Pasión

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Ana Catalina Emmerick

A la exangüe luz del sol, el cuerpo de Jesús se veía más lívido y pálido que antes, por la pérdida de sangre. El centurión le arrebató de las manos a un soldado una esponja y la mojó en vinagre y hiel y, colocándola en la punta de una lanza, la puso delante de la boca del Señor.

CAPÍTULO VII

La hora de Nuestro Señor había llegado: la agonía había comenzado y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con un paño. Magdalena, rota de dolor, se apoyaba contra la cruz por la parte de atrás. La Virgen Santísima estaba de pie, entre Jesús y el buen ladrón, y, sostenida por Salomé y María de Cleofás, levantaba los ojos hacia su Hijo agonizante. Entonces Jesús dijo: «Todo se ha cumplido.»

Después alzó la cabeza y gritó con voz potente: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Después de eso, Nuestro Señor inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Yo vi su alma, como una forma luminosa, penetrando en la tierra al pie de la cruz descendiendo al limbo. Juan y las santas mujeres cayeron a tierra cubriéndose la cara.

Cuando el Señor exhaló su último suspiro, la tierra tembló y se partió el suelo de roca entre la cruz del Salvador y la cruz del mal ladrón. Todo se había cumplido. La tierra tembló cuando el alma de Jesús abandonó su cuerpo; ella le reconoció como su Salvador, mientras el corazón de sus amigos era traspasado por una espada de dolor. El último grito del Santo de Santos había hecho temblar la tierra y a aquéllos que lo escucharon; la roca del Calvario se rompió y numerosas casas se derrumbaron. Mucha gente regresaba a casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaban sus vestiduras y se echaban polvo sobre los cabellos. Todos estaban llenos de miedo y espanto. Juan se levantó y, con algunas de las santas mujeres, dieron atenciones amorosas a la Santísima Madre.

El centurión Abenadar, después de haber presentado al Salvador el vinagre, permaneció extrañamente impresionado: firme en su caballo, cerca de donde estaba clavada la cruz, miraba conmovido y fijamente la cara desfigurada de Jesús, coronada de espinas. El caballo, abatido y triste mantenía la cabeza gacha, y Abenadar, cuya alma estaba trastornada no recogió las riendas caídas. La gracia iluminó a Abenadar, su corazón duro se resquebrajó como el peñasco del Calvario; arrojó la lanza, se dio un fuerte golpe en el pecho y, con la voz de un hombre nuevo, gritó: «Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; este hombre era inocente; era verdaderamente el Hijo de Dios.»

Cuando Jesús, el Dios de la vida y de la muerte, encomendó su alma humana a Dios, su Padre, y la muerte tomó posesión de Él, su cuerpo sagrado se estremeció y se puso de un blanco lívido, y sus innumerables heridas, que habían sangrado profusamente, parecían manchas oscuras; levantó un instante la pesada cabeza coronada de espinas, por última vez, y la dejó caer de nuevo con dolores de agonía; mientras sus agrietados y lívidos labios entreabiertos mostraban su ensangrentada e hinchada lengua.

Sus manos, que hasta el momento de la muerte habían estado contraídas por los clavos, se abrieron y volvieron a su postura natural, al igual que los brazos; todo Él se aflojó y todo el peso de su cuerpo cayó sobre los pies, sus rodillas se doblaron y, lo mismo que sus pies, giraron un poco hacia un lado.

Según las revelaciones de Sor Ana Catalina Emmerick.

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