Pecado y sufrimiento

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EL PECADO HACE NACER EL SUFRIMIENTO

Los acontecimientos que a veces se desarrollan en la existencia humana parecen misteriosos y producen turbaciõn y agitaciõn. La causa es el sufrimiento, que espanta y hace temblar. Estã escrito en el Eclesiãstico: "Acepta todo lo que se abate sobre de ti y en las vicisitudes mãs humillantes se paciente: como el oro se purifica en el fuego, así los elegidos en el honor de la humillaciõn. Confía en Dios, Él te ayudarã". (Eclesiãstico 2, 4-6)

En los sufrimientos que atormentan a los seres humanos ocupa gran importancia el pecado, porque crea dolor, indignidad y también catãstrofes. El mal puede parecerse a aquellos círculos concéntricos, causados por una piedra que cae en el agua quieta de un estanque que, difundiéndose, se hacen cada vez mãs amplios. Uno, entre las muchas raíces del mal, estã apegado al dinero que impulsa hacia la glotonería, la avidez, la explotaciõn, la maldad, el egoísmo, la avaricia y penetra tanto en la mente como en el corazõn para esclavizar a las personas y volverlas insensibles a cada pequeño fragmento de amor, oscureciendo los motivos extraños. Ellas no se dan cuenta del sufrimiento causado por su iniquidad y son enaltecidos por su modo de ser. Pero estos hombres malvados nunca tendrãn alegría en el corazõn, ni podrãn tener paz en el alma.

El pecado, ademãs de establecerse con sus malas raíces en quien comete actos malvados, engendra sufrimiento en quien recibe el mal. En este escenario, cada pecado individual se suma a todos los pecados cometidos por otras personas, tal como es bien visible en aquellas sociedades injustas y pecadoras: se manifiesta en la diversiõn sin límites, en el bienestar desenfrenado, en el goce asociado a cada gusto ilícito posible. El pecado, ademãs, produce maldad la cual, a la vez, produce sufrimiento, angustia y mina desde la raíz la fuerza de voluntad.

Ha llegado el momento de mirar con horror al pecado, aunque no comprendas su gravedad y sus nefastas consecuencias. También considera el terrible castigo de los condenados que se presentan delante del tribunal de Dios con pecados graves. Por eso, recupera enseguida una conciencia limpia y recta, no te dejes debilitar por la codicia, expulsa con vigor cada pensamiento engañoso, no te sustraigas al combate y al deber.

Ahora que sientes el deseo de cambiar comprendes cuãn incõmodo es escalar al bien, el cambio es fatigoso e repleto de obstãculos; pero, no te aflijas, porque el amado Jesús acude solícito a quien implora Su socorro. Abre la puerta del alma y hazlo entrar en tu corazõn, confíale las penas, los disconformidades, las desilusiones, los desalientos, las rebeldías, las esperanzas y Él te comprenderã.

Puedes sumergirte en el amor inagotable de Jesús para lavar tus impurezas y no tengas miedo de todas las iniquidades prolongadas en el tiempo: tu Dios estã listo para perdonarte por Su infinita e incansable Misericordia.

Manifiesta tus faltas sin esconderte o justificarte y preséntate ante Él con verdadero arrepentimiento y humildad; recuerda los lejanos senderos por los que te perdiste y Él te ayudarã a entrar a una nueva senda, lejos de los desolados ecos del pasado.

Con Su ayuda podrãs romper definitivamente los vínculos con el pecado, podrãs liberarte del barro y sentirte en paz contigo mismo; podrãs, ademãs, recobrar la armonía mãs profunda y el bienestar sereno del alma.

Dios serã entonces tu luz y te guiarã por el camino recto; te harã descubrir Sus altísimas cumbres, te revelarã Su inmensa dignidad y podrãs descubrir que en la vida nada es banal ni efímero, sino que todo recobra su sentido en lo divino. Una tímida sonrisa te dilatarã el corazõn y estarãs listo para iniciar el vuelo y encontrar a tu Señor.

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