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CUARTO MANDAMIENTO
Se manda en el cuarto mandamiento: "Honra a tu padre y a tu madre: para que se prolonguen tus dias en la tierra que te da el Señor, tu Dios" (Éx 20,12).
Honrar al padre y a la madre encabeza la segunda tabla de la ley. Es la referida a los mandamientos orientada a la caridad hacia el prójimo. Dios nos manda el amor hacia nuestros progenitores, poniéndolos en primer lugar en la lista de prójimos, por ser lo más próximos a nosotros. Es iluso querer a las personas lejanas, olvidando a las cercanas. ¿Cómo es posible compartir el pan con el necesitado, hospedar al peregrino, ver al desnudo sin vestirlo y no estimar a nuestros padres que nos han dado la vida?.
Los progenitores tienen derecho a ser amados de modo especial porque nos han dado la vida, son nuestros mayores benefactores - verdaderos y auténticos amigos - que nos ayudan en nuestro caminar vital. "Honra a tu padre y a tu madre con todo el corazón y no olvides los dolores de tu madre. Acuérdate de los que te han engendrado: ¿podrás pagarles lo que han hecho?". (Sir 7,27-28).
Honrar a los progenitores significa amarlos, respetarlos, preocupándonos de no causarles disgustos y reconocerles todo el amor que nos tienen. En la fórmula del mandamiento, está injertada la palabra "honor", en lugar de temor, para que los padres sean vivamente amados, nunca temidos. Quién ama, respeta y obedece. quien teme, no siempre ama. Nos exhorta San Pablo: "Hijos, obedeced al Señor en vuestros padres, como es justo" Ef 6, 1. Y añade: "La piedad supera a todo, comprendiendo en sí la promesa de la vida presente y futura" (1Tim 4,81).
Querer a los padres es una alegría, porque quién los ama es bendecido por el Señor: "Honra a tu padre y a tu madre. Este es el primer mandamiento asociado a una promesa, para que seas feliz y goces de una vida larga en la tierra" (Ef 6, 2-3). Cuando hacemos el bien gozan tanto el cuerpo como el espíritu, porque donde está el Señor están toda clase de gracias. Quién honra a los propios padres expia sus pecados y acumula tesoros celestiales. "El Señor quiere que el padre sea honrado por los hijos: ha establecido el derecho de la madree sobre la prole. Quién honra al padre expía pecados: quién reverencia a la madre acumula tesoros. Quién honra al padre tendrá alegría de los propios hijos y será oído en el día de su plegaria. Quién reverencia al padre será longevo: quién obedece al Señor da consuelo a su madre" (Sir 3, 2-6).
Los padres deben ser amados siempre, incluso, cuando por enfermedad o vejez no puden amarnos como quisiéramos. El buen hijo se reconoce en el momento en el que los progenitores tienen necesidad de él. Es una responsabilidad que no podemos ni debemos eludir: cuantas más necesidades tengan, más cuidados les tendremos. Está escrito en la Biblia "Hijo, socorre a tu padre en la vejez, no le aflijas durante su vida. Aunque chochee, no le abochornes: mientras estés en tu juicio. Puesto que la piedad hacia el padre no será olvidada y te será descontada de tus pecados. En el día de la tribulación, Dios se acordará de tí: como el calor derrite la escarcha, se derretirán tus pecados. Quién abandona al padre es un blasfemo: quién insulta a la madre es maldecido por el Señor" (Sir 3,12-16).
La recompensa del Señor se vierte sobre los gratos a los progenitores. Sin embargo, muchos castigos están reservados a los ingratos. "Quién insulta al padre y hace huir a la madre, es un hijo desvergonzado y vil" (Prov. 19, 26). "El ojo que burla al padre y rechaza la obediencia a la madre, lo atraparán los cuervos, lo devorarán las águilas" (Prov. 20, 17).
Padres e hijos forman la familia, en la que todos debemos encontrar seguridad afecto, ayuda, futuro y esperanza. Por eso, al deber de los hijos de honrar a los propios padres, le corresponde el deber de los progenitores de amar a los hijos. "Hijos, obedece a vuestros padres en el Señor, porque es justo...Y vosotros, padres. no exasperéis a vuestros hijos, sino educadlos, corrigiéndolos y exhortándolos en el Señor" (Ef 6, 1-4).
La madre, para un hijo, es la primera imagen de la esposa que él querría para sí. El padre, para una hija, tiene el rostro del esposo que ella siempre ha soñado. Por eso, es importante que sean testimonio de amor, de sabiduría humana y espiritual, de fe, de gozo, de sencillez. Puede ocurrir que los hijos sean el fracaso espiritual de los hijos: pero esto no siempre es así. De buenos padres pueden salir hijos malos y al revés. Esto es fruto de la libertad del propio actuar del que cada cual es responsable. "El que actúa en verdad viene a la luz, para que se desvele que sus obras están hechas en Dios" (Jn 3, 21).
"Padres, no provoquéis a vuestros hijos: para que no pierdan los ánimos" Col. 3, 21
Evitemos la excesiva severidad, aunque es bueno corregir a los hijos. Podemos caer en la excesiva dulzura. De esta malsana indulgencia es ejemplo Elí sumo sacerdote, el cual, habiendo sido débil con la propia descendencia, fue castigado. Lo leemos en (1Sam. 4,18).
Si uno dice "Amo a Dios" y luego odia a su propio hermano, es un mentiroso. Si no amamos a nuestros hermanos a quienes vemos, no podemos amar a Dios quién no vemos. Aquí tenemos otro mandamiento: "Quién ame a Dios, ame también al propio hermano" (1Jn 4, 20-21). Del mismo modo, si no amamos/respetamos a los padres,q qui? debemos, según Dios, y que están siempre a nuestro lado, ¿qué tributo de honor seremos capaces de ofrecer a Dios, sumo y buen padre?.
"Entonces, tu luz despuntará como la aurora y tus heridas curarán rápido: tu justicia caminará por delante y por detrás, la gloria del Señor. Entonces, si llamas, el Señor responderá. A tus gritos ,Él contestará: "Aquí estoy" (Is.58, 8-9).
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