Decálogo

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VII Mandamiento

"No robarás".
(Éxodo 20:15; Deuteronomio 5:19).

"No robarás".
(Mt 19-18).

No robar

El séptimo mandamiento es parte de los preceptos necesarios para conseguir la vida eterna. Leemos en el Evangelio de Mateo: "Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no des falso testimonio, honra a tu padre y madre, ama a tu prójimo como a ti mismo".
(Mt 19, 17-19).

El mandamiento de no robar brota de un principio que surge desde el interior "No desearás la casa de tu prójimo ni ninguna otra cosa que a él le pertenezca" (Éx 20,17). Se trata de una ley espiritual que afecta al alma, brota del pensamiento y de los propósitos. Según el Señor "Del corazón brota los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios".
(Mt 15,19).

La justicia será amada y vivída desde lo más profundo del corazón, para que se haga realidad en las obras. Para amar la justicia, seremos justos. El comportamiento usual de nuestro tiempo autoriza a aprovecharse de la ingenuidad y debilidad ajena: distraer al prójimo para liarlo con el único objetivo de engañarlo.

Robar es apoderarse de la propiedad ajena, saltándose a la torera la razón y es una ofensa a la justicia, además de a la caridad. El séptimo mandamiento prohibe coger o tener injustamente bienes que, de cualquier modo, puedan perjudicarle.

El hurto se puede perpetrar de muchas maneras. El más conocido es la rapiña, pero existen otros modos de cometerlo, como estafar en los contratos, eludir las obligaciones profesionales, sea adrede o por negligencia. Es fácil caer en la tentación cuando se trata de negocios, sobre todo médicos o legales.

Cometen hurto los que se apropian de dinero ajeno con palabras lisonjeras o mentiras: y lo hacen gravemente los que acuden al engaño para ello. También los que estafan el salario a los trabajadores. El apóstol Santiago lo denuncia con estas palabras "Ricos: llorad y lamentáos por las miserias que os vendrán".
(Gc 5,1).

El hurto no sólo puede ser material, dinerario, inmueble o laboral. Puede afectar también al pensamiento, la libertad, el corazón, la fe, la paz o el amor. Se puede hurtar el honor a una persona, la dignidad, la tranquilidad: hasta la fe. Incluso la inocencia a un niño, la paternidad/maternidad a un recién nacido, la esperanza a un anciano, el cónyuge o el afecto a un necesitado.

El arrepentimiento implica la restitución del mal cometido y es la única garantía del perdón divino. No sólo afecta esto a los bienes materiales, sino que obliga a los implicados en el acto. Quién omite la restitución no obtendrá el perdón del Señor.

"Quién robaba, ya no robe: sino que trabaje con esfuerzo en lo que es bueno para poder compartir con el que sufre" (Ef 4, 2-8). Proclama el profeta Amós Escuchad vosotros que explotáis al pobre y le hacéis padecer miseria, diciendo: "¿Cuándo terminará el mes para vender la mercancia? Entonces podremos disminuir la medida y trucar las pesas".
(Am 8, 4-5).

Si hemos causado algún mal, Dios quiere que lo reparemos para no hacerlo más. De este modo el Señor nos perdonará. Nuestro arrepentimiento será sincero y bueno nuestro propósito. Así lo hizo Zaqueo "Si he defraudado a alguien le restituiré el cuádruplo".
(Lc 19,8).

"No os afanéis acumulando tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corroen, dónde los ladrones roban y hacen estragos. Acumulad tesoros en el cielo, dónde no hay polilla ni orín que corroan ni ladrones que hagan estragos. Porque dónde está tu tesoro allí está tu corazón".
(Mt 6, 19-21).

Quién roba lo hace únicamente para gozar de los bienes, pero lo así conseguido no aporta alegría, sino insatisfacción al alma. Lo mismo ocurre con el dinero acaparado con fraude. "Mantenéos lejos de toda codicia, porque por muy rico que sea uno, la vida no depende de sus bienes" Lc 12,15. "Quién acumula riquezas es el más pobre entre los pobres, porque no es dueño de sí mismo: parece el poseedor, pero en realidad es él, el poseido por el dinero" (San Antonio de Padua).

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