El don de los estigmas

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Gema se hace víctima de amor


«El día 8 de junio de 1899, después de la Comunión, Jesús me avisó de que, por la tarde, me iba a hacer una gracia grande. Fui ese mismo día a confesarme y se lo le dije a Monseñor, y él respondió que estuviera bien atenta para contarle cada cosa con detalle.

Era por la tarde cuando, de repente, más pronto de lo habitual, sentí un dolor interior por mis pecados; pero fue tan fuerte, que nunca lo había sentido así. Aquel dolor me redujo, casi diría, hasta morir. Después de esto me senté en recogimiento de todas las potencias del alma: el intelecto no conocía más que mis pecados y la ofensa a Dios; la memoria todo me lo recordaba y me hacía ver todos los tormentos que Jesús había padecido para salvarme; la voluntad me hacía detestarlos todos y prometer querer sufrir todo para expiarlos. Un montón de pensamientos se agolparon en mi mente, eran pensamientos de dolor, de amor, de temor, de esperanza y de consuelo.

Al recogimiento interior sucedió, bien pronto, el rapto de los sentidos y me encontré delante de mi Mamá Celeste, y a su derecha estaba mi Ángel de la Guarda, que primero me encomendó rezar el acto de contrición. Después de que lo hube acabado, la Mamá me dirigió estas palabras: «Hija, en el nombre de Jesús, te sean redimidos todos los pecados. Luego añadió: Jesús, mi Hijo, te ama mucho y quiere hacerte una gracia ¿sabrás tú hacerte digna?» Mi miseria no supo que contestar.

Añadió además: "Yo seré tu Madre ¿Te portarás tú como mi verdadera hija?". Extendió su manto y con el me recubrió. En aquel instante apareció Jesús, que tenía todas las heridas abiertas, pero de aquellas heridas ya no salía sangre, salieron como llamas de fuego, que en un momento llegaron a tocar mis manos, mis pies y el corazón. Me sentí morir, caí en tierra, pero la Mamá me sostuvo, cubierta siempre con su manto.

Durante varias horas tuve que permanecer en aquella posición. Después, mi Mamá me besó en la frente, todo se disipó y me hallé de rodillas en la tierra, pero todavía tenía un dolor fuerte en las manos, en los pies y en el corazón.

Me levanté para meterme en la cama y, al mirar aquellas partes dónde sentía dolor, vi que de éstas salía sangre. Me cubrí aquellas partes lo mejor que pude y, luego, ayudada por mi Ángel, pude subir a la cama. Aquellos dolores, aquellas penas, en vez de afligirme, me producían una paz perfecta.

A la mañana siguiente, a duras penas pude ir a la Comunión, me puse un par de guantes, para esconderme las manos. No podía sostenerme en pie, a cada momento creía de morir. Aquellos dolores me duraron hasta las tres de la tarde del viernes, fiesta solemne del Sagrado Corazón de Jesús. Esto fue lo primero que dije al Confesor, pero otras veces fui a confesarme sin decirle nada. Él a veces me lo preguntaba, pero yo siempre respondía que no».


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