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La Regla que el patriarca Alberto de Jerusalén dio a un grupo de eremitas latinos reunidos sobre la montaña del Carmelo a los inicios del siglo XIII recita: "Los hermanos eremitas permanezcan en sus celdas separados, día y noche meditando la Ley del Señor y velando en oración". "Meditar día y noche la ley del Señor" y entonces la formula clásica con la que la tradición monástica retomo el mando que ya el Apóstol Pablo dio a los cristianos de "rezar sin interrupción". El precepto bíblico de la "oración incesante" ha caracterizado la Iglesia entera desde sus orígenes; y es propio de tal exigencia que nace la experiencia monástica.

De ella entonces desciende la experiencia que, en el panorama del monasterio, se presentara siempre como "originaria y paradigmática".

Si a los cristianos les es pedido el empeño de hacer que "toda la vida sea una oración continua", obedeciendo en cada circunstancia a la voluntad de Dios, con el escuchar la Palabra. En lugar de eso, a los monjes les es pedido de hacer que: "la oración se volviera toda su vida". Buscando la calma interior (heyschia) y aquella exterior (desierto) así hubieran alcanzado el ideal de una oración capaz de abrazar todos los momentos de la vida, de día y de noche.

Estos eran los objetivos de los primeros siglos: "Hacer de toda la vida una oración" y "Hacer de la oración toda la vida".

Los monjes, transformados con el tiempo cenobitas, se asumen la tarea de hacer que toda la vida, se vuelva de escuchar y cumplimiento constante la "Ley de Dios", Tal ideal eremita queda como espina en el costado, para laicos y monjes, siempre pronto a resurgir en cada época de la historia eclesiástica, como impulso a una "oración total".

El Carmelitanismo ya a los inicios del siglo XIII, representa una de estos renacimientos "eremitas", que se desarrollaron según los tradicionales criterios del antiguo "hecicasmo" patrístico.
Ya la primera "formula de vida" que Alberto, Patriarca de Jerusalén, escribe para aquellos eremitas que se habían espontáneamente reunido en la montaña sagrada del Carmelo, representaba una ligera corrección del eretismo en sentido cenobítico.

El cenobíismo, consolidado de siglos, había comprendido había comprendido ya de tiempo que el eretismo puro era cristianamente peligroso porque corría el riesgo de substraer al discípulo de cristo a aquel abrazo comunitario y eclesiástico necesario para vivir en modo concreto la Encarnación del hijo de Dios. El eremita radical, en el tentativo incesante de ascender hacia Dios, podía arriesgar el olvidar la necesidad del abrazo eclesiástico de los hermanos en la fe.

Para los primeros Carmelitas la "formula de vida", representa entonces el equilibrio, como resultado del encuentro entre un ferviente y espontáneo renacer de la vocación eremita y la sabiduría ahora ya secular de la Iglesia que ofrece pequeños y oportunos correctivos comunitarios. Pero el proyecto eremita permanece sustancialmente intacto y las indicaciones de la regla son fundamentalmente aquellas elaboradas en el antiguo hesicasmo.

La experiencia carmelita agrega una cosa en especifico: aquellos primeros eremitas interiorizan un profundo sentido de responsabilidad y por el hecho que ellos estaban reunidos sobre la montaña sagrada del Carmelo, se sentían herederos directos del gran profeta Elías, universalmente reconocido como el Fundador de todo el monacato.

Con el tiempo esta certeza, que hacia subir de nuevo a los Carmelitas decididamente al periodo precristiano y se enlazaba con los origines mismos de la llegada de Cristo, en particular con la Virgen santa, hace así que ellos se sintieran con una fuerza particular y una responsabilidad eclesiástica, el problema de la fidelidad a los propios orígenes eremitas.

La experiencia eremita en el Carmelo podía durar solo algunas décadas y se concluye, con la caída del reino Latino (1261), con una forzada migración de todos los eremitas en Occidente, donde habían comenzado a transferirse desde el 1235.
En occidente los Carmelitas trataron desde el inicio de perseverar en la forma eremita, pero fueron prontamente obligados a asemejarse a las formas de vida religiosa entonces ya florecientes y volverse semejantes a las "fraternidades mendigantes" A tal fin la original "Formula de vida" viene oportunamente mitigada y aprobada como Regla de Inocencio IV en el 1247.

La propia historia de la Orden en Occidente se desarrolla antes que nada en un cierto clima de responsabilidad en lo concerniente a la antigua primigenia identidad y después en varios intentos de reforma.

El estilo de vida de los Carmelitas se volvió mas cenobítico y las fundaciones de los conventos en la ciudad reducirían su soledad hermética a un estado ideal, con una participación siempre mas activa al "cuidado de las almas" a la manera de las otras Ordenes.
Este pasaje para los Carmelitas estuvo acompañado por fuertes perplejidades: ellos sintieron todavía mas el "problema" de aquellos antiguos nobles orígenes que lo unían al profeta Elías y a los santos Padres del antiguo y del nuevo testamento; y esto lo volvía mas traumático para ellos, el deslizamiento hacia la forma cenobítica, mendigante, apostólica del vivir.
"Nosotros hemos dejado el mundo para poder servir mejor al Creador en el castillo de la Contemplación": así expresaron los documentos oficiales todavía en el 1287.

El ermitismo quedo entonces patrimonio propio espiritual de la Orden, aun si eso venia entendido sobretodo como "hermetismo del corazón", dar en la propia vida un lugar privilegiado a la contemplación. Fueron considerados como Fundadores de la Orden Elías y María. En particular, el icono de la Anunciación fue para los carmelitas aquella que mayormente expresaba el sentido y el fin de su vocación.

El radicamento popular de la Orden sucede a través de la difusión mariana, en particular a través de la devoción del Escapulario, un método simple de los fieles para confiarse a la Madre de la Misericordia que cubre a todos sus hijos con su hábito santo.

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