Penitencia

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¿Algunos están convencidos que es suficiente comunicarse directo con Dios para obtener el perdón sin el auxilio del Sacerdote? ¿Y están también seguros que, si Dios mira en sus corazones, entonces, por qué razón se debe confesar lo que Dios ya conoce?

Para profundizar se necesita decir, ante todo, que la confesión no responde a una necesidad psicológica de confesarse. En la confesión, el sacerdote es igual a un médico a quien vamos para pedir la sanación y el perdón del Señor; no obstante, el sacerdote es muchas veces testimonio de la liberación psicológica que se realiza en el penitente que llega a desagraviarse de culpas, particularmente pesadas de llevar: por ejemplo, una ardiente pasión, un odio antiguo, unos celos despiadados, una infidelidad conyugal, mentiras, etc.

La confesión no es, como algunos piensan, una penitencia o una humillación que Dios nos impone para darnos su perdón; al Sacerdote en la reconciliación, no debemos llevarle nada más la lista de las culpas cometidas, sino también el humilde reconocimiento de nuestra condición de pecadores con la decisión de salir de ella por propia voluntad.

Nuestro humilde origina el perdón divino, no como si Dios pasara del rencor al perdón, sino, más bien, que acoge al pecador. En este gesto vemos el encuentro entre la iniciativa del hombre y la acción transfigurante de Dios que refuerza nuestra voluntad de cambiar. En el sacramento de la confesión hallaremos nuestra reconciliación con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos. Dios nos atiende con paciencia y ahora recibe con los brazos abiertos el regreso del hijo redimido y lo acoge con júbilo infinito.

En esencia, la confesión es una declaración de amor, porque no voy delante al sacerdote para confesar nada más la lista de mis pecados, sino que voy para repetir al Señor que, pese a mis pecados, quiero amarlo de nuevo y este sentimiento del corazón es el fruto de la gracia; por lo tanto, la confesión llega a ser la manifestación exterior de mi deseo interior de cambio.

¿Por qué manifestar a un sacerdote de la Iglesia esta voluntad de cambio? No porque el sacerdote sea el confidente de mis culpas o el consejero en el presente o el testimonio de mi futura perseverancia, sino, más bien, porque él es el ministro de Cristo y a través de él Cristo puede operar en mí grandes cosas y pueda perseverar en mi voluntad de cambio.

Las palabras pueden expresar la alegría del penitente que se confiesa con la certeza de abandonarse, con todas sus miserias, en los brazos de Jesús para ser sanado; porque experimenta lo que es el corazón de Dios y Su inefable amor y este amor que le regala es la certeza de levantarse renovado desde lo más íntimo con la esperanza de no volver a pecar.

No debemos tener miedo de ir al encuentro de este sacramento por causa de nuestros pecados, pues sabemos que no somos inocentes; hay sangre en nuestras manos, la sangre caída de las manos de Jesús crucificado. El cura de Ars decía: Cuando el sacerdote da la absolución, no hay que pensar más que en una cosa: que la sangre del Buen Dios corre por nuestra alma lavándola y volviéndola bella como era después del bautismo.

Cristo nos dice, por medio del Sacerdote en el sacramento de la reconciliación: "Te son perdonados tus pecados; Vete y de ahora en adelante no peques más".

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