De las tinieblas a la luz

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De las tinieblas a la luz

Monasterio Invisible
de Caridad y Hermandad
 

 
 De las tinieblas a la luz

De las tinieblas a la luz
La noticia
Faltaban dos días para la Navidad, para mí el día más bonito del año, cuando me ha fue diagnosticado un terrible tumor maligno en el seno. El mundo se me derrumbó encima, de repente todas las certezas, las alegrías, las perspectivas de futuro se disolvieron como nieve al sol. En cuestión de un instante me hallé de nuevo en las tinieblas más oscuras, la angustia se apoderó de mi mente y me bloqueaba cada razonamiento y pensamiento, y el miedo alimentaba la desesperación, no sabía a qué agarrarme, ni qué hacer, quedé atónita y extraviada. Inconscientemente busqué el folleto de oración del Monasterio Invisible de Caridad y Hermandad y me puse a rezar y, al mismo tiempo, busqué vuestra ayuda queridos hermanos para presentar a Jesús mi grito de súplica para hallar el coraje y la fuerza para afrontar aquella que sería la última prueba de mi vida.

El hospital
Desde pequeña había tenido siempre temor del ambiente hospitalario, ahora tenía que también superar este temor y a cada cita me atrapaba una ansiedad que me cortaba la respiración. Se alternaron momentos difíciles y momentos de quietud y estos estoy seguro fueron debidos al poder de la oración, también las personas más cercanas a mí me ofrecieron su ayuda.

Cuando hablé con Conrado de mi problema, estuvimos mucho tiempo al teléfono. Me transmitió paz, serenidad y hasta la alegría de poder ofrecer al Señor este gran sufrimiento. Aquella llamada telefónica fue el comienzo de una larga serie y, gracias a él, también los momentos más oscuros se me hicieron soportables. Cuántas veces he dado las gracias a Jesús para haberme acercado a Conrado, señal tangible de la ayuda que me estaba ofreciendo.

A veces me asaltaba el miedo de haber ofendido a Jesús para merecer una prueba así grande, pasé mucho tiempo examinando toda mi vida pasada, para hallar algún hecho que hubiera afligido a Jesús. ¡Qué tonta fui! Jesús nos ama tanto que a veces nos corrige, pero esto lo entendí después, comprendí que tenía que abandonarme a Su voluntad porque sólo él podía ser mi fuerza

Primera intervención Quirúrgica
La cercanía de la intervención quirúrgica hizo aflorar en mí los miedos, las dudas y la incógnita de lo que habría de pasar junto al éxito de la intervención. La ansiedad había tomado posesión de mí y no conseguía vivir porque estaba atemorizada. A pesar de que tenía la esperanza de que Jesús continuaría ayudándome, revivía mi vida pasada presa del temor.
La gravedad del diagnóstico me había sumergido en una inquietante apatía y nada despertaba ya ningún interés en mi. Todo lo que antes me hacía alegrarme hora no me provocaba ninguna emoción, delante de mí solo vislumbraba oscuridad y experimentaba una sensación de profunda angustia que parecía no tener límites.
La espera me enervaba y nadie lograba dar respuesta a mi petición de explicaciones. La humanidad gritaba sus debilidades y sólo entonces comprobé mi fragilidad. En el momento más profundo de la desesperación, una extraña fuerza me impulsó a dirigirme a Dios y a suplicar Su ayuda, y en el rezo hallaba un vislumbre de esperanza y coraje para ir adelante. Estaba dándome cuenta de que la primera batalla era contra mi humanidad, que gritaba de través cada poro su infinita desesperación y, sin la ayuda de Dios, no habría podido actuar.

Regreso a casa
Me comunicaron el resultado de la intervención quirúrgica: el peligroso tumor no había sido extirpado completamente por lo que se imponía otra intervención quirúrgica. El mundo se me vino encima. Mi mente no lograba comprender, ¿qué estaba sucediendo? En medio de la aflicción, la nada se apoderó de mi alma y ya no lograba contener al humano que gritaba sus miedos y sufrimientos.
Era un tumor muy grande y agresivo que, en cuatro meses había alcanzado la dimensión de cinco centímetros. Cuatro meses antes me había sometido a un control pero el tumor no había sido hallado.
La doctora, que estaba siguiéndome en espera de la próxima intervención quirúrgica, decidió iniciar inmediatamente el tratamiento. Teniendo en cuenta mi joven edad y la dimensión del tumor, me ordenó un tratamiento bastante fuerte.

