Diario de Gema Galgani

Experiencia de la Pasión

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Algunos pasajes del Diario


- Hoy, después que me creí estar libre de aquella horrible bestia me he sentido muy abatida. Me había propuesto dormir y he sentido golpes tan fuertes que temí que me mataba. Tenía la forma de un gran perro negro que me ponía las patas en los hombros y me ha lastimado tanto que me dolían todos los huesos, muchas veces creo que me los rompe. Una vez, tiempo atrás, al momento de tomar el agua bendita, me dio un golpe tan fuerte en el brazo que caí al suelo con gran dolor y el hueso fuera de su sitio, pero Jesús lo tocó y lo devolvió a su lugar.

- Ayer sucedió como habitualmente. Fui a dormir y me adormecí, pero el demonio no quería que descansara. Se apareció de una manera sucia, me tentó pero fui fuerte. Le pedí a Jesús dentro de mí que me quitara la vida antes que ofenderlo. ¡Qué tentaciones horribles que se me presentaron! Todas me disgustan, pero aquellas contra la santa pureza me hacen sentir muy mal. Después de recuperar la paz, vino mi ángel de la guarda y me aseguró que yo no había hecho ningún mal. Me lamenté porque querría que me viniera a ayudar en esos momentos; me dijo que, lo viera o no, él está siempre sobre mi cabeza. Ayer María Santísima de los Dolores me ayudó y me prometió que por la tarde vendría a verme Jesús.

- Este viernes sufrí mucho porque fui obligada a hacer pequeños recados, a cada movimiento creía de morir. La tía me había mandado a traer agua, tuve mucha fatiga. Me parecía - pero fue sólo idea mía - que unas espinas se clavaban en mi cabeza y me empezaron a caer gotas de sangre de las sienes. Me limpié deprisa y casi no se notó. Preguntaron si me había caído, les dije que me había arañado con la cadena del pozo. Después de esto me fui con las monjas, eran las diez y estuve con ellas hasta las cinco. Luego volví a casa y ya no tenía las heridas.

* Me hizo sentir tranquila, se sentó cerca de mí, y me dijo: «Oh hija, ¿pero no sabes que tienes que seguir en todo la vida de Jesús? ¿él padeció mucho por ti, y tú no sabes que tienes en cada dolor la oportunidad de padecer por él y meditar cada día sobre su Pasión?». ¡Es cierto!, recordé que la meditación sobre la Pasión sólo la hago el jueves y viernes. «Tienes que hacerla cada día, recuérdalo». En fin me decía: «¡Coraje, coraje! Este mundo no es el lugar del descanso: el descanso será después de la muerte; ahora tú tienes que padecer, y padecer por cada cosa para impedir que el alma de algunos vaya a la muerte eterna». Le rogué insistentemente que le dijera a mi Mamá si podía venir un momento, tenía tantas cosas de decirle, me dijo que se lo diría esta noche pero no ha venido.

Me acosté en la cama con intención de dormir. En el sueño, inmediatamente se apareció un hombrecito muy pequeño cubierto todo de pelo negro ¡Qué espanto! Me puso las manos sobre la cama, creía que quería pegarme. «No, no --dijo-- no puedo pegarte, no tengas miedo». Llamé a Jesús y no vino, aún así el horror se fue, después de haber invocado su nombre me sentí libre enseguida.

* Había terminado los rezos y fui a la cama, cuando tuvo de Jesús el permiso de venir volvió y me preguntó: «¿Hace cuanto tiempo que no ruegas por las almas del purgatorio?. Cada pequeña pena los eleva. Ayer y hoy tú has ofrecido por ellos un poco de dolor». Respondí maravillada: «¿Los dolores del cuerpo elevan a las almas del purgatorio? ». «Sí --me dijo-- sí, hija, el más pequeño padecimiento las eleva». Le prometí entonces que desde aquel momento cada dolor sería ofrecido por ellas.

* Eran cerca de las nueve y media y estaba leyendo. De repente, una mano se poso ligeramente sobre mi hombro izquierdo. Me volví asustada para pedir ayuda, pero ella me retuvo. Era una persona vestida de blanco, una mujer, su mirada me tranquilizó: "Gema --me dijo después de unos minutos-- ¿me conoces? ». Dije que no. Añadió: «Yo soy la madre María Teresa del Niño Jesús. Te doy las gracias por tus padecimientos, gracias a ellos podré alcanzar pronto mi felicidad eterna».

* En aquellos momentos el ángel de la guarda me susurró al oído: «Pero la misericordia de Dios es infinita...». Me serené y comencé pronto a padecer terribles dolores de cabeza. Eran cerca de las diez. Cuando estuve sola me tiré sobre la cama y sufrí un poco. Jesús no tardó en manifestarse recordándome que él también sufrió mucho nosotros. Le recordé a los pecadores y me animó a ofrecer todos mis pequeños padecimientos al Eterno Padre por ellos.

* Después que esto me sucedió quería saber qué significaba aquella luz que salía de sus llagas, en particular de la mano derecha, con la que me ha bendecido. El ángel de la guarda me ha dicho estas palabras: «Hijita, en este día la bendición de Jesús ha vertido sobre de ti una abundancia de gracias».

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