Los cuatro niveles del amor

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De San Bernardo de Chiaravalle


La base es el amor, que es la ley fundamental de la Trinidad. No se trata, cierto, de una ley impuesta por Dios desde el interior. No parece absurdo lo que dicho, que también Dios vive de una ley: yo no diría de una ley que no fuese la de la caridad. ¿Qué es lo que la Bienaventuranza y la Trinidad conservan en suprema e inefable unidad si no es la caridad?. Es, pues una ley, una ley del Señor, la ley de la caridad, que empuja a la Trinidad a la unidad y la encierra en un enlace de paz. Pero no se crea, a este propósito, que yo conciba la caridad como una cualidad accidental, sino que la concibo como la sustancia misma de Dios, pues no es una doctrina nueva ni insólita, dado que dice San Juan "Dios es amor". Por eso la caridad puede ser definida como Dios. Sin el amor no sería Dios.

Dios ha amnifestado al máximo nivel su amor a través de la Encarnación del Verbo. Dios sabía perfectamente que la criatura es de carne y que ella sólo es capaz de un amor carnal, por eso ella habría dado todo su ser sólo por el amor salvífico de la carne. Él conocía perfectamente el corazón del hombre y que los medios que fuesen capaces de escrutar los sentimientos del hombre. Queriendo, pues, reconquistar a la noble criatura del hombre, Dios dijo: Si lo obligo contra su voluntad, obtendré un asno, no un hombre. Él no volverá ni libre ni espontaneamente, y no podrá decir: de todo corazón te ofrezco un sacrificio. Y Yo, ¿deberá dar mi Reino a un asno?. ¿Quizás tenga Dios cuidado de los bueyes?. Buscaré, entonces - Continuó Dios - hacerlo volver a Mí mediante el temor. Quizás así consiga que se convierta y viva. Y Dios amenazó al hombre con los más terribles castigos que se puedan imaginar: tinieblas eternas, gusanos inmortales y fuego inextingible. Pero ni aun así el hombre regresó a Dios. Entonces Dios se dijo: el hombre no es sólo un ser miedoso, es también un ser codicioso. Le prometeré lo más desea.

Los hombres codician oro y plata y cosas similares; pero más que todo desean vivir. Sobre esto no hay duda. Está claro. Y Dios añade: si los hombres desean esta vida terrenal, mísera, pesada y precaria, ¿cuánto más desearán mi vida tranquila, eterna, bienaventurada?. Y Dios prometió al hombre al vida eterna: prometió lo que ojo jamás ha visto, oído, oyó: lo que jMá el hombre ha soñado. Pero Dios ni así consigue nada. Y Dios dijo: no me queda sino una última cosa. El hombre no tiene sólo miedo y deseeo, quiere también amor. Y ninguna otra cosa es más fuerte que el amor para atraerlo. Por este motivo Dios ha venido en la carne y se ha mostrado tan amable, de un amor total, mayor del que ninguno pueda tener. Y ha dado su vida por nosotros. Dios, por eso, ha elgido el camino de la Encarnación, no porque no pudiese restaurar de otro modo su obra, su proyecto sobre el hombre, sino porque necesitaba, hacer tocar con la mano al hombre, todo lo que puede contener de amor el corazón de un Dios, que es amor.

De esta manera, frente a Dios, se ha convertido en deudor de amor, "porque el hombre se convierte en deudor de amor" . Esta es la raíz y el compendio de la espiritualidad cristiana, en una palabra: el hombre debe amar a Dios. Es, el amor, una ley inherente a la naturaleza misma del corazón humano y por eso es un don de Dios. "La caridad crea caridad; lo sustancial crea lo accidental. Esta es la ley eterna, que crea y gobierna el universo. Nada es dejado sin ley, dado que ella misma es ley".

¿En qué medida el hombre debe amar a Dios? ¿Porqué y en qué medida el hombre debe amar a Dios. La respuesta es de San Agustín: "¿Queréis oír de mí el motivo y el modo con que se debe amar a Dios? Yo os lo digo: el motivo para amar a Dios es Dios mismo; la medida es amarlo sin medida".

Cristo es todo: sin Él todo es desierto y muerte: es absolutamente digno de muerte, Oh Señor, aquel que rechaza vivir para tí. En resumen: Dios es miel para la boca, melodía para el oído y alegría para el corazón.

En concreto, el vivir del amor se identifica en hacer en todo la voluntad de Dios. "Como una gotita de agua en una gran cantidad de leche parece perder completamente la propia naturaleza hasta asumir el sabor y el color del vino. Como un hierro puesto al fuego, que asume el fulgor de la luz, de modo que no parece sólo iluminado sino es luz él mismo, así en los santos será necesario que cada sentimiento humano, en cierta medida inefable, se disuelva en la voluntad de Dios".

