Bienaventuranzas

Beatitudini evangeliche

Tercera Bienaventuranza

No caigas en los movimientos apasionados, reprime los impulsos, no dejes que el alma sea arrastrada al desorden.

Bienaventurados los mansos porque ellos heredarán la tierra

¿Cuál es esta tierra que heredará los mansos? ¿Y quiénes son los mansos? Todo lo que se nos manifiesta a través de los sentidos es totalmente relevante para el mundo material y tangible. En consecuencia, se afirma que el Reino de los Cielos, el mundo perfecto de las criaturas perfectas, es superior a él, aunque solo sea por la elevación del lugar; sin embargo, esto es aún inferior a la capacidad del intelecto, que es imposible de poner en práctica a través del razonamiento, siempre que el intelecto no pueda liberarse y emanciparse de lo que percibe a través de los sentidos. El hombre, oscurecido en el espíritu, por lo tanto no puede entender lo que Dios le promete. Por lo tanto, Jesús, el Dios que se hizo hombre, ha venido a nosotros porque habría sido imposible que nos levantáramos. Nos entrega los misterios divinos con palabras y expresiones que conocemos, haciendo uso de esas comparaciones que la costumbre de la vida en la tierra nos permite comprender.

De hecho, no habría sido posible que con los nombres y las definiciones propios los bienes que trascienden la sensación y el conocimiento humano se revelaran a los hombres. El apóstol dice: "Lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni aun el corazón del hombre puede expresar: estas cosas han preparado a Dios para los que le aman" (1 Cor 2: 9). Por lo tanto, si ha introducido la esperanza celestial, encontraras cuál es la tierra que es patrimonio preparado por Dios, pero no todos, sólo para aquellos que serán juzgados dignos, ya que han demostrado amar a Dios a través de la dulzura de sus vidas. David, fue manso y paciente, demostró que había sentido esta tierra prometida por inspiración del Espíritu, cuando afirmó: "Estoy seguro de contemplar la bondad del Señor en la tierra de los vivos".
[Ps 27,13].

El profeta no ha llamado a la tierra como tierra de los vivos, en la que llevamos a cabo nuestra existencia diaria y que produce todo lo que es mortal, interrumpe todo lo que alli se genera. El sabía que "la tierra de los vivos" en ella la muerte no tiene acceso, en ella no existe sombra de vicio, donde el sembrador de la discordia no hace un seguimiento del surco con el arado de maldad; es la tierra que no produce ni dolores ni espinas; en ella fluye el agua de descanso, se abren verdes extensiones de paz y serenidad. Si nuestro intelecto, liberada de la corrupción de los sentidos, contempla la majestuosa tierra que se extiende sobre los cielos, la cual es Ciudad Rey, de la que se cuentan cosas gloriosas, como dice el profeta, que no debería estar sorprendido de encontrarla citada y prometida en el orden secuencial de las Bienaventuranzas. ¿no seria propicio que en esta tierra las bendiciones ofrezcan esperanza a los que, como el apóstol Pablo dice, estan atrapados en las nubes, en el aire, esperando un encuentro con el Señor a fin de quedarse con El para siempre. Entonces, ¿qué necesidad tenemos aqui abajo en la tierra, nosotros que esperamos la union eterna con nuestro Creador? De hecho, "entonces nosotros, los vivos, los sobrevivientes, junto con ellos seremos arrebatados en las nubes en el cielo para el Señor". Así estaremos siempre con el Señor".
[1 Ts 4:17].

Pero, ¿cómo podemos llegar a ser mansos para merecer esta promesa, esa tierra que es fértil, con hermosos frutos, del árbol que se balancea hacia la vida, que está irrigado por las fuentes de gracias espirituales, en donde germina la vid verdadera, cuyo agricultor, oímos, ¿es el Padre del Señor? Ser suave no significa ser plácido o lento en las reacciones. El hombre carnal por naturaleza es fácilmente propenso al vicio, las elecciones peligrosas se toman a la ligera y sin demasiada vacilación. La mansedumbre consiste en vigilar los impulsos de la naturaleza humana mientras se nos permita en esta tierra. La quietud y la calma hacia los vicios se convierten así en acción y movimiento hacia lo que es superior.

