Lectio divina

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Conocer a Dios

Debemos siempre acercarnos a Dios conscientes de que no Lo conocemos en su plenitud. Aquel a quien debemos dirigirnos es el Dios secreto, misterioso, que se nos revela como Él quiere; cada vez que venimos a su presencia, nos encontramos ante un Dios, que no conocemos todavía.

COMUNIÔN CON ÊL

Estaremos abiertos a cada manifestación de su persona y presencia. Tal vez sepamos muchas cosas de Dios a través de nuestra experiencia, de la experiencia ajena, de los escritos de los santos, las enseñanzas de la Iglesia, el testimonio de la Escritura, quizás sabemos que es bueno, humilde, que es fuego devorador, que es nuestro Juez, nuestro Salvador y muchas más cosas aun, pero debemos recordar que en todo momento puede revelarse como jamás Lo hemos imaginado: de un modo que no quepa en estas categorias generales.

Nos pondremos ante Él con reverencia, para encontrar a Quien nos sale al encuentro, pues tratamos con Dios Al que ya conocemos y que nos es familiar. No es un Dios al que seamos incapaces de reconocer. Quizás advirtamos que puede ser distinto al Que esperamos, pues esperamos a Jesús dulce, compasivo, amable y, sin embargo, podemos encontrar a un Dios que juzga y condena, que nos impide acercarnos a Él en las condiciones en que nos encontramos. O, nosotros salimos a su encuentro arrepentidos y encontramos la compasión. En cada etapa de nuestro conocimiento de Dios, no es, a la vez, conocido y desconocido. Êl mismo se nos revela como Le place y así Le conocemos, pero nunca Lo conocemos completamente, permaneciendo siempre el misterio divino: un nucleo de misterio que jam´s podremos penetrar. El conocimiento de Dios no puede ser recibido y dado sino en la comunicación, compartiendo con Él su realidad en la medida en que ella es comunicable.

Una muñeca de sal, tras un largo viaje a través de tierras áridas, llegó al mar y descubrió algo que jamás antes había visto y que era incapaz de comprender. Estaba en tierra quieta la muñeca de sal y he aquí que ante ella se extendía otra tierra, suave, peligrosa, numerosa, extraña y desconocida. Pregunta al mar, "Pero, ¿quién eres tú?" y obtiene como respuesta: "Soy el mar". La muñeca preguntó aun: "¿Qué es el mar?" y el mar respondió: "Soy yo". La muñeca: "No puedo entender, pero sólo quiero ser capaz de hacerlo, ¿cómo puedo?".

Dijo el mar: "Tócame". Entonces la muñeca tímidamente movió un pie hacia adelante y tocó el agua,Probó la extraña sensación de algo que empezaba a ser conocido. Echó atrás la pierna y vió que los dedos de su pie habían desaparecido, asustada exclamó. "oh, ¿Dónde están mis pies, qué me has hecho?". Y el mar respondió: "Tú has dado algo de tí para comprender".

Progresivamente el agua disolvía de la muñeca pequeños fragmentos de sal mientras ella entraba en el mar y, cuanto más avanzaba, más tenía la impresión de entender mejor, sin ser todavía ser capaz de expresar sus palabras lo que es el mar. Hundiéndose se derretía cada vez más, repitiendo, "pero, ¿qué es el mar?". Al final una ola hizo desaparecer lo que quedaba de ella y la muñeca dijo: "Soy yo". Había descubierto lo que era el mar, pero no lo que era el agua".

Sin querer hacer, en absoluto, paralelismo entre la muñeca budista y el conocimiento cristiano de Dios, es posible encontrar, en esta pequña historia, muchas verdades. La muñeca ha sabido lo que era el mar en el momento en que ella, en su pequeñez,se ha hecho una sola cosa con la inmensidad del mar. Del mismo modo, cuando entramos en el conocimiento de Dios, nosotros no lo contenemos sino que estamos contenidos en Él y en este encuentro con Dios nosotros mismos llegamos a estar protegidos en la inmensidad.

TARDE TE AMÉ

Tarde te amé, belleza tan antigua
y tan nueva, tarde te amé.
Tú estabas dentro de mí
y yo estaba fuera,
y allí te buscaba, echándome, deforme,en las hermosas
huellas marcadas por Tí.

Tú estabas conmigo, pero yo no estaba Contigo:
me alejaban las criaturas que
no existirían si no estuviesen en Tí.

Tu me has llamado, has gritado,
has vencido mi sordera.
Tú has brillado, has resplandecido
has curado mi ceguera.

has exhalado tu perfume:
yo lo he respirado y ahora Te anhelo.
Te he gustado
y ahora ardo en deseos por tu paz.

(San Agustín. Las confesiones, libro X, Cap.27).

Volvemos a invitar

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