Rostro del Padre rico en misericordia

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Leermos en la Vitae Fartrum: Santo Domingo sentía una extraordinaria compasión por los pecadores. Cuando se acercaba a un pueblo o a una ciudad, apenas los veía de lejos, pensaba en las miserias de los hombres y en los pecados que cometían, prorrumpía en llanto. Domingo estaba tan lleno de celo por las almas,que extendía su caridad y su compasión, no sólo a los fieles, sino también a los infieles y a los paganos, e incluso a los condenados al infierno, sobre cuya suerte lloraba.

La Misericordia y la compasión han sido uno de los rasgos de la vida y obra de Santo Domingo de Guzmán desde los primeros años de su vida, en los cuales "bebía en los arroyos de la Sagrada Escritura", cultivaba su dulzura y afabilidad llegando a ser un canal que vertía el cuidado amoroso de Dios, Padre de la misericordia, sobre cada hombre. En Palencia, él se vió obligado a vender sus libros, patrimonio inestimable, para aliviar el hambre de sus hermanos. En otra ocasión, él no dudó en dar la propia vida para rescatar a un hombre que había caído en manos de los Sarracenos.

Santo Domingo, sin embargo, no vió la misericordia sólo como exigencia de la justicia, sino como una profunda experiencia de salvación. Él contempló el rostro del Padre y encontró la fuente de todo don, y allí descubrió un sesignio original, un extraordinario y loco proyecto de Amor querido por Dios para la humanidad.

Consciente de la profunda dignidad que el Padre celestial le había otorgado, él fue, en Cristo, el hijo amado y elegido por el Padre; él fue bendecido, colmado de dones de la gracia porque, como hijo del Dios del Amor, para que pudiese cumplir la propia misión y realizar su propio proyecto de salvación, junto al de la humanidad a él confiada. Éste fue el don que el Espíritu le consignó. Él, por eso, lloró por los pecadores y los herejes, porque entre ambos habían errado el objetivo de sus vidas: no tenían culto al fin de su existencia.

Santo Domingo se hizo hijo del Padre rico en misericordia, el cual, no puede no querer el don de la salvación para cada hombre. Él, entonces, pasa una noche entera con un anfitrión hereje, porque devorado por la "pasión" de amor como el Padre celestial tiene por cada criatura.

Domingo no habla de Dios Amor porque quiera hacer prosélitos o porque crea que es una buena teoría para la vida de cada hombre; él conoce perfectamente que están en juego el corazón de la existencia humana y la felicidad del hombre. El Padre que él anuncia no es sólo un gestor de los mecanismos del mundo, sino un tierno custodio de la existencia de cada persona. El Padre no es un simple recompensador de cualquier gesto de bondad, sino un Dios para el "corazón": como una tierna madre que vela el camino de cada hijo.

Santo Domingo se apoya en la misericordia de Dios: un misterio inefable en el cual se dona, se descubre, se comprende y luego se pierde, para encontrarse tranquilos y serenos como niños entre los brazos de su madre.

Santo Domingo llora cuando celebra la Eucaristía, el icono más sencillo y maravilloso del Amor del Padre por la humanidad. El pan y el vino se convierten en el sacramento a través del cual el "silencio" eterno del Padre se hace palabra en el don permanente del Hijo. Es el misterio de la salvación en la que cada hombre está unido de un modo admirable a Cristo y es creado en Él hijo del Padre. En la Eucaristía el Padre quiere a todos herederos de aquella fuente inagotale de Amor que Él, desde la eternidad, vierte sobre la creación en el corazón de cada uno.

Santo Domingo responde a este proyecto de salvación con su "hágase", con su continuo contemplar las maravillas que el Padre hace en la propia existencia de hijo y con todo sí mismo, muy feliz, corre incansable a anunciar a cada hombre la verdad de una única Palabra: Dios es Amor.


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