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* El volumen "Para volar en el Cielo de Dios" ha hecho aflorar en mí sentimientos muy difíciles de describir. Mis escaparates no son las joyerías sino las librerías. Cuando descubrí el sitio del Monasterio Invisible de Caridad y Hermandad, después haber vagado en Internet y probado otros sitios católicos, me he quedado parada. Tuve la sensación de haber llegado al sitio justo, ahora lo confirmo. Al ver que había 4 libros que leer, mi curiosidad fue tal que me he dedicado a la lectura del último, "Para volar en el cielo de Dios".
Lo he leído velozmente. Con esta primera lectura no me he forjado una opinión sino que me he quedado confusa e inexplicablemente atraída. Me dije, no es catequesis, ni evangelización de internet, ni una advertencia hecha por dos personas fanáticas cristianas, como conozco muchos. Me dediqué a una lectura más profunda, para entender mejor. A medida que avanzaba con la lectura, mis ideas preconcebidas quedaron eclipsadas. Mientras leía tenía la sensación de no estar sola. ¿Estaba soñando? Aquellas frases, aquellas palabras se fijaban en mi mente, penetraban en mi corazón regalándome emocionas nunca experimentadas al leer un libro, era feliz, estaba leyendo las respuestas a mis muchas preguntas.
Soy una lectora encarnizada, sobre todo últimamente, de libros espirituales, tengo una librería dotada, su lectura me ha abierto el corazón, la mente, ha reforzado el deseo de conocer y amar Dios. Además de la belleza y de su precioso contenido, la simplicidad de este libro ha sido desconcertante, posee el don de hacerte sentir partícipe de lo que lees, es decir, me he sentido parte del libro, lo vivía, era la primera vez que me sucedía, estaba en aquellas páginas, vivía aquellas palabras, las sentía vivas y me sentía viva. Sus frases antiguas y nuevas, hablan y se hacen entender para quien las lee, sea una persona culta o no. Estoy segura de que las sensaciones que producen son iguales para todos, aunque experimentadas y acogidas según el estado de ánimo de ada momento, según las propias experiencias de vida. Me sentía como si estuviera dialogando con un padre espiritual, que con su dulzura me daba explicaciones, sin hacer catequesis, sin imponerse, pero con la simplicidad que sólo el amor y la humildad pueden dar. Percibía una fe auténtica, amor en las confrontaciones de Dios, y con estupor sentía amor también hacia a mí.
Me preguntaba cómo era posible que, de la lectura de un simple libro, con evocaciones de acontecimientos felices y desdichados, ninguna otra lectura me haya generado tantas emociones. Me ha despertado sentimientos dormidos y he experimentado el gozo de aprender que no es necesario hacer acciones grandiosas para estar en gracia de Dios, que basta vivir la propia vida cotidiana eliminando todos aquellos defectos de nuestro carácter, actitudes equivocadas respecto a los otros, rencores y resentimientos que nos hacen más mal a nosotros mismos que a la persona a la cual son dirigidos. Males que obstaculizan el camino de la vida espiritual y la simple vida de todos los días. Sólo con que una frase de esta lectura permanezca impresa en mi mente es suficiente para abrir una brecha sobre ese camino que se llama amor. Y el amor, se sabe, sana todos los males espirituales y hace aceptar los fisicos.
Ahora tengo la verdadera conciencia de que, si caigo, y caigo frecuentemente por tener siempre las rodillas peladas, Dios está cerca de mi para ayudarme pacientemente a levantarme más firmemente que antes. Tengo que aprender a usar mi rodilla sólo para ayudar a un hermano o a una hermana que tiende su mano para recibir "la limosna" y con "la limosna" regalarle una sonrisa y una caricia, porque yo no soy diferente de ella o de él a los ojos de Dios y de los hombres.
Rosa 15 octubre 2006
* Muchos, hoy, se sienten perdidos y vacíos y persiguen falsos ídolos o dudosas ideologías. Vivimos un momento de confusión, de pérdida de ideales, de valores morales y religiosos.
Las almas vagan ciegas a la búsqueda de sí mismas o, peor, han abandonado cualquier búsqueda. Este sustancioso libro, "Para volar en el cielo de Dios", se muestra como un camino revelador de la verdadera meta: la búsqueda de nosotros mismos, de la senda que lleva a la Verdad, al Bien Supremo. Esta búsqueda, como ya observaba San Agustín, se realiza no "fuera" sino "dentro" de nosotros.
La obra de los hermanos Guelpa introduce y guía "el camino" siguiendo las enseñanzas evangélicas del Maestro. El libro indica cuáles han de ser los pasos a seguir para alcanzar aquel estado de Gracia que nos libere y nos permita acercarnos, recibir el amor y el consejo del Creador:
Extirpar la soberbia y el orgullo, principales enemigos de nuestra salvación, de nuestra verdadera esencia, creada para amar. Conquistar la humildad, combatir los principales pecados que oscurecen la mente y el ánimo. Prepararse, por fin, para realizar aquel viaje interior de siete estadios - recuerda a S. Teresa de Avila en "El castillo interior"- que, a través de no poco sufrimiento y lucha contra "el humano" y mediante un constante y profundo rezo nos conduce a abandonar nuestro viejo y desgastado vestido para preparar un "vestido nuevo" con el que presentarnos al Señor y hacer Su Voluntad.
Isabel 12 Enero 2006 |
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