Las pasiones conciernen a las cosas materiales y cada una de ellas tiene un impulso rápido e irreprimible hacia la plenitud del placer. Por esta razón, el Señor no llama bendecidos a los que viven reunidos en sí mismos, ajenos a las pasiones, sino a aquellos que, mientras viven en el mundo, hacen de la mansedumbre una virtud que los hace dignos de esa Beatitud prometida. Él no prescribe impasibilidad a la naturaleza humana. La ley es proporcional al poder correspondiente y de acuerdo con la naturaleza. Esta es la razón por la cual la invitación a esta Bienaventuranza no nos exhorta a no tener pasiones, sino que nos exhorta a la mesura y a la mansedumbre, que se pueden lograr a través de la virtud. Él no dice que aquellos que desean en alguna circunstancia son condenados, sino aquellos que se dejan atraer por la pasión con premeditación. No te dejes llevar por el ímpetu de la pasión como en un torrente, sino que permanece valientemente delante de él, rechazando la pasión abrumadora con un razonamiento puro, ¡este es el trabajo de la virtud!

Bienaventurados los que no se sienten atraídos por los movimientos apasionados del alma, sino que la razón los mantiene tranquilos; en ellos, el razonamiento del intelecto incorrupto, frenando los impulsos, no permite que el alma sea arrastrada al desorden.

Jesús nos prescribe la mansedumbre después de la humildad, la una es la base de la otra y ambas son el resultado de una elección firme y una voluntad tenaz. Si eliminas el orgullo de la conducta, la pasión de la ira no tiene ninguna posibilidad de nacer. La veracidad y el deshonor son la causa de tal debilidad en los iracundos, mientras que la desgracia no se aplica a aquellos que se han educado en la humildad.

No confundas la mansedumbre con un carácter calmado o con bondad. Jesús dice: "aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón". La mansedumbre es la actitud con la que te colocas ante Dios, es decir, permitiendo que Dios haga su voluntad sobre ti; el ejemplo por excelencia de la mansedumbre es María: "Que se haga en mi lo que dijiste, yo soy la sierva del Señor". Esta es la mansedumbre que Dios requiere para dejar su tierra para nosotros. La mansedumbre que conduce a la felicidad, para disfrutar de su vida, de hecho, la plenitud de Dios. Esta dicha tiene un significado muy profundo, porque implica una relación con Dios con obediencia amorosa, de lo contrario no se puede disfrutar de su plenitud.

Las pasiones conciernen a las cosas materiales y cada una de ellas tiene un impulso rápido e irreprimible hacia la plenitud del placer. Por esta razón, el Señor no llama bendecidos a los que viven reunidos en sí mismos, ajenos a las pasiones, sino a aquellos que, mientras viven en el mundo, hacen de la mansedumbre una virtud que los hace dignos de esa Beatitud prometida. Él no prescribe impasibilidad a la naturaleza humana. La ley es proporcional al poder correspondiente y de acuerdo con la naturaleza. Esta es la razón por la cual la invitación a esta Bienaventuranza no nos exhorta a no tener pasiones, sino que nos exhorta a la mansedumbre, lo cual se puede lograr a través de la virtud. Eacute;l no dice que aquellos que desean en alguna circunstancia son condenados, sino aquellos que se dejan atraer por la pasión con premeditación. No te dejes llevar por el ímpetu de la pasión como en un torrente, sino que permanece valientemente delante de ella, rechazando la pasión abrumadora con un razonamiento puro, ¡este es el trabajo de la virtud!

Bienaventurados los que no se sienten atraídos por los movimientos apasionados del alma, sino que la razón los mantiene tranquilos; en ellos, el razonamiento del intelecto incorrupto, frenando los impulsos, no permite que el alma sea arrastrada al desorden.

Jesús nos prescribe la mansedumbre después de la humildad, la una es la base de la otra y ambas son el resultado de una elección firme y una voluntad tenaz. Si eliminas el orgullo de la conducta, la pasión y la ira no tiene ninguna posibilidad de nacer. La veracidad y el deshonor son la causa de tal debilidad en los iracundos, mientras que la desgracia no se aplica en aquellos que se han educado en la humildad.

