Sufrimiento

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El sufrimiento de Teresa era atroz, ya que a la enfermedad del pecho se le agrego la tuberculosis intestinal, que llevó consigo la gangrena, mientras se formaban llagas, causadas por su extrema delgadez; males que no podían en algún modo aliviarse así y se anunciaron días todavía mas oscuros. Fue ella misma a acompañar a las hermanas dentro del misterio de su pasión que se preanuncia particularmente insoportable. "No se acongojen, hermanitas mías, si sufro tanto y si al momento de la muerte no verán en mi, como ya les he dicho, alguna señal de felicidad. Nuestro Señor murió como víctima de Amor, e vean ¡cual fue su agonía!" (QC4.6.1).

Cuando la agonía de Teresa llego fue terrible y larguisima. Ha narrado la hermana Celina (Sor Genoveva): "hacia media tarde, ella se siento aferrar por dolores extraños en todos sus miembros. Posando entonces el brazo sobre los hombros de Madre Agnes de Jesús, ella se extendió hacia mi para ser sostenida, permaneció así por un instante. En aquel momento sonaron las campanas anunciando las 3 de la tarde... y nos sentimos presas de una cierta emoción. ¿Que cosa pensaba ella en aquel momento? A nosotros nos llamaba la imagen inquietante de Jesús en la Cruz, y aquella coincidencia me parece llena de misterio" (PO310).

A las cinco se dieron cuenta que el final era inminente: "Por más de dos horas una agonía terrible desgarro su pecho. Su rostro estaba congestionado, sus manos estaban moradas, tenia los pies helados y temblaba con todos sus miembros. Un sudor abundante le aperlaba la frente con gotas enormes y le escurrían sobre las mejillas. Estaba bajo el peso de una opresión creciente, a veces soltaba pequeños gritos involuntarios. A las seis cuando sonó el Angelus, miro por mucho tiempo la estatua de la Sta. Virgen..." (QG30.9).

Las ultimas palabras que Teresa pronuncio sobre la tierra, mirando al crucifijo pocos instantes antes de expirar, han conmovido el corazón de numerosos cristianos: "Oh, yo lo amo! Mi Dios... yo lo amo..." Palabras de amor en una muerte de amor, aun si mucho muy seguido se olvida por cual terrible cruz estas se elevaron hacia el Padre celeste.

Los últimos instantes antes de expirar fueron una dulcísima éxtasis que duro cuanto el espacio de un Credo, al cual asistió toda la comunidad en rodillas junto a la cama. Parecía que alguno le hablara y ella hacia pequeños movimientos como si quisiera responder: había en sus ojos una felicidad indescriptible. Un infinito estupor, como si sus esperanzas hubieran sido infinitamente superadas. Pero el estupor máximo era dado de aquello que transpiraba de su rostro en aquellos instantes supremos: parecía que el acogimiento reservado para ella por Dios fuera de una ternura y de una misericordia tal que ni siquiera ella, Teresa, lo lograba imaginar.

Había dicho un día, para explicar la ternura con la que se preparaba para ir al encuentro de Dios: " Si El me reprochara aunque sea un poco, yo no llorare. Pero si El no me reprochará propio nada, y me acogerá con una sonrisa, entonces ¡llorare!". (QC21.7.2)

Por algunas horas su rostro adquirió una belleza conmovedora, las manos de Teresa apretaban tan fuerte el Crucifijo que no lograban quitárselo, y los delicados despojos parecían de una jovencita de 12-13 años. Así como Jesús sobre la cruz, Teresa había revelado al mundo toda su eterna filialità, abandonándose en las manos de su Dios.

Aquello que conmueve de la narración de la pasión de la joven carmelita es su llamado a volverse niña, desde la sustancia misma de su ser, es decir, en su espíritu, en el alma y hasta en el cuerpo.

Yo soy "un pobre pequeño nada" decía Teresa, contemplando con temblores de pasión y de dulzura el Amor que irresistiblemente se reducía hasta ella. Y en su lecho de dolor aquel pobre nada, triturado por el sufrimiento, sabia que toda su esperanza consistía en el dejarse amar.

Aquello que Teresa hubiera querido comunicar a todos, aun reducida en ese estado de destrucción, era su sentir resumido en un escrito: "Oh Dios, como eres dulce para la pequeña víctima de Tu Amor".

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