La flagelació n y las dos coronas

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Extraído del Diario de Gema Galgani


Hacía mucho tiempo que rogaba a Jesús para que me quitara cualquier signo exterior, pero Jesús, en vez de hacerlo, me añadió otro: me hizo probar algún pequeño golpe de su flagelación. A los dolores de las manos, pies, cabeza y corazón añadió también algún otro de llamado golpe. Estoy agradecida. En efecto, cerca de las cinco fui arrebatada por un dolor tan grande por mis pecados, que me parecía estar fuera de mí. Pero a este susto siguió bien pronto la esperanza en la misericordia de Dios, y enseguida me calmé

No experimentaba ya ningún dolor. Después de cerca de una hora me pareció ver al ángel de mi guarda, que tenía en la mano dos coronas: una de espinas, hecha a modo de sombrero, y otra de lirios blancos. Primero, este ángel me causó, como siempre, un poco de miedo, pero luego me causó alegría. Los dos juntos adoramos la majestad de Dios, gritamos: "¡viva Jesús!", fuerte, fuerte, y luego, enseñándome las dos coronas, me preguntó cuál quería.

No quise responder porque el padre Germán me lo había prohibido, pero insistió, diciéndome que era él quien lo mandaba y, para darme un signo de que verdaderamente era él quien lo mandaba, me bendijo como acostumbraba hacerlo el padre Germán, e hizo la ofrenda de mí al Eterno Padre, diciéndome que me olvidara en aquella noche de mí misma y pensara en los pecadores.

Fui persuadida por estas palabras y respondí al ángel que había escogido la de Jesús. Me mostró la de espinas, y me la ofreció. La besé muchas veces y el ángel desapareció, después de haberla puesto sobre mi cabeza. Comencé entonces a sufrir, en las manos, en los pies y en la cabeza; Después por todo el cuerpo, y oí fuertes golpes. Pasé la noche de ese modo.

Con esfuerzo, por la mañana me levanté para no dar a conocer cosas tan grandes. Los golpes y los dolores los oí hasta las dos, hacia esa hora volvió el ángel, (y a decir verdad no podía sostenerme más), y me dijo que Jesús había tenido compasión de mí, porque era pequeñita e incapaz de llegar a sufrir hasta la hora que Jesús expiró.

Después de esto estuve bien, me dolían todos los huesos y apenas podía sostenerme en pie. Pero una cosa me afligía: veía que los signos no habían desaparecido. Al contrario, en los brazos y en alguna otra parte del cuerpo, (ví mientras me vestía) había sangre y algún signo de los golpes. Por la mañana, cuando comulgué, rogué con más fuerza a Jesús que me quitara los signos y me prometió que el día de su Pasión me los quitaría. Supe que la Pasión fue el martes y lo de los viernes no tenía que pasar más.

Al siguiente viernes, los signos en la cabeza, en las manos, en los pies y en el corazón no aparecieron, pero Jesús, por segunda vez, me hizo sentir de nuevo golpeada: me salió un poco de sangre por alguna parte del cuerpo, pero espero que Jesús pronto quitará también ésto.


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