Pero para entrar en la vía del amor, es condición indispensable un única cosa, convertirse, es decir, abandonar la propia voluntad a través de la humildad. Convertirse se reduce, pues, a aprender el difícil arte de la humildad. Y la humildad consiste sencillamante en formarse una valoración exacta de sí mismo. La humildad es la virtud por la cual el hombre se cree despreciable por un exactísimo conocimiento de sí mismo. Esto es: somos grandes, porque ninguna criatura está más cerca de Dios que la que está hecha a imagen de Dios. Pero también somos pequeños por la presencia del pecado personal. La soberbia es el deseo de la propia prominencia. Conversión, por ello, significa reemprender, reconquistar con esfuerzo lo que es innato en la naturaleza humana: la humildad. El hombre es por naturaleza humilde. La soberbia, sin embargo, es un producto inventado por el diablo y exportado al hombre. Necesita, en otras palabras, bucear en las profundidas del propio corazón, obtener con un trabajo duro y asiduo, una valoración exacta de sí mismo. En efecto, el orgullo y la soberbia, los grandes enemigos de la existencia cristiana, nacen de la ignorancia de sí mismo. Cuanto más se ignora a sí mismo, más se corre el peligro de caer en la soberbia.

De la humildad nace la caridad haciia los demás. Nuestra miseria ante Dios nos hace tomar el sitio exacto ante los demás. Justo a través del conocimiento de nosotros mismos llegamos al conocimiento de la debilidad ajena. Nosotros, a través de nuestra personal debilidad y fragilidad, reflejamos, casi como un espejo, las del prójimo.: El cristiano "partiendo de la propia miseria meditará sobre la ajena. Dios no nos deja en nuestros defectos, para que comprendamos los del prójimo. En efecto, nosotros y los demás estamos hechos de la misma materia. Sacamos de aquí una única conclusión posible: como yo tengo compasión de mis miserias personales y no me condenan, así no podré nunca asumir juicios severos frente al hermano que peca: deberé estar abierto a un perdón indefinido. Tú eres un enfermo grave y no podrás dejar de tener compasión del hermano que está enfermo como tú, pues sólo un enfermo puede sentir compasión de otro enfermo". Los cristianos "partiendo de los propios sufrimientos aprendemos a compartir los ajenos".

En este contexto se comprende la necesidad de la oración, como expresión de amor. Por eso necesitamos orar siempre, rezad siempre a Dios "Todo el tiempo en que no piensas en Dios, debes considerarlo tiempo perdido. No necesitamos ponernos en oración una vez o dos, sino frecuente y asiduamente, presentando a Dios los deseos de tu corazón, en tiempo oportuno y a gritos".

La oración


Humilde. La oración es encuentro con el Señor mientras tú eres tan pequeño "y estás privado de la gracia, estando seguro de que el motivo no es la soberbia, incluso si no la ves, qunque no te des cuenta".

Pura. Se trata únicamente de buscar a Dios por sí mismo. "Tú no oras de manera conveniente si en la misma oración, algo fuera de Cristo, o si en el rezo tú buscas, sí, a Cristo, pero no lo buscas por sí mismo".

Devota, esto es, ferviente. El mejor tiempo para rezar es la noche. "Quien quiera orar, es oportuno que elija el tiempo y el lugar adaptados. Es más cómodo y útil orar cuando se está en descanso, especialmente durante la noche. Entonces la oración se hace más libre y más pura. Levántate, pues, durante la noche, al principio de tus vigilias, y sumergete, como en agua, tu corazón en la presencia del Señor, tu Dios. Secreta es la oración hecha de noche: la conocen sólo Dios y el santo ángel que la acoge para presentarla en el altar del Cielo...Como fuente serena y quieta, no es molestada por estrépitos o por cacareos. Como nace pura y sincera, sin ser manchada por el polvo de las preocupaciones terrenales o tentada por la búsqueda de alabanzas o adulaciones de personas presentes".

La oración debe ser acompañada del ayuno, pero no sólo del externo. No nos engañemos: "el diablo no tiene miedo de los que ayunan sólo externamente". El ayuno no tiene sólo propósito punitivo o de proveer las necesidades de los hambrientos. Tiene principalmente el propósito de sostener también la oración. "El rezo obtiene la fuerza para ayunar. El ayuno refuerza la oración, mientras que ésta última santifica el ayuno y lo presenta a Dios". Ayuno y oración son "hermanos, cada uno de los cuales presta ayuda y protección al otro".


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