La Quimioterapia
Empezó así un período verdaderamente dramático para mi. La quimioterapia me anonadaba, además de dejarme sin ninguna fuerza física me estaba destruyéndo la mente. ¡No era más yo! Sentía un vació a mi alrededor y no lograba encontrar una vía de salida. Cuánta angustia sentía al verme así de cambiada. Además, otro miedo se introdujo en mi vida, el de no saber amar más. No experimentaba ninguna emoción, ningún estímulo, era como si una parte de mi cerebro estuviera bloqueada y la otra viera y entendiera este cambio que nadie me había preparado, por lo que todo parecía todavía más terrible. Cuánto lloré y, sólo en Jesús hallé la fuerza para aferrarme a la esperanza de que todo terminaría antes o después.
Las primeras cuatro quimioterapias tenían que serme administradas en el hospital, con una a distancia de tres semanas entre una y otra, mientras que las otras ocho las podría recibir en el ambulatorio.

Marzo
La cura fue tan larga que me parecía interminable. En marzo entré en hospital para la primera sesión y la angustia me provocó una sensación de náusea. El miedo a lo desconocido me hacía latir el corazón con tanta fuerza que sentía el pulso en el cuello.
Veía en torno de mí tanto sufrimiento, personas con la mirada apagada y triste, rendidas y exhaustas de curas desoladoras que se prolongaban en el tiempo.
Mi mirada se dirigió hacia una pared donde vi la cruz de Jesús. Parecía que me hablaba y me quería decir: ¿ves cuánto he sufrido yo también?. Había sufrido también por mí y pensé que habría podido hacer algo por Jesús, y le pedí por lo que todavía tenía que afrontar.
Después de siete horas terminó mi primera sesión de fármacos y el cansacio era tan fuerte que no lograba tenerme en pie. De vuelta a casa creía de morir, sentía una náusea tremenda nunca experimentada hasta entonces, dolores agudos en la espalda y en las articulaciones. No me podía controlar y me volvió a asaltar el miedo con todas sus consecuencias.

Largo período de sufrimiento
Fue el principio de un largo período de sufrimiento porque el fármaco, además de debilitar al cuerpo, había golpeado mi mente. No era más yo, el vacío reinaba por dentro y a mi ninguna emoción me estimulaba más. Me parecía de ser una persona muy diferente de como había sido, perdí aquella alegría que formaba parte de mi carácter. El rezo fue mi único y más potente aliado para combatir mi humanidad con sus miedos y debilidades y dar vigor a mi alma. Las hospitalizaciones sucesivas se presentaron con las mismas problemáticas y, a cada vuelta a casa, las consecuencias el tratamiento eran siempre peores.

Reacción alérgica
Después de la segunda quimioterapia, por culpa de una reacción alérgica me aparecieron en la cara un montón de granitos, que permanecieron mucho tiempo después de haber dejado el fármaco que me las provocaba y, a cada movimiento de la cara, me causaban dolor. Mis defensas inmunitarias eran bajas y vivía en el terror de ser atacada por algunos virus, acontecimiento que desgraciadamente sucedió y me ví obligada a acudir al servicio médico de urgencia por una fiebre alta.
En el trayecto hacia el hospital rogué y pedí ayuda a Jesús y al mismo tiempo me puse en contacto con Conrado, que rezó por mí. Me quedé en el servicio médico de urgencia en espera del resultado de los análisis. Con inmenso gozo, supe por el médico que mis valores habían regresado a la normalidad, ésto significaba que podía volver a casa, no fue necesaria la hospitalización. Di gracias a Jesús, pues estaba segura de que había sido su obra la que me evitó un ulterior sufrimiento.

