Arrepentimiento

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ARREPENTIMIENTO

No se logra percibir el pecado personal, porque los modelos de comportamiento que predominan en la sociedad están cambiados. Hoy, fruto de escándalos, injusticias, autoritarismos, se ha cambiado el sentido de la moralidad y el pecado colectivo está arraigado en corrupciones más abiertas, volviendo la esencia personal una fruslería. Ha llegado el momento de entender el sentido del pecado para recobrar, a través del Sacramento de la Reconciliación, la curación y la salvación del alma; se necesita superar la obstrucción mental y la miopía espiritual para hallar la fúlgida imagen de Dios.

El pecado obscurece el corazón, confunde el intelecto, hace mezquina la realidad, desintegra la relación de amistad con Dios. Es el mal que corrompe el corazón, y es propio del corazón de los hombres que salgan de allí los propósitos del mal: impureza, robos, homicidios, adúlteros, avidez, maldad, engaño, disolución, envidia, calumnia, soberbia, estupidez. Y todavía El hombre bueno que hace un buen tesoro de su corazón lleva fuera el bien; el hombre malo con un tesoro malo lleva fuera el mal. Entonces, si es del corazón que llegan los propósitos del mal y el actuar injusto, entonces es desde el corazón que se tiene que obrar la conversión para limpiar las impurezas y recobrar la gracia del perdón.

El pecado encadena a los vicios, esclaviza, entristece, oprime, conduce a la desdicha, aleja el amor infinito, el único capaz de iluminarnos en nuestras debilidades.

Dios es el Padre bueno que puede regalarnos la capacidad de amar a través de Su perdón, un perdón que no debe ser confundido con la tolerancia y la permisividad. Este perdón se puede obtener ofreciéndole nuestra pobreza, el vacío de nuestro corazón, la contrición por los pecados y redescubrir a través de nuestra incapacidad Su intervención misericordiosa.

Después, como el hijo arrepentido, podremos correr a Su encuentro gritando: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no soy digno de ser llamado tu hijo. Acercándonos al sacramento de la Confesión podemos liberarnos de los pecados, hallar la fuerza, levantarnos y recobrar la dignidad de hijos.

Es maravilloso seguir a Jesús mientras va en busca de la ovejita extraviada en el abismo del pecado para regresarla al camino recto que conduce a la casa del Padre. En este camino la Confesión debe ser vista como un itinerario de fe en el cual Jesús nos acoge comunicándonos la esperanza de salvación.

En la Confesión, errando, muchos hacen énfasis sólo sobre una lista detallada de las culpas y no comprenden que no es la declaración de los pecados lo que salva, sino el amor de Dios. En la reconciliación, estamos delante de la palabra de Dios que devela su grandeza de amor y nos sana. Por este te digo: tus muchos pecados son perdonados, porque has amado mucho. En este pasaje evangélico la mujer, lavando con sus propias lágrimas los pies de Jesús, ha develado un profundo amor y sincero arrepentimiento.

Las lágrimas brotan sólo de un corazón afligido y desbordante de amor. Cada uno debería, del mismo modo, verter lágrimas amargas por las muchas traiciones y ofensas contra el amor sublime de Jesús y, al mismo tiempo, verter lágrimas de gratitud por la Gracia de Dios que nos sana las heridas de nuestro actuar insensato y del sucio pecado.

Sin embargo, cuán difícil es confesar las propias culpas y debilidades sin excusas ni justificaciones, reconociendo objetivamente el pecado y afirmando: "Aquél soy yo". Después de este baño de humildad puede suceder el efecto liberatorio que procura la paz interior y reconoce la grandeza de Dios.

La Santidad de Dios es semejante a un espejo que cuanto más cerca, mejor refleja cada defecto por más pequeño que sea. El perdón es, pues, el amor que se da a sí mismo y restablece aquel trato de intercambio amoroso que sólo el corazón puede aferrar y comprender. Y hace nacer el gozo de saberse amados y aceptados.

Dios nos invita a una profunda conversión y nosotros tenemos que recoger esta invitación para pedir Su perdón por su infinita Misericordia. No tardamos en emprender este camino que conduce a un futuro de esperanza máxima, acogiendo en nuestro interior la invitación de Dios: "No pecar más".

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