren de enfermos, Aceptó con entusiasmo porque, siendo científico, quería examinar seriamente a los enfermos para ver de cerca si realmente, como aseguraban, eran ciertos los llamados "milagros" de Lourdes. Durante el viaje de ida en tren se le encomienda a Alexis Carrel, el cuidado de una joven enferma desde hacía ocho meses, Marie Bailly, que sufría una peritonitis tuberculosa que la acercaban al fin de su vida, tanto que se temía que muriese durante el viaje. Él despreciaba el fanatismo de los peregrinos, de los sacerdotes de inteligencia obtusa, adormecidos en su beata fe. Justo durante el viaje, tuvo una discusión sobre el fenómeno Lourdes y sus milagros. Al final de una de ellas, habla precisamente con Marie Bailly, y concluye: "Está en un estado dramático. He debido inyectarle cafeina. Temo que se me muera entre las manos: si se curase esta enferma sería verdaderamente un milagro. Lo creería y me haría fraile".

Ante la Gruta de las apariciones los enfermos, a las 14`40 de la tarde, están dispuestos de una manera ordenada, para unas instrucciones acompañadas de cantos e invocaciones. Alexis Carrel tiene ante sí la camilla con Marie Bailly, que tiene un aspecto totalmente cambiado: los reflejos morados han desaparecido, está menos pálida... Las buenas hermanas la habían llevado al baño de la piscina pocos minutos antes. Sin embargo, no habían querido sumergirla: se habían limitado a lavarle algo el vientre. Y es el mismo Alexis quién, en tercera persona, narra lo ocurrido ante sus ojos, cuando Marie Bailly, no mirando mas que a ella... El rostro de Marie continuaba su modificación: sus ojos estaban brillantes y extasiados hacia la Gruta. Una mejoría importante se había veificado...De repente Carrel palideció. Veía hacia el cinturón bajarse poco a poco la manta al nivel del vientre. Daban las tres en la Basílica. Tras algún minuto la tumefacción del vientre, parecía desaparecer. "Creo enloquecer de verdad" - pensaba Carrel. "¿Cómo os sentís? - preguntó a Marie. "Muy bien, aunque sin fuerzas, pero me siento curada"- respondió Marie susurrando. Nohabía duda. El estado de Marie Bailly mejoraba. Estaba irreconocible. Carrel no habló más. Ni pensaba. El hecho tan inesperado era tan contrario a sus previsioens, que creía soñar... Lo que había ocurrido era imposible: el milagro".

Carrel se alteró de tal modo que por poco no enloquece. La noche siguiente el hecho tan inesperado no le permite coger el sueño. Salió de la posada y bajó a las Explanadas donde se detuvo ante le estatua de la Inmaculada y allí se abandonó a una plegaria a la Virgen que muestra la medida de lo acontecido en él: "Virgen dulce, socorred a los infelices que humildemente os invocan, socórreme... Mi vida hasta ahora ha sido un desierto, que, te prometo, florecerá".

Carrel era un hombre libre de sectarismos e ideologias ateas, que buscaba la verdad. El evento milagroso ocurrido ante sus ojos lo llevaron a la realidad del milagro que había presenciado y, al final, a la fe católica. Quiere dar testimonio del hecho llamado "milagro" y continuó su búqueda en clave científica, desde una óptica creyente. A través de sus estudios, gracias a la libertad y honestidad de las que siempre fue celoso, llegó a lo sobrenatural, que le parece una realidad no menos válida y operadora que la sometida a sus instrumentos de búsqueda.

El 3 de Noviembre de 1938 (séis años antes de su muerte) se dirigió así al Señor:"Nada quiero para mí, sino vuestra gracia. Que yo sea en vuestras manos humo llevado por el viento...Cada minuto de mi vida, Señor, esté consagrado a vuestro servicio. En la oscuridad en la que voy tanteando, yo os busque sin cesar. Si bien ciego, me esfuerzo en seguiros: Señor, indícame el camino".

Acogió la belleza del Evangelio, las exigencias de la moral cristiana y quedó fascinado por el mandamiento nuevo dictado por Cristo que, si vivido por todos, crearía un mundo nuevo. Para Carrel: "Hay una gran diferencia entre Jesús de Nazareth y Newton; y es que el precepto del amor recíproco, enseñado por Jesús, es una de las leyes más importantes de gravitación universal".


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