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El joven resucitado.
Fray Antonio consiguió salvar a su padre falsamente acusado. Mientras Antonio se encontraba en Padua, en la ciudad de Lisboa, un joven asesinó de noche a su enemigo y lo enterró en el jardín del padre de Antonio. Encontrado el cadáver, fue acusado el dueño del jardín. El hijo, enterado del asunto, fue a Lisboa y se presentó ante el juez, declarando la inocencia del padre, pero no quisieron escucharlo.

El Santo, entonces, hizo traer hasta el tribunal el cadáver del asesinado y, ante el espanto de los presentes, lo llamó a la vida y le preguntó: "¿Ha sido mi padre el asesino?". El resucitado, poniéndose derecho sobre el camastro, respondió: "No, no ha sido tu padre", y cayó de espaldas, volviéndose cadáver otra vez. Entonces el juez, convencido de la inocencia de aquél hombre, lo dejó libre.

El pie colgado.
Mientras confesaba, Antonio recibió a un joven que, por un acceso de ira, había dado una patada a su madre. Antonio comentó que por una acción tan grave merecía que le fuese amputado un pie, pero viéndole sinceramente arrepentido le absolvió de sus pecados. LLegado a casa el chaval cogió un hacha y se cortó el pie emitiendo un fuerte grito. La madre vio la escena y se llegó hasta Antonio responsabilizándolo de lo ocurrido. Antonio entonces fue a casa del muchacho y unió el pie a su pierna sin que quedase cicatriz alguna.

El pecador arrepentido.
Un día se acercó a él un gran pecador que decidió cambiar de vida y reparar todos los males cometidos. Se arrodilló a sus pies para hacer la confesión, pero tal fue su conmoción que no consiguió articular palabra, mientras lágrimas de arrepentimiento bañaban su rostro. Entonces, el santo frayle le aconsejó retirarse y escribir en un pliego sus pecados. El hombre obedeció y volvió con una larga lista. Fray Antonio la leyó en voz alta, luego devolvió el papel al penitente que aun seguía arrodillado. Cual fue la maravilla del hombre cuando vio el folio completamente en blanco. Los pecados habían desaparecido tanto del alma del pecador como de la carta.

El corazón del avaro.
Mientras fray Antonio predicaba en Florencia, murió un hombre muy rico que no había querido oír las exhortaciones del Santo. Los parientes del difunto querían que los funerales fuesen espléndidos e invitaron a fray Antonio a oficiar el elogio fúnebre. Grande fue su indignación cuando oyeron al santo fraile comentar las palabras del Evangelio: "Dónde está tu tesoro allí está tu corazón" (Mt 6,21). diciendo que el finado había sido un avaro y un usurero. Para responder a la ira de los parientes y amigos, el Santo dijo: "Id a ver en su ataúd y encontraréis su corazón". Ellos fueron y, con gran estupor, lo encontraron latiendo en medio del dinero y las joyas. Luego llamaron a un cirujano para que abriese el pecho al cadáver. Éste vino, hizo la operación y lo encontró sin corazón. Ante el prodigio, avaros y usureros, se convirtieron a pares y buscaron reparar el mal hecho. No busquemos las riquezas que hacen esclavo al hombre y lo ponen en peligro de condenarse: la virtud es lo único que Dios acepta. Por tal motivo, la ciudadanía alabó con entusiasmo a Dios y a su Santo. Y aquél finado no fue depositado en el mausoléo preparado para él, sino como un asno: en un muro de contención.

El neonato que habla.
En Ferrara había un caballero extremadamente celoso de su esposa, la cual poseía una innata gracia y dulzura. Quedó encinta y la acusó injustamente de adulterio y una vez nacido el niño, que tenía la tez bastante oscura, el marido se autoconvenció aun más de haber sido traicionado. En el bautizo del niño, mientras la procesión se acercaba a la iglesia con el padre, parientes y amigos, Antonio pasó por allí, sabiendo las acusaciones del caballero, impuso al niño el nombre de Jesús, preguntándole al pequeño quién era el padre. El recién nacido, apuntó con el dedo al caballero y luego, con voz clara, dijo: "éste es mi padre". La maravilla de los presentes fue grande, sobre todo la del caballero que, retiró todas las acusaciones contra la mujer, y vivió con ella felizmente.

La comida envenenada.
El gran número de oyentes que acudían a los sermones de fray Antonio y las conversiones que obtenia, llenó de odio cada vez más a los herejes de Rimini, que pensaron en matarle por envenenamiento. Un día fingieron querer discutir con él sobre algunos puntos del catecismo y lo invitaron a almorzar. Nuestro frailecillo, que no quería perder la ocasión para hacer el bien, aceptó la invitación. En determinado momento le pusieron delante un plato envenenado. Fray Antonio, inspirado por Dios, se dió cuenta de la trampa, diciendo: "¿Porqué habéis hecho esto?", "Para ver -respondieron - si son ciertas las palabras que Jesús dijo a los Apóstoles: "Beberéis veneno y no os hará mal". Fray Antonio se recogió en oración, trazó la señal de la cruz sobre la comida y luego comió tranquilamente, sin que le hiciese daño alguno. Confundidos y arrepentidos de su mala acción, los herejes pidieron perdón, prometiendo convertirse.

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