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Fe - Palabra de los Padres

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ISAAC EL SIRIO
La seguridad de la fe en Dios no es una correcta confesión, si bien ésta es la madre de la fe, es un alma que contempla la verdad de Dios con toda la fuerza de la vida...La certeza de la fe se revela al alma en la medida de la elevación que le deriva del comportamiento, en una actitud que tiende a los mandamientos de Nuestro Señor.

La fe es el ala de la oración. Si tienes confianza en el proyecto de Dios y si crees que Él vela sobre todo lo que haces, entonces no usarás la astucia de los hombres. Todo es posible para la fe, si la mirada del hombre está en Dios y no en las cosas.

La negligencia y la paereza privan al hombre de la ayuda de Dios y, como consecuencia, hacen vacilar la fe del hombre en Dios. En medio de las tentaciones se adquiere una fe cierta, gracias a la larga experiencia que se tiene de la ayuda divina. La fe tiene necesidad de una mente pura y sencilla, alejada de los análisis y de toda búsqueda [de medios].

Hasta que el alma no ha conseguido la emoción de la fe en Dios, la capacidad de percibir su potencia, la debilidad de los sentidos no puede ser sanada, ni es posible dominar con fuerza la materia visible que actúa como pantalla a lo que es interior y no puede ser percibido.

En los que crecieron los corazones la luz de la fe ya no tienen la impudencia de orar por sí mismos: Ni siquiera tienen la impudencia de pedir a Dios "Dânos esto" o "Quítanos aquello". No hay nada de sí mismos por lo que preocuparse. A través de los ojos espirituales de su fe, en todo momento, contemplan... al verdadero Padre que, en su inconmensurable amor... tiene el poder de proveer para nosotros de modo sobreabundante, más allá de cuanto pedimos, deseamos y pensamos.

La fe, en todo lo que le es propio, se opone a las leyes del conocimiento. Tal es la fe del conocimiento; más allá del examen y de la búsqueda, ella no tiene el poder de hacer nada. El conocimiento define la naturaleza y la custodia en todos sus caminos; pero la fe es superior respecto a la naturaleza. ¿Cómo?. El cuerpo no puede caminar sobre la superficie del agua y quien juega con fuego se quema, y es peligroso comportarse contrariamente a tales leyes. Y el conocimiento está atento a respetarlas. La fe, sin embargo, manda sobre ellas y dice: "Si pasa por las aguas, yo estaré contigo, si por los rios no te ahogarás" (cf. Is 43,2) ... Gracias a la fe muchos han entrado en las fauces de las llamas...han caminado por el mar como por tierra firme. En realidad, todas estas cosas son más altas que la naturaleza y contrarias a todo método de conocimiento.

No hay saber, por cuanto y rico pueda ser, que no le falte algo. En cuanto a la fe, el cielo y la tierra no pueden contener sus tesoros. El que funda los corazones en la esperanza hace que al la fe no le falte de nada. No tiene nada, pero para la fe lo posee todo. El mismo conocimiento, en todas partes lo elogia y lo teme. Pero, ¿qué dice la fe?. Esto: "Se asustó y empezó a hundirse" (Mt 14,30). Y aun: "Tú, pues, cíñete los lomos, levántate para decirles todo lo que yo te ordenaré. No tiembles ante ellos, no sea que te haga yo temblar en su presencia" (Jer 1,17). El conocimiento ordena examinar cada cosa desde el principio al fin, y sólo entonces se pone manos a la obra, por miedo de cansarse inútilmente. Pero, ¿qué dice la fe?. "Todo es posible para el que cree" (Mc 9,23; 10,27).

Oh indecibla riqueza. Cuanta confianza, cuanto gusto y esperanza hay en su camino. Qué ligeros son los fardos con los que nos carga. El que es digno de gustar la dulzura de la fe y vuelve al conocimiento "psíquico", ¿a quién se parece?. Al que ha enontrado una preciosa perla y la cambia por un pedazo de cuero. El conocimiento no es desdeñable, pero la fe lo supera. Si rechazamos, no es el conocimiento lo que rechazamos. El conocimiento es un nivel a través del cual se pone a la altura de la fe.

La fe de la que hablamos aquí no es aquella por medio de la cual creemos en la Santísima Trinidad que adoramos o en la maravillosa economía de la encarnación.
A esto llamamos fe: a la luz inteligible que por medio de la gracia se elva en el alma y, sin dejar lugar a dudas, confirma al corazón en la certeza de la esperanza. Tal fe puede no puede transmitirse por tradición oral, pues ella misma es potencia del Paráclito mismo que, gracias a la fuerza de la fe, inflama, como el fuego, todas las partes del alma. Se lanza y en su esperanza, desprecia todo peligro.