No confundas la mansedumbre con un carácter calmado o con bondad. Jesús dice: "aprende de mí que soy manso y humilde de corazón". La mansedumbre es la actitud con la que te colocas ante Dios, es decir, permitiendo que Dios haga su voluntad sobre ti; el ejemplo por excelencia de la mansedumbre es María: "Que se me haga lo que dijiste, yo soy el siervo del Señor". Esta es la mansedumbre que Dios quiere que tengamos para dejar su tierra para nosotros. La mansedumbre que conduce a la felicidad, para disfrutar de su vida, de hecho, la plenitud de Dios. Esta dicha tiene un significado muy profundo, porque implica una relación con Dios la obediencia amorosa, de lo contrario no se puede disfrutar de su plenitud.

Las pasiones conciernen a las cosas materiales y cada una de ellas tiene un impulso rápido e irreprimible a la plenitud del placer. Por esta razón, el Señor no llama bendecidos a los que viven reunidos en sí mismos, ajenos a las pasiones, sino a aquellos que, mientras viven en el mundo, hacen de la mansedumbre una virtud que los hace dignos de esa Beatitud prometida. Él no prescribe impasibilidad a la naturaleza humana. La ley es proporcional al poder correspondiente y de acuerdo con la naturaleza. Esta es la razón por la cual la invitación a esta Bienaventuranza no nos exhorta a no tener pasiones, sino que nos exhorta a medir y a ser mansos, que se puede lograr a través de la virtud. Él no dice que aquellos que desean en alguna circunstancia son condenados, sino aquellos que se dejan atraer por la pasión con premeditación. No te dejes llevar por el ímpetu de la pasión como en un torrente, sino que permanece valientemente delante de él y rechazando la pasión abrumadora con un razonamiento puro, ¡este es el trabajo de la virtud!

Bienaventurados los que no se sienten atraídos por los movimientos apasionados del alma, sino que la razón los mantiene tranquilos; en ellos, el razonamiento del intelecto incorrupto, frenando los impulsos, no permite que el alma sea arrastrada hacia el desorden.

Jesús nos prescribe la mansedumbre después de la humildad, la una es la base de la otra y ambas son el resultado de una elección firme y una voluntad tenaz. Si eliminas el orgullo de la conducta, la pasión de la ira no tiene ninguna posibilidad de nacer. La veracidad y el deshonor son la causa de tal debilidad en los iracundos, mientras que la desgracia no se aplica a aquellos que se han educado en la humildad.

No confundas la mansedumbre con un carácter calmado o con bondad. Jesús dice: "aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón". La mansedumbre es la actitud con la que te colocas ante Dios, es decir, permitiendo que Dios haga su voluntad sobre ti; el ejemplo por excelencia de la mansedumbre es María: "Que se haga en mi lo que dijiste, yo soy el siervo del Señor". Esta es la mansedumbre que Dios requiere para darnos su tierra. La mansedumbre que conduce a la felicidad, para disfrutar de la vida, de hecho, la plenitud de Dios. Esta dicha tiene un significado muy profundo, porque implica una relación con Dios la obediencia amorosa, de lo contrario no se puede disfrutar de su plenitud.

La mansedumbre es, por lo tanto, amor, así como lo es la pobreza del espíritu. Con estas virtudes heredaremos la tierra de los vivos, porque la mansedumbre es amor y humildad. Asimismo al superar el odio y el orgullo: el mundo de los vivos será nuestra morada eterna en Dios, ya que reconocemos a Dios como el dueño absoluto de la creación, por lo cual se debe dar alabanza y bendición, e hizo todo lo que es de El, "nos escogió antes de la fundación del mundo, para ser santos y sin mancha delante de él en amor habiéndonos predestinado para ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según su plan de amor de acuerdo a su voluntad, para alabanza del esplendor de su gracia, de la cual nos ha recompensado en el Hijo amado [...]. En él asimismo tuvimos predestinada herencia, según el plan de aquel que hace todas las cosas según su voluntad - seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que hemos confiado por primera vez en Cristo. En él también vosotros, después de escuchar la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y haber creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo prometido, que es nuestra herencia hacia la redención de los que Dios ha adquirido para la alabanza de su gloria".
(Ef 1,3-14).

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