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DECÁLOGO
El hombre, al elegir las reglas de su actuar, está predispuesto a preferir aquellas cosas que provienen de los deseos de la carne, hasta que realza las muchas concupiscencias de los propios ídolos que le esclavizan.
Desde los albores de su existencia tiene siempre examinado si su actuar que proviene desde lo más íntimo de su esencia es correcto. El sentido del justo, o de lo moralmente perfecto, ha atravesado a fases alternas el tiempo, influyendo en la sociedad, en las culturas y en los pueblos. La moral es el medio para alcanzar el bien y obtener la paz interior.
Por eso, Dios, para ayudar al hombre y guiarlo por las capas impermeables del mundo, nos ha regalado los diez mandamientos. Son reglas dictadas por su ferviente amor y son imprescindibles para nosotros: para acceder rápido a los senderos del bien verdadero, alcanzar el amor y obtener para siempre el premio eterno.
Dios, que es Caridad, Bondad, Sabiduria, Fuerza, Potencia, Perfección: el TODO, nos invita con cariñosos consejos: "Si quieres ser justo y bueno, cumple el decálogo: no existen atajos". Piensa con lógica y reflexiona en profundad sobre esta invitación del Señor y la misma razón te dará a entender que los mandamientos son necesarios para desarrrollar la naturaleza humana.
En cualquier parte del mundo y bajo cualquier ordenamiento jurídico un delincuente comete un delito y se convierte en reo, más en cuento crece la agresión en lo moral respecto a los padres, a desear el cónyuge del otro que no contemple la ley civil, pero sí la moral y la natural. Por eso expulsamos los deseos insanos para que no penetren en nuestra mente ni afecten a nuestra voluntad. Así arrancamos de raíz lo que podría ser una violación moral.
La naturaleza del hombre es descuidada y egoista teniendo por costumbre excusar las malas inclinaciones hasta confundirlas con la bondad. El mal trae consecuencias para quién las comete, puesto que el mal corroe las razones del corazón y reduce la capacidad de amar. Nutre al orgullo para que hunda sus raices en la desesperación y en la infelicidad. Sabemos que el verdadero gozo consiste en amar y ser amados: todo lo que impida esta realización nos hará caer en la tristeza y tropezar con la soledad y el egoismo. Éste último, genera la aridez por todas las concupiscencias y reaviva el fuego: su inextinguible sequedad no se calmará con ningún placer.
Las normas del decálogo nos inmunizan contra la felicidad y lo pone en la autopista del bien. Entonces, ¿estas reglas son patrimonio exclusivo de los creyentes?. No: es una vereda a los que todos podemos acceder. A los piquetes de la moralidad activa, no le quedará más remedio que observar en el tiempo los resultados de sus abultados errores. Y no sabrán que responder a sus hijos y descendientes cuando les pidan razón del vacio de sus existencias,ni sabrán responder a la desesperación generacional por el amor verdadero perdido que no sabrán encontrar.
Los tres primeros mandamientos del Decálogo se refieren al culto a Dios y son muy importantes porque el Omnipotente tiene la precedencia sobre todo, y por consiguiente debe ser amado y adorado sobre todas las cosas. Este deber no es exclusivo de los creyentes sino para todos los que se hagan la pregunta sobre la razón de vivir. Es una cuestión que respondemos porque afecta a nuestra existencia, abre el horizonte a la esperanza y a la eternidad. Y esto significa que comprendemos que Dios está cerca en la alegria y en el dolor: quiere ayudarnos con solicitud y amor cuando necesitamos de su intervención.
Comprendemos fácilmente que cuando nos separamos de Dios no somos nada, mientras que si eatamos unidos a Él - que es Vida, Potencia, Fortaleza, Sabiduria, Templanza, Caridad y otras muchas puertas que se abren al infinito - nos regala las virtudes para hacernos sus hijos el Espíritu..
Nuestra sociedad no sabe elevarse a sí misma a nivel sobrenatural, pero se esfuerza en bajarlo a nivel terrenal, propone la existencia de Dios como fruto de la especulación filosófica sin importancia alguna. Y con error afirman que no es posible afirmar la existencia científica de Dios y, como es Omnipotente, no puede asistir. Obcecados, extienden estos errores y se incapacitan para ver los increibles hechos que dan testimonio de Dios. Sería suficiente con meditar las curaciones milagrosas realizadas en Lourdes y Fátima entre otros lugares, y los realizados por intercesión de San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Padre Pio... por citar algunos.
A un joven que preguntaba sobre qué hacer apara alcanzar la vida eterna, Jesús le respondió: "Si quieres entrar en la vida, observa los mandamientos". "No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo, antes desaparecerán el cielo y la tierra que falle una tilde o un ápice a la ley: todo se ha de cumplir. Por lo tanto, cualquiera que quebrante alguno de estos preceptos, aunque sea el menor de todos, y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en elñ reino de los cielos, pero el que los practique y enseñe. ése será el más grande en el reino de los cielos". (Mt 5,17-19).
Cumpliremos los diez mandamientos para caminar hacia la libertad; la auténtica libertad. Escribe San Agustín: "Consiste en estar exentos de crímenes... como sería el homicidio, adulterio, robo, fornicación, fraude, sacrilegio y demás. Cuando uno empieza a no cometer estos crímenes, levanta la cabeza hacia la libertad; pero esto no es el inicio de la libertad, no la libertad perfecta...".
LOS DIEZ MANDAMIENTOS
- No tendrás otro Dios fuera de Mí.
- No pronunciarás el nombre de Dios en vano.
- Acuérdate de santificar las fiestas.
- Honra a tu padre y a tu madre.
- No mates.
- No cometas actos impuros.
- No robes.
- No darás falso testimonio.
- No desearás a la mujer del prójimo.
- No codiciarás los bienes ajenos.
El enlace entre la libertad del hombre y la Ley de Dios encuentra su sede íntima en la conciencia moral, que se realiza en los actos humanos y a través de ellos, de maldad o de bondad, producen en el hombre el propio cambio.
"Todos los seres sujetos al devenir, no quedan jamás identicos a sí mismos sino que pasan contínuamente de un estado a otro mediante un cambio que opera siempre en el bien y en el mal". (San Gregorio Nisseno).
"No os adaptéis a la mentalidad de este siglo, sino adaptáos renovando nuestra mente para poder discernir la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que Le agrada, lo perfecto". (Rm 12,2).
Antes de proceder a la exposición pormenorizada de los diez mandamientos, termino este primer trabajo con un breve e iluminador pensamiento. En este periodo oscuro, que nos parece tan luminoso en la tierra, miremos la fosa, el nicho oscuro donde nuestro cuerpo volverá al fango y a descomposición. Para no caer en la desesperación, estemos seguros de que de ese barro se desprenderá una llama: una luz que es el alma. Alma que es don de Dios, que busca la unión con Él en la morada eterna tras el Juicio divino de consecuencias perpetuas. Estar bien pensar en ello, antes de que las campanas doblen por nosotros: luego no habrá tiempo en la tierra.
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