La cura continúa
El cansacio iba siempre a más y notaba como si mi cuerpo estuviera muriendo por dentro. Con costernación pensaba que no tendría fuerza para soportar una cura tan desoladora y sólo de pensarlo se me cortaba el aliento. La náusea no me dejaba tranquila y era tan fuerte, que el estómago parecía destruído. Esto me impedía nutrirme y, además, me causaba unos dolores que duraban horas y no me permitían recuperar las fuerzas con la comida.
Una noche, después de la tercera terapia, me levanté de la cama toda sudada, exhausta y privada de fuerzas, caí al suelo desmayada y al llama al médico me dijo que había tenido un bloqueo intestinal debido a los fármacos antináuseas.
Suplicaba a Jesús, con el rezo, que acudiera en mi socorro y él nunca me defraudó.

Ciclo de quimioterapia ligera
Me comunicaron que el nuevo ciclo de quimioterapia sería más ligero, pensaba que el peor había pasado ya y comenzaba a abrirse paso la esperanza. Me equivoqué porque bien pronto experimenté que, a causa de mi estado de agotamiento, fui obligada a estar en cama casi todo el día. Transcurrieron seis meses, ahora me faltaba energía vital y la voluntad de luchar. ¡En esta postración recibí la noticia de que la segunda intervención no había sido definitiva, no tengo palabras para describir el inmenso desaliento, todavía tenía que ser operada! Caí en una inmensa aflicción, mientras las tinieblas me envolvían por un tormento que me parecía infinito. Había agotado todas las lágrimas, sin embargo, me agarré con todo mi ser a la fuerza del rezo, con la certeza de que muchos hermanos me estaban ayudando en la súplica a Jesús. No sé de dónde saqué las energías. Gracias Jesús.

Otra vez una intervención quirúrgica
Afronté así la intervención quirúrgica, con una esperanza amentada, experimenté la fuerza inmensa del rezo, y sentí que ya me acercaba al final de mi lenta agonía. Durante la hospitalización tuve la percepción de que Jesús estaba cerca de mí y me infundía coraje. Los primeros días del postoperatorio fueron de sufrimiento, pero mi recupración fue tan rápida que llegó a sorprender a los médicos, que has me hicieron salir del hospital con dos días de antelación.

Epílogo
He reflejado mucho sobre mis miedos pasados y cómo el sufrimiento me transformó las experiencias me revelaron la profundidad y el verdadero sentido de la vida y, todavía más, descubrí la esencia del amor de Dios, cómo me apoyó en los momentos oscuros. He comprendido que la única cosa que vale en la vida es el amor, tanto el que se logra dar, como el que se recibe de las personas, y que todo lo demás puede turbar la serenidad del vivir cotidiano. El efecto más terrible del tratamiento fue su incidencia sobre la mente, me alteraba el ritmo, la naturaleza, y me provocaba una sensación de nada, de vacío y de tinieblas. Esto unido a la incapacidad de poder comunicar una experiencia tan dramática, hizo que me sintiera humanamente sola en la incomprensión.
El sufrimiento aniquilaba mi humanidad, que gritaba su desesperación y me debatí en un duro combate entre la aflicción y la exigencia del alma que me invitaba a confiarme mediante el rezo a Jesús.
Ha sido maravilloso, el socorro de Jesús, experimentado en mi interior, y el rezo de tantos hermanos. Sin ustedes me habría rendido a la enfermedad. He superado el desafío y ahora sólo experimento alegría y un sentido de libertad unidos a la certeza que no estaré sola nunca más, porque siempre tendré a Jesús en mi corazón.
Deseo con toda la fuerza que tengo en el corazón dar las gracias a todos los hermanos del Monasterio Invisible de Caridad y Hermandad, porque de través vosotros el Señor ha acogido mis súplicas. Ahora puedo gritar toda mi alegría, me siento renacida en cuerpo y alma, no olvidaré nunca que me habéis permitido, a través de los rezos, superar la más larga noche de mi vida.
Un inmenso gracias a Conrado, que ha sido la señal más grande y visible del amor de Jesús.
. Constanza 24 noviembre 2006

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