Jesús es amor

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Monasterio Invisible
de Caridad y Hermandad
 

 
 Monasterio Invisible de Caridad y Hernandad

 Resumen

  1. Para orar bien
  2. Pensar en una comunión
  3. Oración de curación

Para orar bien
tienes que librar tu corazón de cualquier preocupación o de las fatigas acumuladas durante el día. Debes también despejar la mente de pensamientos que te recuerdan eventos del pasado o del mañana.

Si te es posible, busca un sitio tranquilo, lejos de bullicios que distraigan los sentidos y la concentración en la meditación. Cuando lo encuentres, acostumbra a tu cuerpo a rezar a la misma hora, De esta forma tu voluntad se verá reforzada para vencer la pereza o los malos hábitos.

Ahora comienza a orar meditando en el sacrificio de Jesús y, así, sobre la esencia de su corazón, encontrarás la llama que te calienta el corazòn.

  • Eleva las oraciones de súplica por tus pedidos y los de otros hermanos.
  • Abre tu corazón al amor de Dios.
  • Alábalo con salmos.
  • Agradécele al final, las infinitas gracias recibidas.
Jesús vivo esta a tu lado, te escucha, te consuela, y te invita a seguirlo. Y tú, en la oración, escúchalo y no te desilusionará, por las inmensas gracias que derramará sobre ti.

Jesús es amor. Se entra en comunión con Él si se ama y en la medida con que se ama. El alma que ama y a quien el amor ha introducido en la morada en que reside el Amor mismo, puede hablarle. El rezo es este coloquio. Jesús no resiste al amor que le reclama: «Él hace la voluntad de los que hacen su voluntad» dice el salmista. Es al amor que son debidas estas comunicaciones divinas que han arrancado de sus felices beneficiarios tales exclamaciones sorprendentes: «Señor, te suplico, detén el flujo de tu amor... no puedo más». Jesús atrae las almas orantes con una fuerza irresistible, las asocia a él, las hunde en el hogar de amor que es su Ser; les arranca himnos de alabanza y de adoración ardiente.

Pensar en una comuniòn
con la vida misma de Dios podrìa parecer una blasfemia y ofensa a la Majestad Divina. Aunque esta es la definiciòn de la gracia santificante, en la autèntica doctrina de la Iglesia. ¿Porque, entonces, desgraciadamente, queda para muchas almas, abstracta y sin significado?.
Si la Infinita Misericordia se ha dignado a regalarnos este incomparable don, ¿es quizàs glorificar a Dios el no adherirnos al plano de su economìa?.
Pero, por otra parte, ¿còmo salvaguardar la majestad y la trascendencia divina?.
Cuando el alma entra en sociedad con el Padre y el Hijo a travès del Espìritu Santo y en Jesucristo, las disposiciones que la agitan y los sentimientos que se aprovechan de ella la ponen en condiciones aptas para adquirir el sentido de la trascendencia divina en grado notable.
  • Antes de todo, mirando en el Infinito y abrièndose a Èl, el alma se siente extemadamente pequeña, dèbil e impotente. Queda como anulada ante la presencia de la Majestad de la Santidad de Dios y empieza a conocer màs profundamente, en un solo instante, su nada, no a travès de los años de meditaciòn sobre la pequeñez de la criatura humana. Y como Pedro, presintiendo la divinidad de Jesùs, grita: "Alèjate de mì, Señor, que soy un pecador".

  • En la luz de Dios, el alma vè en sì misma tinieblas y miseria, tiene la aguda sensaciòn de presentarse ante Èl con las manos vacìas, mientras revive el pasado ante sus ojos, pesado de pecados, de infidelidades, de resistencia al Amor.
    Entrar en la seguridad de la presencia, de la cercanìa y de la posesiòn de Dios, tres veces santo y viviente, que llama al alma a acercarse a Ella y a unirse a Èl en el Amor, es purificaciòn muy eficaz aunque dolorosa. Entonces el alma descubre que el don de Dios es totalmente gratuito.
    Hasta aquel momento sabìa, por razonamiento, que en el campo de lo sobrenatural no tenìa ningùn derecho y que todo es don de la misericordia infinita.
    Pero, practicamente, cuando la fe era puesta a prueba, cuando se arrastraba mìsera y dolorosa en una impotente aridez, no siempre podìa dominar un poco de resentimiento y de amargura. De Hecho, a veces, estaba pròxima, estaba allì, allì culpando a Dios de dejarla en aquel estado.

