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Para afrontar este tema, primero pondremos en relación, de hecho, la fe no teme a la razón, la búsqueda y en ella confía. Para Juan Pablo ll: La fe y la razón son como dos alas con las que el espíritu humano se levanta hacia la contemplación de la verdad. Y este deseo de conocer la verdad brota del corazón del hombre donde Dios lo ha puesto.

Todavía más, especifíca Santo Tomás de Aquino: La fe es de alguna manera un ejercicio del pensamiento; y la razón del hombre no se anula ni se envilece dando el consentimiento a los contenidos de la fe.

Y en nuestros dias, donde la razón nos ofrece muchos interrogantes, se desarrolla poderosos el deseo de conocer cada vez más a fondo las verdades fundamentales que la fe propone como sentido de la existencia. He aquí que "Dios, en cuanto fuente de amor, desea darse a conocer, y el conocimiento que el hombre tiene de êl, lleva a cumplimiento todo; verdadero conocimiento que su mente está a nivel de alcanzar, el sentido de la propia existencia". (Carta Encíclica Fides e ratio).

De hecho, para todos llega el momento en el que se necesita anclar la propia existencia a una verdad reconocida como definitiva, que confiera una certeza no sometida ya a la duda; una seguridad de la verdad y de su valor absoluto.

Pues la fe es el fundamento de lo que se espera y prueba de lo que no se vé, en sí misma no necesita soportes teoréticos, puesto que sus raices ahondan en la autoridad absuta de Dios y en la credibilidad de los contenidos que revela, puesto que Dios mismo se hace avalista.

No hay necesidad de investigaciones científicas e instrumentales para creer al niño que corre hacia los brazos de su mamá, porque él sigue la razón de su corazón al percibir el amor de la madre. Y es siempre el corazón el que empuja a una madre a acudir en ayuda del propio hijo para abrazarlo, consolarlo, ayudarlo y hacer cualquier sacrificio por él. Son los hechos los que testimonian la bondad de nuestras acciones y demuestra como actúa por amor. No hay necesidad de otra cosa ni de pruebas científicas.

Intentemos responder: ¿Quién era Jesucristo? ¿Cómo juzgar lo que ha enseñado y obrado durante su vida terrenal?. La respuesta la podemos deducir de sus primeros seguidores, los cristianos, que por seguir a su Maestro han sufrido la persecución y la condena a una muerte atroz. Su suerte podía cambiar sencillamente negando a Jesús, pero ellos prefirieron dar un gran testimonio eligiendo el martitio.
¿Qué habían visto y oído para ser tan valientes? ¿Qué ardía en su corazón, tan importante, para hacerlos superar el valor de la vida?.

Los verdugos se inventaban nuevas y feroces torturas sólo para debilitar la fe en estos creyentes, pero ellos, colocados en sillas calientes, colgados, flagelados, reducidos a un amasijo de carne que los mismos leones rechazaban: estaban orgullosos de perder la vida por el amado Jesús.

Frente a los mártires, muchos espectadores se preguntaban asombrados: ¿Quién es Éste por el que se puede morir de este modo tan atroz?. La fuerza del amor es transmitida a sus corazones para dar testimonio de amor. Y muchos se convierten porque este tipo de supremo testimonio hace brillar, más allá de toda duda, la fe, la seguridad y el amor.

Para que nazca la fe se necesita descubrir el corazón palpitante de Jesús a través de los Evangelios. Allí está escrito que el Salvador curaba toda enfermedad, hacía oír a los sordos, hablar a los mudos y recuperar la vista a los ciegos. Acudía con compasión a cada grito de ayuda; era tan misericordioso que trae un trozo de cielo a nuestro corazón.

Aun hoy Él nos exhorta a escuchar sus maravillosas enseñanzas para ponernos en camino tras sus huellas. El Maestro nos ha enseñado una sencilla filosofía, pero de un modo extraordinariamente eficaz para transformar nuestro corazón. Su obrar lo ha pagado con la vida, una muerte tan horrenda y atroz para testimoniar más allá de toda duda posible, su estupendo amor por nosotros. Sí, Jesús ha sido coherente: hacía lo que enseñaba, y con ello demostraba ser Hijo unigénito y era el mismo Dios Padre El que daba testimonio a través de sus prodigios. Luego, incluso los Apóstoles lo han testimoniado con la vida. ¿Puede haber una forma más fiable que ésta?.

Creer en las verdades reveladas es el punto de partida para tener una experiencia personal del misterio. La fe es necesaria como el aire que respiramos, y es la luz que alumbra toda nuestra existencia porque nos revela nuestro mañana y nos hace caminar jubilosos en la vida espiritual, nos concede la esperanza de alcanzar la meta prometida donde reinan en grado supremo amor y felicidad.

Muchos místicos y grandes Santos han hablado y muchos otros lo harán en el futuro de la realidad de Dios, pero non ah tenido éxito al traducir con palabras humanas las realidades en las que estaban inmersoso. Y las cosas de la tierra, las más maravillosas, como las más delirantes, son nada respecto a las maravillas celestiales.

Éste es el reino de Dios, una realidad en la que está el Amor operante, un sitio alcanzable sólo a través de la fe. Y, a través de ella, volar como en las alas del águila, para acercarnos a aquellas alturas nunca vistas ni pensadas.

De seguido, podrás enriquecer tu ruta para comprender el significado de creer las verdades y los enemigos de la fe, las enseñanzas de San Agustín, Santo Tomás y los Padres.

Recuerda que el fundamento de todo camino espiritual es inherente a la oración, y es sólo a través de ella que Dios se nos acerca y nos puede abrir la mente a la comprensión de las realidades a veces desconocidas.

Cierto, existe la oración dominical, pero luego durante toda la semana somos absorbidos por las seducciones del mundo y Dios se oscurece a nuestra mente y queda olvidado en cualquier rincón de nuestro corazón. Pues bien, sepan que existe un poderoso grupo de oración pensado para tí, para que tú puedas participar junto a otros maravillosos hermanos en una estupenda experiencia de encuentro personal con Jesús vivo, a través de la plegaria, desde tu propia habitación.

Acogamos la invitación de Jesús: "Porque donde dos o tres se reúnen, allí estoy Yo en emdio de ellos". (Mt 21, 22). No es, pues una oración solitaria sino en comunión con otros hermanos, invita Jesús a estar en medio de nosostros.

El mismo Jesús nos asegura: "Todo lo que pidáis con fe en la oración lo obtendréis" (Mt 18,20). He aquí la posibilidad de experimentar la infinita Misericordia de Dios y el amor fraterno de muchos hermanos, participando en este grupo de oración "Monasterio Invisible de caridad y fraternidad".

Pincha aquí ahora si quieres saber más, o más tarde, tras heaber leído y meditado las interesantes páginas dedicadas a profundizar en la fe.

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