Pide a Dios que te conceda llegar a la medida de la fe. Ora, pues, sin esperar, pide con lágrimas, demanda fervientemente, suplica con todo el corazón hasta que hayas recibido. Estas cosas te serán dadas si, ante todo, con toda tu fe, te haces violencia por confiar en Dios tu preocupación y por sustituir tu previsión por la providencia de Dios. Entonces, cuando ve tu voluntad, cuando ve que, en plena pureza de corazón, quieres fiarte de Dios en las cosas que te preocupan y que has hecho violencia a tu alma con el fin de esperar en Él más que en tí mismo, entonces aquella potencia para ti desconocida pondrá en tí su morada, de modo que sentirás en todos tus sentidos la potencia de Aquel que opera en tí.

Pero si te has dejado coger por el conocimiento del mundo te será más fácil liberarte de lazos de hierro que de él. Nunca escaparás de las trampas del error. Jamás serás libre y confiado ante Dios.
Reza con toda sencillez, desde el fondo de tu debilidad, para vivir bien ante Dios, vivirás sin preocupaciones. Por lo tanto, si quieres vivir en las cosas de Dios, no dejes lugar a pensamientos enfermos. Si todas las aflicciones, los malestares y los peligros te rodean y te asustan, no te ocupes de ellos, no pienses en ellos.
Si de una vez por todas estás confiado en el Señor, que por sí basta para custodiarte, y si lo sigues, entonces, no te ocuparás de nada más. Entonces verás actuar las maravillas de Dios: como Él está cerca en todo tiempo y libera a los que le temen y cómo su providencia le rodea, si bien no se vé.

La fe requiere también las obras. La esperanza en Dios necesita el testimonio del conocimiento y éste nace del esfuerzo por la virtud. Un hombre temeroso manifiesta dos enfermedades de su naturaleza: el amor por el cuerpo y la escasez de fe. La audacia del corazón y el desprecio del peligro proceden de una de estas dos causas: o por la dureza del corazón o por una profunda fe en Dios, pero a la primera se adhiere orgullo y a la segunda la humildad del corazón.

"Vigilad y orad" (Mt 26,41) ... "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá: porque el que pide recibe, el que busca encuentra y a quien llama se le abre" (Mt 7,7-8). Bienaventurado el indecible estímulo del que da y nos exhorta a pedirle: "Pedidme y os daré carismas divinos". Y el Señor provee para nosotros, en todo lo que tengamos necesidad, como Él sabe. Estas palabras nos infunden ánimo y confianza. Si estás de la virtud de la perseverancia, no esperes obtener de la oración un verdadero consuelo: cada obra se mide por la perseverancia que se pone en ella. Toda actividad espiritual (plegaria, ayuno, vigilia) sin perseverancia, no da frutos porque entonces, a pesar de tu esfuerzo, es como si sólo hubieses empezado.


JUAN CLIMACO
La fe es el ala de la oración. Si rezo sin esta ala, mi corazón la abandonará. fe quiere decir firmeza establede la mente, sin jamás choque ni dificultad alguna. Quien la posee sabe que Dios lo puede todo y que, si cree, obtendrá. La fe abre la puerta de la buena esperanza, lo demostró el ladrón. No digas que no has obtenido lo que has pedido rezando continuamente, porque has sido benefiaciado espiritualmente. ¿Qué bien más sublime, en efecto, puede ocurrirte estando unido al Señor y perseverar ininterrumpidamente con Él?

BASILIO EL GRANDE
Por eso debemos redirigir nuestras demandas con gran atención, según la voluntad de Dios. Si luego no somos escuchados, debemos saber perseverar e incluso insistir con fuerza según la parábola del Señor insistiendo en la necesidad de "orar siempre sin cansarse" (Lc 18, 1), según lo que Êl dijo en otro pasaje "yo os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por la inoportunidad, se levantará y le dará lo que que necesite" (Lc 11,8).

ANTONIO EL GRANDE
Hijos mios, no me canso de rezar al Señor por vosotros, para que reconozcáis la gracia que os ha sido reservada. Dios, en efecto, en su misericordia, hace a cada uno vigilante mediante los medios de su gracia. Por lo tanto, no os canséis, hijos mios, y no descuidéis la invocación al Señor noche y día, al fin de inducir la voluntad de Dios Padre a concederos una ayuda desde lo alto y a enseñaros lo que debéis hacer.

MACARIO EL GRANDE
Quien, por dilación, o por paciencia de Dios, no recibe de inmediato la gracia, se inflama aun más. Pero más el Señor difiere y perdura, poniendo a prueba la fe y el amor a su voluntad con más ardiente, infatigable, intenso e incansable fervor, debe buscar el don de Dios, habiendo creido una vez por todas y en la plena certeza de que Dios no miente y es sincero, Él ha prometido dar su gracia a los que la piden con fe y perseverancia hasta el final.

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