Pasión

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Ana Catalina Emmerick

La Bendita Madre de Jesús se había hecho acompañar a los lugares santificados por los últimos sufrimientos de su adorado Hijo apenas pronunciada la inicua sentencia.

Jesús encuentra a Su madre

Ella quería cubrir con sus calurosas lágrimas la sangre de Jesús. Con profunda devoción, Juan y las santas mujeres acompañaron a la Virgen en su sacrificio místico. Con esta consagración, la Santa Virgen se vuelve ella misma la Iglesia viviente, Madre común de todos los cristianos.

Cuando el sonido de la trompeta, el tumulto de la gente y la escolta de Pilatos anunciaban la subida al Calvario, no pudo resistir el deseo de ver a su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por donde Jesús debía pasar. Bajaron por el barrio de Sión y llegaron a la plaza de la cual había partido el cortejo con Jesús, continuaron por las calles laterales pasando a través de puertas que normalmente estaban cerradas, pero ese día estaban abiertas para permitir el tránsito de la muchedumbre...

Se fueron a un palacio cuya puerta daba a la calle en la que Jesús cayó por primera vez bajo la cruz; era, si no me equivoco, la residencia del Sumo Pontífice Caifás, cuyo Tribunal está en la llanura de Sión. Juan obtuvo de un criado compasivo el permiso para ponerse en la puerta con María. Con ellos estaban, además, un sobrino de José de Arimatea, Susana, Juana Cusa y Salomé de Jerusalén. La Madre de Dios estaba pálida, y con los ojos enrojecidos de tanto llorar, e iba cubierta con una capa gris azulada. Se oía ya el ruido acercándose, el sonido de la trompeta y la voz del heraldo publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió la puerta; el ruido era cada vez más fuerte y espantoso.

Otro timbrazo de trompeta, esta vez más cercano, traspasó el corazón de la Santa Virgen. La triste procesión era ahora visible, le faltaban sólo un centenar de pasos al portón. El cortejo no fue precedido por la muchedumbre, se encontraba solamente a los lados y atrás. Después del trompetista los esclavos avanzaron con aire descarado y triunfante; ellos llevaron las herramientas del suplicio. Ante aquella vista la Madre de Jesús empezó a temblar, a llorar y a torcer las manos.

Uno de esos insolentes hombres preguntó: «¿Quién es esta mujer que se lamenta?», y otro respondió: «Es la Madre del Galileo.» Enseguida la señalaban con el dedo, y uno de ellos cogió en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los mostró a la Santísima Virgen, burlándose. Pasaron los fariseos a caballo, después el chico que llevaba la inscripción; detrás de éste su Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado, bajo la pesada carga de la cruz, inclinada su cabeza coronada de espinas. Con sus ojos apagados y rojizos echó una mirada de compasión sobre su Madre.

Ella estaba mirando a Jesús, que se acercaba; tocada por aquella mirada misericordiosa tuvo que sostenerse en el pilar de la puerta para no caer, pálida como un cadáver, con los labios casi azules. Jesús tropezó y cayó por segunda vez sobre sus rodillas y manos.

María, en medio de la inmensidad de su agonía, no vio ni a soldados ni a verdugos; no vio más que a su querido Hijo. En el ímpetu de su amor, se precipitó desde la puerta de la casa entre los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado y se abrazó a él. Yo sólo oí estas palabras: «¡Hijo mío!» y «¡Madre mía!», pero no sé si fueron realmente pronunciadas, o si las oí sólo en mi mente.

Vi que algunos soldados, sin embargo, tuvieron compasión al ver a aquella Madre desgarrada por el dolor y, aunque se vieron obligados a apartar a la Santísima Virgen, ninguno le puso las manos encima. Juan y las santas mujeres la rodearon y la levantaron...

Rodeada por Juan y las santas mujeres, la Madre adolorida fue transportada y el cortejo prosiguió su triste camino... Entre tanto los soldados habían ya levantado a Jesús y le habían puesto de nuevo la cruz en los hombros. Yo vi acá y allá, en medio de la multitud que seguía a la comitiva profiriendo maldiciones e injurias, a algunas mujeres cubiertas con velos y derramando lágrimas.

Según las revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerick.

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