Reflexión

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REFLEXIÓN O EXAMEN DE CONCIENCIA

¿Qué es el examen de conciencia?

El examen de conciencia no es otro que la reflexión del alma sobre sí misma para eliminar los defectos, con el objetivo de enmendarse y corregirse, pues necesita pedir a Dios la luz necesaria para precisar esos defectos y la determinación para poder eliminarlos.

Para hacer este examen, el alma necesita vencer las distracciones que manan del pensamiento y de las preocupaciones y ver si hemos sido fieles con los propósitos que nos hemos propuesto anteriormente; por ejemplo, si hemos logrado recogernos en la meditación y si hemos logrado ulteriormente desprender nuestro corazón de las cosas del mundo.

Esta reflexión es indispensable para obtener la buena voluntad, despertar en sí mismo la determinación al bien y estimular el corazón a confiarse a Dios, porque sólo a través de su ayuda será posible vencer las imperfecciones y los vicios más groseros.

El examen de conciencia puede ofrecernos más allá de la visión de las culpas cometidas. También el modo para combatir aquel defecto particular; por ejemplo, la costumbre a la habladuría, la mentira, la desanudada curiosidad, las envidias, etc. Si no nos esforzamos por vencer las imperfecciones y las debilidades, siempre estaremos allí para lamentarnos de las usuales cosas, siempre seremos de los tibios que no pueden entender las cosas importantes para vencer con la ayuda de Dios.

Sólo Dios puede darnos el verdadero conocimiento de nuestro pecado. Hay en el pecado una ceguedad del corazón que oscurece la inteligencia. Es propio del pecado esconderse, en buena parte, en el hombre pecador. Cada alejamiento de Dios, aunque sea parcial, disminuye en el justo el conocimiento de sí; mientras cada luz espiritual nos provee de una profunda percepción de nuestra realidad presente. La culpa tiende, por lo tanto, a esconderse: puede ser un conocimiento de nuestro pecado, nosotros tenemos que buscarla.

Con la ayuda de Dios podemos corregirnos y cortar de raíz los mismos vicios, y después es muy importante investigar en profundidad las verdaderas causas de esos defectos y conocer las consecuencias que han producido. Es, por lo tanto, necesario que el alma se examine según la luz de Dios y no según una conciencia que muchas veces se nos presenta falsa.

Muchas personas no se esfuerzan para alcanzar el camino de la perfección, porque están convencidas que es suficiente enumerar esas faltas a Dios a través de su representante para ser absueltos y ser, en fin, buenos cristianos. Si así fuera, ¿cuál sería la participación del propio ser en la elección del bien y el mal? Estas personas son los indiferentes, o sea, aquellos que actúan con negligencia, por tener sólo un paliativo y no están pendientes de caminar según el deseo de Dios.

Siempre necesitamos actuar con recta intención, porque es el método más noble que se nos da en el mundo, cuando estamos en condiciones de arrancar al hombre de la tierra para elevarlo al cielo. La coherencia y la simplicidad en el actuar de modo recto consisten en buscar a Dios en cada cosa y adherirnos a Su voluntad sin buscar nada en sí mismos. En esto consiste la búsqueda verdadera de la perfección.

La rectitud no consiste sólo en ofrecer a Dios las mismas intenciones, sino también en impedir que permanezca alguna tentación; necesitamos siempre examinar los impulsos que parten del corazón para individualizar los verdaderos motivos que nos empujan a actuar, con el fin de eliminar todo lo que es malo.

Nuestros límites, nuestras incertidumbres, nuestra capacidad de pecar y la soledad hacen parte inherente de nuestra vida, de nuestra humanidad. También nuestras debilidades, del dolor por nuestras infidelidades y del propósito para no recaer, podemos hacer un regalo a Dios. Jesús nos espera.

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