Para orar bien tienes que librar tu corazón de cualquier preocupación o de las fatigas acumuladas durante el día. Debes también despejar la mente de pensamientos que te recuerdan eventos del pasado o del mañana.
Si te es posible, busca un sitio tranquilo, lejos de bullicios que distraigan los sentidos y la concentración en la meditación. Cuando lo encuentres, acostumbra a tu cuerpo a rezar a la misma hora, De esta forma tu voluntad se verá reforzada para vencer la pereza o los malos hábitos.
Ahora comienza a orar meditando en el sacrificio de Jesús y, así, sobre la esencia de su corazón, encontrarás la llama que te calienta el corazòn.
- Eleva las oraciones de súplica por tus pedidos y los de otros hermanos.
- Abre tu corazón al amor de Dios.
- Alábalo con salmos.
- Agradécele al final, las infinitas gracias recibidas.
Jesús vivo esta a tu lado, te escucha, te consuela, y te invita a seguirlo. Y tú, en la oración, escúchalo y no te desilusionará, por las inmensas gracias que derramará sobre ti.
Jesús es amor. Se entra en comunión con Él si se ama y en la medida con que se ama. El alma que ama y a quien el amor ha introducido en la morada en que reside el Amor mismo, puede hablarle. El rezo es este coloquio. Jesús no resiste al amor que le reclama: «Él hace la voluntad de los que hacen su voluntad» dice el salmista. Es al amor que son debidas estas comunicaciones divinas que han arrancado de sus felices beneficiarios tales exclamaciones sorprendentes: «Señor, te suplico, detén el flujo de tu amor... no puedo más». Jesús atrae las almas orantes con una fuerza irresistible, las asocia a él, las hunde en el hogar de amor que es su Ser; les arranca himnos de alabanza y de adoración ardiente.