Acto de la confesión

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La confesión

La confesión es la palabra con la que el hombre pecador asume la propia culpa. Confesar significa declarar que se es responsable del comportamiento reprochable que se ha tenido. La confesión es la palabra a través de la cual nos declaramos artífices del pecado. La confesión es un acto compuesto de vocablos que se transforman en palabras eficaces, por cuanto en la confesión la palabra hace lo que dice y dice lo que hace. La confesión es, por lo tanto, un acto de palabra, como lo es la promesa, el reconocimiento, la adopción, la profesión de fe. El aspecto más importante de la confesión después la descripción de su contenido es que: confesar no quiere decir contar en modo detallado la serie integral de los pensamientos y de las acciones. Confesar significa, simplemente, decir: "¡Soy yo!", en el momento mismo en que son revelados nuestras culpas y nuestras debilidades. Lo esencial de la verdadera confesión está en reconocer nuestro pecado como tal, reconociéndonos, por lo tanto, pecadores: "Padre, he pecado contra Dios y contra ti..." (Lc 15, 18).

A lo que tiene que conducir nuestra reflexión sobre confesión es al hecho que se trata de una palabra con la cual reconocemos efectivamente la realidad de nuestra situación personal y de la relación con los otros.

El hecho de confesar ha sido casi siempre un efecto que libra, como si mitigase, de un peso demasiado grave a aquél que ha logrado decir la propia culpa. Esto se puede explicar con la función de la palabra que devuelve y presiente la realidad que expresa. Hablar siempre significa vivir un poco o revivir lo que se habla. Pero, ¿cómo se puede explicar entonces el sentido de liberación probado al repetir ciertos hechos penosos? Por la confesión libre sobretodo porque establece o restablece una comunicación con el otro.

En el caso del pecado la singularidad de la confesión está en el hecho de que ella es dirigida a Dios mismo, incluso sin trámite de su representante. El aspecto que se subraya fuertemente en la confesión es la toma de posición, más bien, que aquello de una comunicación de algo. El contenido de la confesión tiene la finalidad principal de concretar este reconocerse pecador, así que no se vacía de sustancia al punto de reducirse a una fórmula abstracta. Sin embargo, reconocerse pecador sin nunca confesar un acto preciso de pecado es algo que no empeña nada. La verdad de la confesión, en cambio, se juzga por el cambio de vida. La confesión no consiste únicamente en un acto de palabra, sino que tiene que transformarse en una acción del hombre libre a tal grado que asuma plenamente la responsabilidad de sus propios actos. Y es propio de la confesión que el hombre libre acepte la propia condición de pecador en la medida misma en que desea el cambio profundo. La confesión es la palabra de humildad que abre el corazón a la gracia de la conversión.

Lo que molesta nuestra relación con Dios y con los otros no es tanto nuestros errores y nuestras debilidades, cuanto el hecho que le desconocemos y le negamos bastante. La confesión expresa y expone la debilidad nuestra a la misericordia de Dios y al perdón de los hermanos. La confesión, en síntesis, es acoger el regalo de la reconciliación, es la palabra verdadera que hace posible un amor verdadero. La confesión del pecado es una práctica que permite el conocimiento más concreto del pecado de un modo más experimentado. Nosotros entendemos el pecado sólo cuando nos reconocemos pecadores.

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