  • Si luego la luz, de tanto en tanto, venìa a esclarecer las tinieblas, le parecìa cosa natural que Dios le concediese similares consuelos. Aun no habìa entendido que en el Cristianismo todo es dado gratuitamente y todo viene desde arriba.
    No estaba todavìa preparada para comprender el significado de "el don de Dios".
    Pero cuando Dios se abre, siente que la acciòn divina lo envuelve, que Dios se le comunica y ella no puede no dejarse invadir por el Amor Infinito.
    Movimiento instintivo del alma entonces serìa tocar a Dios, aferrarlo, pero una vez màs no comprende que carece de poder para alcanzar a Dios por propia iniciativa.
    No existe medio con que el alma pueda adquirir, con mayor intensidad, el sentido de la grandeza extraordinariamente inmensa de Dios: "Si conocieras el don de Dios".

  • En fin, y tal vez sobretodo, recibe la convicciòn de que el ascenso espiritual se consigue solamente por medio de Jesùs, en Èl y con Êl.
    El alma no sabe entrar en absoluto: Jesùs la ha transformado por completo, la ha elevado al grado de la vida divina y la ha introducido.
    El Divino Maestro le ha otorgado esta extraordinaria gracia, que se le aplica y comunica constantemente.
    Jesùs, tras haberla incorporado a Sì, la asocia a la propia vida, a la vida que Èl difunde y vive en el propio Cuerpo mìstico: la Iglesia.
    Viviente asì de la vida de Dios, el alma se presenta a la Santìsima Trinidad como uno de los miembros de Jesùs, unido a los demàs, a todos los Santos y, primera, entre todas las criaturas, a la Virgen Marìa, Madre de Jesùs y Madre nuestra.
    Con Jesùs el alma se atreve a dirigir al Padre la misma oraciòn, participando de la plegaria del Hijo, a su ofrecimiento, a su amor filial que el Espìritu Santo inspira.
    El Espìritu Santo enseña al alma a conocer al Padre y al Hijo, a hablarles con sencillez y con confianza amorosa. Ella ya no siente temor, porque se siente en familia: verdadera hija del Padre Celestial.


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Oraciòn de curaciòn

En las tribulaciones, en las angustias y en el miedo
mi grito te llegue como el de los apòstoles en la barca
a merced de la tempestad: "Maestro, que nos hundimos".
Entonces Tù calmaeste el viento y el mar,
el viento cesò y hubo una gran bonanza.
Calma las tempestades de mi alma y expulsa mis angustias.
Libèrame de los miedos que me quitan la paz.

En el tormento de la enfermedad, en el dolor,
te quiero suplicar como aquel leproso que te conmoviò.
Èl ha extendido la mano, Lo has tocado
y has dicho: "Quiero, queda limpio" y quedò curado.
Estoy a la espera, extiende tu mano y tòcame.

Cuando la gravedad de la enfermedad me robe toda esperanza,
quiero gritar como el ciego de Jerìcò:
"Hijo de David, ten piedad de mì"
y aunque muchos le reprobaban, èl gritaba màs fuerte.
Entonces Tù lo llamaste y le dijiste:
"¿Què quieres que haga por tì?" y quedò curado.

No me importa que haya muchos que quieran callarme,
no quiero perder la esperanza y sucumbir,
y ahora grito màs fuerte: "Jesùs, ten piedad de mì".
Espero con ansiedad que Tù me preguntes: "¿Què quieres que haga por tì?".

Tù has socorrido a tus apòstoles mientras cansados y fatigados estaban
en la barca agitada por las olas y el viento contrario.
Has caminado sobre las aguas y les has dicho:
"Ànimo, soy Yo, no tengàis miedo".

A Pedro, que deseaba salirte al encuentro, les has dicho: "Ven!".
Cuando por la violencia del viento, se asuntò y comenzò a hundirse,
saliste en su ayuda y Le has tendido la mano.
Apenas subiste a la barca, el viento cesò.

Si camino para salir a tu encuentro,
si me estoy precipitando en el abismo de la desesperaciòn
y la fe no me sostiene, acude en mi ayuda,
tièndeme la mano y sàlvame.

Ven Jesùs, porque donde Tù estàs no puede haber mall.
Has socorrido cada enfermedad,
has respondido todo grito,
te has conmovido por cada miseria.

Los ciegos han recuperado la vista,
los sordos, el oìdo, los mudos el habla
los paralìticos, la salud, los muertos han resucitado.
Ahora escucha mi grito incesante: "Ven, Señor, cùrame."

En tu nombre Jesùs, està adjunta Tu potencia
y sòlo tu presencia me puede curar.
Estoy aquì ante Tì.
No mires mis pecados y perdòname,
làvame en tu sangre y quedarè libre.

Escucha el grito de auxilio que sale de mi interior.
Entra en mi corazòn, salva mi alma,
cùrame de esta aflicciòn y sufrimiento.

Gracias Jesùs, por todo lo que estàs haciendo por mì.
Gracias por tu amor.

- Caris. Corrado
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