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LA TRAMPA DE LOS ÍDOLOS

Desde siempre el hombre es tentado por cálculos racionales y reflexiones filosóficas para que no crea en un Dios creador. Detrás de este categórico rechazo se exalta una falaz sabiduría capaz de hacer parecer como estúpida la fe en Dios. Por decirlo así, es un pensamiento en el cual el hombre se atribuye el derecho de ser excelso y absoluto, de no doblegarse a la grandeza del Creador. Basta levantar la mirada al cielo para probar, en las constelaciones de estrellas, un sentido vertiginoso que hace profundizar nuestro débil pensamiento.

En la cultura contemporánea el ateísmo es la condición necesaria para obtener la libertad y para reapropiarse del propio destino robado a un Dios exigente y posesivo, que reclama sólo privaciones y sufrimiento. Un concepto encierra el lema de la cultura racionalista: "Si no lo veo, no lo creo". No es suficiente creer estar desvinculado desde cada determinación o pensamiento a dominar cada circunstancia para llegar a ser efectivamente libres y protagonistas en el Creador.

El hombre en cada circunstancia debe necesariamente rendir cuentas sobre la sed de posesión que lo golpea repetidamente para obtener con ese precio el objeto de la propia avaricia. Así, este golpe lleva al ídolo el objeto de su deseo. En el mundo muchas son las apariciones que pueden llegar a ser ídolos: el poder, el dinero, un acontecimiento, el beneficio y el placer pueden insinuarse en la mente para capturar cada pensamiento, para esclavizar cada voluntad. Por ejemplo, poseer dinero no tiene nada de malo, si no el querer tener todo y rápido. Bajo cada aspecto, el amor, la solidaridad, la unión, el bien se disuelve en nada y se asfixia por el culto a la riqueza, que captura cada pensamiento y cada voluntad.

El hombre, por lo tanto, puede llegar a ser idólatra en su arrogancia de autonomía, que niega, más bien, la sabiduría de Dios, si son fanáticos sus corazones de esos ídolos. Si bien, tú que ensalzabas la libertad y estabas seguro de no estar sujeto a nada, ahora, sin darte cuenta, llegarás a ser un idolatra, un ateo que no quiere reflexionar de rodilla delante de tu Dios creador. Entonces, si eres esclavo y adoras las cosas de la tierra, ¿eres feliz? Tus proyectos de crecimiento y tus sueños ¿dónde terminan? Estás atascado sólo con tu avaricia que te está devorando sin dejarte ninguna tregua.

Detente, entonces, un momento para reflexionar y a lo mejor descubrirás el verdadero sentido de la existencia. En el silencio de las posesiones, de las ocupaciones, del pensamiento, podrás escuchar tu corazón, y es ahí donde Dios vive y te puede hablar.

Sí, tenemos necesidad de Dios, tanto de su guía como de sus enseñanzas, para vencer nuestra debilidad humana. Él es Quien puede liberarnos de toda esclavitud, concedernos la verdadera libertad que nos deja libres de cada insidia perpetrada por los ídolos de este mundo.

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