La Misericordia de Dios

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San Alfonso María de Ligorio

Dios muestra su Misericordia al llamar al pecador a la penitencia. Cuando Adán se rebeló contra el Señor, y luego se escondió de su rostro, he aquí que Dios se puso a buscarlo y, casi llorando, lo llamó: "Adán, ¿dónde estás?" (Gén. 3,9). Son palabras de un Padre que busca al hijo perdido.

Dios, muchas veces, ha hecho lo mismo con nosotros. Cuando nos alejábamos de Dios, Él continuaba llamándonos, con inspiraciones, con remordimientos de conciencia, con homilias, con tribulaciones, con la muerte de nuestros amigos. Dirigiéndose a nosotros, parece que Dios nos diga: "Estoy cansado de tanto gritar: mi gaganta está ronca" (Sal 69,4). Advierte Santa Teresa: "Presta atención, porque te está llamando el Señor que un día deberá juzgar".

Cristiano: cuantas veces nos hemos hecho los sordos con Dios que nos llamaba. Merecemos que Él no nos llame más: sin embargo, Dios no ha dejado de llamarnos, porque quería hacer las paces con nosotros para salvarnos. Pensemos que quien nos llama es un Dios de infinita Majestad mientras nosotros somos pobres y sin méritos: y nos llama para restituirnos la vida de la gracia que perdimos. Convirtámonos y viviremos.

Para poder conquistar la gracia divina, será poca cosa vivir en un desierto durante toda la vida.Si lo hubiésemos querido, Dios nos habría ofrecido su gracia en un sólo momento, por sólo un acto de arrepentimiento por nuestra parte: y bien, solemos rechazarlo. Con todo, Dios no nos ha abandonado sino que, casi llorando, se ha acercado a nosotros diciendo: "Hijo, ¿porqué te quieres perder?, ¿porqué queréis morir, oh israelitas?" (Ez.18.31).

Cuando el hombre comete un pecado mortal, aleja a Dios de su alma. Los malvados dicen a Dios: aléjate de nosotros (Job 21,14): pero Dios se puso a la puerta de los corazones ingratos: He aquí que estoy en la puerta y llamo (Ap. 3,20). Y parece que suplica al alma, para que le deje entrar: Ábreme, hermana mía (Cant 5,2). Dice San Dionisio Areopagita: "Dios va detrás de los pecadores como un amante despreciado, rigándoles que no se pierdan". Del mismo modo les escribió a sus discípulos San Pablo: Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios (2 Cor. 5,20). Comentando este pasaje, hace esta hermosa reflexión San Juan Crisóstomo: Cristo mismo os suplica, "¿Qué os suplica?. Reconciliáos con Dios, puesto que Él no es el enemigo, sino vosotros".

Así es, Nuestro buen Señor, día y noche, va detrás de los pecadores, diciéndoles: Ingratos, decidme, ¿porqué huís?. Yo quiero vuestro bien y no deseo mas que haceros felices, ¿porqué queréis perderos?. Pero Señor, ¿qué haces? ¿Para qué tanta paciencia y amor para con estos rebeldes?. ¿Qué esperas de ellos?. No te honra mostrarte apasionado por los que huyen de Tí. ¿Qué es el hombre para que te ocupes de él?. (Job 7,17).

Los principes de la tierra no se dignan ni siquiera a dirigirles la mirada a sus súbditos rebeldes, que no piden perdón. Con nosotros Dios no se porta así. No apartará la mirada de nosotros si nosotros regresamos a Él. Dios no es capaz de negar su rostro a quien se pone a sus pies: pues Él mismo nos invita y nos promete aceptarnos apenas Él llegue. Vuelve a Mí. Yo te recibiré (Jer. 3,1). Convertíos a mí y Yo me volveré a vosotros dice el Señor.

Con cuanto amor y ternura Dios abraza a los pecadores que vuelven a Él. Nos lo ha enseñado en la parábola de la oveja perdida. Tras haberla encontrado, el pastor se la carga en la espalda contento, llama a sus amigos para alegrarse con él: Alegráos conmigo, porque he encontrado a mi oveja perdida. Jesús concluye diciendo: Habrá más alegría en el cielo por un pecador arrepentido (Lc 15, 4-7).

El Redentor ha mostrado aun mejor la Misericordia Divina con la parábola del hijo pródigo. Dios es un Padre que, si un pecdor se arrepeiente, Êl está dispuesto a olvidar todos nuestros pecados, como si jamás le hubiésemos ofendido: Si el malvado abandona todos los pecados, ninguna de sus culpas le será recordado (Ez. 18, 21).

Llega también a decir: Venid y reprochadme, dice el Señor: Si vuestros pecados fuesen como la escarlata, se convertirán en blancos como la nieve (Is. 1,18). Como si dijese: "Venid pecadores, y si Yo no os perdonase, reprobadme y tratadme como mentiroso". Pero no.. Dios no sabe rechazar a un corazón que se humilla y arrepiente:Un corazón afligido y humillado Tú, Oh Señor, no lo rechazas (Sal 50,19).

El Señor se gloría de tener piedad de los pecadores y de perdonarlos: Me urge tener piedad de vosotros (Is. 30,18). Dios no se comporta con nosotros como nos comportamos con Él y nos hacemos los sordos. Dios no: apenas te oiga, te responderá y te perdonará.

Extraido de San Alfonso María de Ligorio


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