Decálogo

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IX Mandamiento

"No desearás a la mujer de tu prójimo"
(Éx. 20,17).

"El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón".
(Mt 5-28).

No desearás a la mujer de tu prójimo

Este mandamiento orienta la intención de nuestro corazón, en cuánto a que resume todos los preceptos de la ley. San Pablo afirma "Os digo, pues: caminad según el Espíritu y no seréis arrastrados a satisfacer los deseos de la carne, pues la carne tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu a la carne. Ambas cosas se oponen entre sí".
(Gál 5, 16-17).

"La luz del cuerpo es el ojo. Cuando tu ojo está límpio, todo tu cuerpo está iluminado, pero si tu mirada es sucia, tu cuerpo estará en tinieblas. Cuída pues de que la luz que hay en tí no sea tiniebla". (Lc 11, 34-35). Es la envidia lo que vuelve sucia tu mirada, porque sin rectitud interior, toda actitud, toda palabra, resultará vana, puesto que todos somos tentados por la concupiscencia que nos atrae y seduce. La persona objeto de lujuria tropieza en la ingenuidad, en las relaciones interpeersonales, y hace que el prójimo caiga en la debilidad, con el único objetivo de engañarla. El deseo precede a la acción como la voluntad a las obras- especialmente en el campo sentimental- el deseo, si es aceptado por la mente, difícilmente es noqueado. Pero cuando queremos algo, lo buscamos a toda costa, aunque no nos pertenezca: la prudencia nos ayudará en este trance.

Este mandamiento está unido al seexto, porque entre las otras faltas se condena el adulterio, porque es pecado tomar al cónyuge de otra persona: porque el deseo de hacerlo está un peldaño por debajo de la acción.

El noveno mandamiento nos prohibe desear al cónyuge de nuestro prójimo. Con frecuencia, se pasa de la mirada al deseo, luego a la seducción, al acuerdo y al final, al acto. Como hizo el rey David con Betsabé, mujer de Urias, "Una tarde David se elvantó de la cama, paseaba por la terraza de palacio, cuando desde la azotea vió a una mujer que se bañaba. La mujer tenía un aspecto muy hermoso. David mandó informarse sobre la mujer y se le respondió: "Es Betsabé, hija de Elam, mujer de Urías, el hitita". David mandó mensajeros para tomarla. Ella fue hasta él y él durmió con ella, que apenas se había purificado de su impureza; después volvió a su casa. La mujer concibió y mandó decir a David: "estoy embarazada". Luego David envió al frente a Urías, a la batalla más dura, para que muriese y así sucedió. El Señor mandó decrle por medio del profeta Natán: "Desde hoy no se alejará la espada de tu casa".
(2 Sam 11).

El Señor nos ordena "no desear", porque conoce nuestras debilidades y el delicado velo que existe entre el deseo y la voluntad. No sólo el acto completo, sino que es pecado hasta el deseo de hacerlo. De una mirada indiscreta surge la malicia que excita la mente a través de la fantasia y los antojos del cuerpo: por eso conviene ser prudentes, castos y sencillos como niños. "Desvía los ojos de la mujer atractiva y no mires la belleza de una extranjera: a muchos ha seducido la hermosura de una mujer, su amor quema como fuego. No te sientes junto a la mujer casada, en su compañía no bebas en una fiesta, para que tu alma no corra detrás y tu pasión te arrastre a la perdición".
(Sir 9,8-9).

El deseo no es culpa cuando es bueno y no ofende a nadie. Dios quiere que aprendamos a buscar el verdadero Bien, la auténtica belleza, la Felicidad real, el Amor con mayúscula. Porque el Amor jamás es egoista ni estrecho, sino generoso y abierto: no se realiza en el recibir, sino en el dar.

No desear al cónyuge ajeno significa no reducir a la persona de sujeto a objerto: esto puede comprobarse en el interior del matrimonio no utilizando al otro como mero objeto de placer.

Este mandamiento requiere vencer la concupiscencia carnal en pensamientos y deseos. La lucha contra ella pasa por la purificación del corazón, que presupone la limpieza de intenciones, la transparencia de la mirada, disciplina en los sentimientos y en la imaginación, con la práctica de la templanza.

El objetivo del mandamiento es la fidelidad conyugal recíproca, que será completa llevándola hasta en el pensamiento y en el deseo, sabiéndole sumar a ella la transparencia total.

Recordempos que en nuestro interior se libra una batalla entre las tendencias de la carne que nos empujan al mal, y el deseo del Espíritu que nos conduce al bien. es una lucha espiritual. El corazón necesita purificarse, pues "del corazón provienen los malos propósitos, los homicidos, los adulterios, las prostituciones". (Mt 15,19) Y en otra parte añade Mateo "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios". Los puros de corazón son los que bucan vivir en la santidad de Dios en sus vidas.

San Juan distingue tres tipos de deseos inmorales o concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia; y consiste en toda forma vehemente de deseo humano y el movimiento des apetito sensible que se opone a la razón humana, generando desorden en las facultades morales de la persona y - sin ser culpa en sí misma - inclina hacia el pecado. "Quién mira a una mujer con el deseo de tenerla, ya ha cometido con ella adulterio en su corazón".
(Mt 5,28).

Los mandamientos noveno y décimo, constituyen la verificación de todos los demás. Quién los observa con verdadera convicción, no puede olvidar éstos dos, porque toda la Ley, pero de un modo particular los Profetas, han llamado a la fe del corazón, contra la exterioridad.

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